Atrapados en azul

Uno tuvo la ingenua capacidad de creer que la palabra Estado llevaba mucho más implícito de lo que aparentaba. Que, como aquella inflexible campaña de Hacienda, el Estado éramos todos. Luego comprendes que no todas las palabras significan lo mismo, aunque puedan parecer sinónimos. Que cuando se habla de Estado no están hablando de ti. Tú eres un vecino, una mano de obra, un habitante, un voto,…pero no Estado. Estado son ellos, los responsables de organizar social, económica y políticamente la vida en un territorio determinado. Aún así, sigues pensando que el Estado vela por ti, que te protege, que te valora, que te atiende, aunque solo sea por puro egoísmo. Hasta ese día en el que sales a la calle, indignado, maltratado, y entonces, toda la maquinaria que tú suponías que estaba diseñada para defenderte, se vuelve en tu contra. Se materializa esa decepcionante evidencia en la que comprendes que el Estado es un padrastro abusivo que no tolera que le discutas, que te obliga a hacer su santa voluntad porque ‘mientras vivas bajo su techo’ así tendrá que ser o, de lo contrario, dejarás de apodarte ciudadano para convertirte en amenaza.

Quizá venga un jurista y me saque de mi error pero no creo que existan derechos que, como en el juego de piedra, papel o tijera, anulen al anterior. Entiendo los derechos como un conjunto de equivalencias. No hay nada más peligroso que ese derecho a la seguridad que todo gobierno autoritario dice proteger a la hora de legitimar la violación de otros derechos como el de manifestación, expresión o información. Las imágenes de la policía golpeando y amedrentando a los ciudadanos, que no son rebeldes sin causa, empiezan a ser habituales en cualquier movilización social en nuestro país. Y eso me parece muy preocupante.

La Defensora del Pueblo recibió 21 quejas el año pasado (32 en 2012) por presuntos malos tratos policiales y 56 por trato incorrecto. Existe un informe que recomienda a la Policía Nacional que corrija deficiencias en la conservación, mantenimiento, habitabilidad y limpieza de los calabozos. Todos esos datos deberían inquietarnos. Es indudable que el ciudadano está perdiendo la confianza en la policía desde el instante en el que le ven como el enemigo a combatir. La gente no entiende que ante casos de corrupción ni siquiera tenga la posibilidad de mostrar su indignación sin ser intimidados, sin acabar ellos mismos como sospechosos frente al corrupto al que, al parecer, le avalan más derechos que a ti porque ese señor forma parte del Estado y tú, no. Cuando nos manifestamos contra la corrupción, la policía parece estar para proteger al supuesto corrupto. Cuando hay un deshaucio, la policía aparece para proteger al banco que deja a una familia en la calle. Cuando comprendamos que el orden depende de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, quizá entendamos la ecuación.

En las últimas marchas por la dignidad o contra la monarquía, los antidisturbios han vuelto a enfrentarse al ciudadano. Veinticuatro detenidos y un centenar de heridos. Han llegado incluso a golpear a periodistas acreditados que estaban cubriendo la información, negando el auxilio a un fotógrafo que permanecía tirado en el suelo, como ha denunciado la Asociación Nacional de Informadores Gráficos. No estamos hablando de ese grupo minoritario, pero ruidoso, que va a las manifestaciones con la actitud de un pandillero en una verbena de pueblo. A esos les da igual manifestarse por la dignidad, por Ronaldo o por el precio de la patata. Lo alarmante es que la policía aún no capte la diferencia y agreda a todos por igual. Continuamente asistimos a un uso desproporcionado y excesivo de la fuerza por parte de los antidisturbios. Eso es evidente. Y aunque comprendo que existe un clima de crispación social, provocado por los acontecimientos que todos sabemos, la impresión del ciudadano es que los insultos, las amenazas, las coacciones, la violencia verbal o física, solo reciben una actuación contundente por parte de la policía cuando se dirige a un político o persona vinculada al poder. Basta mirar el borrador de la futura Ley de Seguridad Ciudadana. Hay multas de 30.000 euros por insultar a un policía en una protesta. Multas por grabarlos porque eso atenta contra su honor y su imagen. Y ni un solo apartado de esa ley de “seguridad ciudadana” protege al ciudadano del robo, de la extorsión, del abuso de poder. Estarán conmigo en que así es difícil general empatía.

