El comité de expertos

Era el 31 de diciembre de 1999. El planeta entero fantaseaba con el efecto 2000, como si aquello fuese a ser lo más parecido a un apocalipsis tecnológico, mientras experimentaba el cambio de milenio con la certeza de estar viviendo algo extraordinario. Una familia desfavorecida se reunía frente a la televisión. Mientras aguardaba las campanadas, veían un programa en el que la presentadora entrevistaba a un experto al que preguntaba qué nos depararía el nuevo milenio. El entendido, absolutamente sereno, apuntaba las abundantes desigualdades que se aproximaban y las enormes dificultades que tendrían las familias desfavorecidas para poder sobrevivir a ellas. Y aquella familia, sentada ante el televisor, escuchaba preocupada como un señor docto, bien vestido, vaticinaba su padecimiento con la misma serenidad con la que uno se dispone a dormir la siesta. Sin poder borrar la expresión confusa de su rostro, la madre de aquella familia soltaba: ¡Qué mala folla tiene ese tío!

Lo que acaban de leer es ficción. Se trata de una secuencia de la ópera prima del director Miguel Albaladejo, La primera noche de mi vida. Pero lo tremendo es que, dieciséis años después de aquella película, la realidad continúa superando la ficción.  Con la misma desconfianza con la que aquella mujer, interpretada por Ana Lizarán, escuchaba al señor listo, interpretado por el escritor Antonio Muñoz Molina, me enfrento a las palabras de los comités de expertos a los que todos los gobiernos suelen recurrir como si fuesen los sabios de la tribu; personas a las que no se les puede cuestionar nada porque ellos poseen el don de la sabiduría y el resto somos mera mano de obra.

A veces pienso si la falta de empatía, o rasgos tan humanitarios como la ‘hijoputez’, son imprescindibles para formar parte de estos comités de expertos. Aún no entiendo las razones, supongo que paranormales, por las cuales todos los sapientes a los que recurren los gobiernos para que les asesoren –adivino que muy bien remunerados, que para eso son sabios- acaban diseñando una coartada para que los políticos de turno hagan y deshagan sin tener que limpiarse la sangre de las manos. Como los sabios de las tribus ancestrales, que pedían el sacrificio de siete niños para que el dios de la lluvia propiciase buenas cosechas, estos expertos aconsejan nuestro sacrificio para que unos cuantos, supongo que ellos incluidos, porque son sabios, vivan mejor.

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Mientras escribo esto me vienen a la cabeza tres consejos de expertos –seguro que son muchos más- que han elaborado informes verdaderamente interesantes. El último, el relacionado con la reforma del sistema fiscal. Estos sabios han dictaminado que hay que subir el IVA, un impuesto que pagan ricos y pobres por igual, si se quiere crear empleo. Como soy un ignorante, aún no entiendo en qué momento la subida del IVA hará que los grandes empresarios empiecen a contratar gente. Lo que sí veo, sin necesidad de formar parte de ningún comité, es que los que más están padeciendo la subida del IVA son los autónomos, personas a las que, de una factura de 1.500 euros, se les resta un 21% de IVA, más el 21% de IRPF, más 261,83 euros (que es la mínima cotización a la seguridad social), cuotas que, en ocasiones, suben hasta un 20% anual. Me llama la atención que estos expertos no se hayan dado cuenta de que si en Alemania o Reino Unido hay más emprendedores no es porque ellos sean más dispuestos que nosotros; es que sus gobiernos son más competentes.

A los sabios no se les ha ocurrido pensar que quizá solo se puedan pagar impuestos cuando hay rendimiento económico; que quizá alguien debería explicarle al Gobierno que un negocio no da beneficios a los tres meses, lo que significa que su Ley de Emprendedores no sirve para nada, excepto para generar más deuda al emprendedor. A los sabios lo que se les ha ocurrido es manifestar que la sociedad debe hacer examen de conciencia y asumir sacrificios. Comprenderán que es difícil ser respetuoso ante semejante afirmación. Es de tal vileza, tan despiadada la declaración, que uno no puede evitar pensar si hay que ser muy mezquino para asesorar al Gobierno.

Como los doce hombres sin piedad que formaron el comité de expertos que estudió la reforma de las pensiones. Los mismos que llegaron a la conclusión de que, como la esperanza de vida de los españoles era mayor, lo lógico sería que las pensiones fueran ‘menguando’ a medida que ibas envejeciendo porque, aquí viene la perla, vamos a estar disfrutando de la pensión durante más tiempo. Cuando se cobran 500 euros al mes, emplear el verbo ‘disfrutar’ es una ofensa. Pero claro, la culpa es nuestra por vivir más. No sabía que cuando nos decían eso de que estábamos “viviendo por encima de nuestras posibilidades” se trataba de una afirmación tan literal.

También recuerdo el comité de expertos para la reforma de los medios de comunicación públicos, allá por el 2004. Su informe apuntaba la necesidad de que existiese una televisión pública independiente, plural y con una financiación mixta. En aquel momento, la directora de RTVE, Carmen Caffarel, ya dijo que las conclusiones de ese informe no podían aplicarse ‘íntegramente’ porque tenían que plasmarse en una iniciativa legislativa. Analizando la situación de los medios públicos diez años después podemos añadir que ni íntegramente ni parcialmente.

Llegados a este punto, solo se me ocurre sentarme ante el televisor, mirarlos fijamente, tan elegantes, tan eruditos, tan superiores, y pensar: “¡Qué mala folla tienen estos tíos!”

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