La duda ofende

En una ocasión leí que una sociedad madura y democrática no solo se basa en derechos fundamentales como el de la libertad de expresión; también debe hacerlo en otros menos llamativos como el de la influencia social. La capacidad de expresarnos e influir en los demás con nuestros puntos de vista, con nuestros referentes, incluso con nuestros gustos, es un síntoma de buena salud democrática. Es natural que los miembros de una sociedad pretendan influir en otros. Todos lo hacemos en el momento en el que le recomendamos un disco o una película a un conocido. Me atrevería a decir que en la noble capacidad de influir reside uno de los grandes méritos de educar. Lo contrario sería una sociedad incomunicada.

Lo que puede acabar desvirtuando esa estructura social, aparentemente madura, es convertir la ocultación y, en peligrosos casos, la mentira en estrategia política, en práctica común del poderoso, en herramientas de manipulación social y propaganda.

rouco98981741En una semana en la que hemos rendido homenaje a las víctimas del 11-M en su décimo aniversario, la sombra de esa nociva manipulación aún sobrevuela sobre el dolor y el recuerdo. De hecho, ese adalid de las libertades llamado Antonio María Rouco Varela, cardenal arzobispo de Madrid, volvió a destapar la teoría de la conspiración que tanto gustaba al ex presidente del Gobierno, José María Aznar. Y diez años después, esa duda ofende.

Ofende porque antepone intereses particulares a la pérdida de las víctimas y al dolor de sus familiares. Ofende porque se cuelga una medalla crítica, porque se vanagloria de buscar la verdad, cuando ese nunca fue su verdadero motor de actuación. Ofende porque nace de una reflexión contaminada por el endiosamiento y la egolatría de alguien que considera que hay seres capaces de arrebatarle la vida a 191 personas solo para que su partido no volviese a ganar las elecciones.

Diez años después de la masacre y las mentiras, reconozco que ha transcurrido un tiempo prudencial para que España empiece a conocerse, de una vez, a sí misma. Ya lo escribió Sun Tsu en 476 antes de Cristo: “Si conoces a tu enemigo, te conoces a ti  mismo”.

La destitución del director de El Mundo, Pedro Jota Ramírez, uno de los grandes defensores de la teoría de la conspiración, me hizo sospechar que nuestra valoración social depende del peso de nuestros enemigos. Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular, apoyó, en octubre de 2004, la teoría de la conspiración que alentaba ese periódico. Diez años después, ese mismo hombre, preside un Gobierno que, en los círculos de poder, presume de haber dominado a los medios de comunicación incluso arrebatándole el poder a uno de sus principales aliados mediáticos. Eso hace que, inmediatamente, gran parte de los ciudadanos, e incluso los propios profesionales de la comunicación, idealicen la figura de Pedro Jota porque el enemigo es Rajoy. Olvidamos toda teoría conspirativa en pos de hacer frente a un enemigo común.

El poder económico y sus súbditos políticos siempre han intentado manipular. Siempre han hecho gala de su abuso de poder. Como el escorpión de la fábula, va en su naturaleza. Lo que debería preocuparnos es como, desde el 476 antes de Cristo, aún no hemos sido capaces de conocer al enemigo y aprender a combatirlo.

Sé que hay teorías que indican que cuando somos conscientes de que nos están manipulando, no existe tal manipulación. Eso sucede cuando acabamos interiorizando una información y elaborando una conciencia falsa, una opinión, que creemos que realmente es nuestra y no un producto de la influencia nociva de otros. No sé qué me preocupa más. Si actuar dirigido por la ignorancia o no actuar dirigido por la manipulación. En cualquier caso, quiero pensar que las teorías de la conspiración en torno al 11-M están condenadas a desinflarse a medida que la credibilidad de sus defensores va cotizando a la baja. Les recuerdo que el gran valedor de esa ofensa a la memoria colectiva de un país también aseguró que había armas de destrucción masiva en Irak. Y no pretendo influirles. Solo aporto un dato.

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