Todos tenemos un pasado. Yo también. Varios incluso. En uno de ellos, me dio por los cantautores y la canción protesta. Quizá por eso ha asaltado mi memoria un tema del primer disco de Ismael Serrano, antes de que le diese por convertir sus conciertos en homilías. La canción se titula Atrapados en azul y en sus versos se escucha: “ellos me protegen de ti. De ellos, ¿quién me va a proteger?” Y me quedo un rato mirando a la ventana que, por cierto, ha salido el sol.

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  1. Quiero hacer un paralelismo al hilo de lo que aqui se cuenta con la situacion que la actualidad ultima nos trae. Nuestra gran esperanza azul huyendo de 6 polis a refugiarse en su hogar tras tumbar la moto de uno. Ahora que machistas son cuando antes los tenia en un pediestal. Son tiempos dificiles para los que se encargan del orden publico. Creo que es porque lo publico se diluye en favor de una privacidad interesada. Yo creo que estado somos todos aunque nos quieran convencer de lo contrario una elite que engorda con clientelismo y mamandurrias, perdon por discrepar en esta ocasion, Hasta otra.

    • Lo sé. Sé que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado les está tocando bailar con la más fea porque no se pueden negar a acatar órdenes. Por eso miro con emoción siempre la revolución de los claveles portuguesa. Romántico que es uno…

  2. Y yo me pregunto… ¿no tienen algún tipo de “cláusula de conciencia” a la que se puedan acoger cuando tienen enfrente verdaderas injusticias? Hemos visto bomberos negándose a participar en desahucios o hace poco la misma policía tailandesa se desprendía de sus porras y escudos y se unía a la causa de los ciudadanos. ¿Por qué no pueden decir “basta ya”, “por aquí no paso”? Porque los policías, como nosotros, son ciudadanos y sufren a su modo las consecuencias de este sistema injusto.

    Gracias por tu artículo, Paco

    • Yo también me pregunto eso en ocasiones Diego. De hecho soy tan romántico que siempre que veo las cargas policiales, no contra delincuentes y vándalos sino contra pensionistas, chavales en paro, gente indignada ante la corrupción, pienso en la revolución de los claveles y me emociono. Claro, que las cosas bellas de la Historia solo suceden una vez. Las malas son cíclicas.

  3. Íñigo

    Estimado Paco, creo que esta artículo contribuye a generar esa crispación que denuncias. Me parece que es exagerado y, lo que es peor, injusto. De las miles de manifestaciones que se realizan en Madrid al cabo del año (la inmensa mayoría en contra de decisiones o actuaciones políticas), en apenas una decena se producen altercados y disturbios con heridos, y/o destrozos de mobiliario urbano.
    Pienso que el control de esas manifestaciones es responsabilidad,sobre todo de los organizadores. Y también creo que es necesaria una condena enérgica y rápida ante cualquier altercado que se produzca en ellas.
    La policía no solo se preocupa de la seguridad de las personas que no se manifiestan, si no, y sobre todo, de los propios manifestantes.
    Te quejas en el artículo de las agresiones de los policías hacia los ciudadanos… Mientras que los policías critican la mala organización de los antidisturbios por la tibieza de sus superiores. Y a los resultados me remito: de los 100 heridos, 67 eran policías.
    Que hay policías macarras, desde luego… pero no me negaras que también hay “manifestantes” descontrolados. Los primeros se tienen que enfrentar a los expedientes disciplinarios y sanciones oportunas si se sobrepasan en el ejercicio de sus funciones… Los otros, pasan una noche en comisaria y a otra cosa mariposa.
    No soy policía, ni tengo nada que ver con el cuerpo… Pero si un día roban en mi casa, me atracan por la calle o me pegan en un bar… llamaré a la policía.
    Un saludo. Te leo, te escucho y te admiro.
    Íñigo

    • Tiene razón Iñigo. Quizá me dejo llevar por una pasión que siempre me hace posicionarme junto al débil. Desde luego que no creo que esos hechos puntuales signifiquen la norma pero lo que sí creo es que cada vez la gente, en una situación de crispación social como la que vivimos, con ese abismo entre clase política y sociedad, siente que la policía nacional y los antidisturbios son seguridad privada al servicio del poder. La gente no opina lo mismo de la policía municipal, por ejemplo; ni siquiera de la guardia civil. Yo también llamo a la policía cuando me siento en peligro, lógicamente. Donde me gustaría llegar es a la reflexión de si la policía tiene dudas cuando sabe que tiene que desalojar a un grupo de pensionistas que se quejan frente a la sede del PP porque les han robado sus ahorros o lo hace sin que le tiemble el pulso. Si no podrían detenerse a ellos mismos cuando un jefe, cargo político, les da una orden a todas luces injusta.

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