La pequeña belleza

Violinist-in-subway-uncropped-thumb

Una de las grandes pérdidas de la sociedad moderna es una consecuencia de sí misma. Cuando la sociedad se articula en base a la productividad, a la competitividad, abandona algunas singularidades del ser humano que le hacían precisamente eso, humano. Ahora es más importante el balance de beneficios, tu implicación con la empresa, que fiches siempre en hora y faltes lo menos posible al trabajo que acompañar a tu hijo al médico, poder celebrar tu cumpleaños en casa y reunir a todos tus amigos o poder quedarte en cama, convaleciente, tras una enfermedad. De un modo inconsciente, o quizá manipulados por la maquiavélica conciencia de las manos que mecen la cuna, hemos antepuesto nuestras obligaciones a cualquier otro aspecto de la vida y las relaciones humanas. El miedo a perder el empleo nos impulsa a entregarle nuestra vida entera sin darnos cuenta que, precisamente, el trabajo debería ser el pacto que nos permita disfrutar de la plenitud de la vida. Trabajar para vivir o vivir para trabajar. El error reside en pensar que el trabajo es lo único importante que podemos perder –por eso nos volcamos en él- sin darnos cuenta que los afectos, los vínculos, las relaciones, también son vulnerables y se deterioran.

Una consecuencia de ese déficit, como sociedad, me lleva a pensar que hemos desaprendido cosas buenas y aprendido otras que no lo son tanto. Por ejemplo, ¿somos capaces de percibir la belleza en un lugar común? Supongo que recordarán ese experimento que realizó un diario de Washington cuando colocó a uno de los mejores violinistas del mundo, Joshua Bell, a tocar en el metro de la ciudad. Bell interpretó magistralmente seis piezas de Bach durante una hora en un vestíbulo. La gente pasaba a su lado sin prestarle ninguna atención. Solo dos o tres personas reaccionaron a su música. Al final, Bell consiguió recaudar 32 dólares; 68 dólares menos de lo que costaba la butaca más barata para verle, esa misma noche, en un teatro de la ciudad interpretando el mismo repertorio.

¿Hemos perdido la capacidad de identificar la belleza cuando no se sitúa en el espacio en el que pensamos encontrarla? Hay un pasillo, en los transbordos de la estación de metro de Alonso Martínez, en Madrid, donde todos los días se sitúan diferentes músicos que amenizan con su interpretaciones las corrientes de personas que circulan rumbo a sus quehaceres. Siempre he tenido la capacidad, sin dejar de formar parte de la masa, de extrapolarme de la situación y verla desde fuera, en una especie de viaje astral que me permite marcar una saludable distancia del hecho que yo mismo estoy protagonizando. Y veo a todas esas personas, de las que yo también formo parte, moverse como en esos reportajes de televisión que aceleran las imágenes de una gran ciudad para demostrar su ritmo frenético, el ajetreo y la actividad que provoca. Pero el contraste que se produce cuando esa imagen se percibe acompañada de una bellísima partitura para violín es asombroso.

El eco de la música se adelanta al contacto visual. Desciendo por las escaleras automáticas y el violín va cobrando presencia. No sé lo que interpreta, soy un analfabeto en música clásica, pero es bellísimo. Confieso que he intentado conocer qué era empleando una aplicación de reconocimiento de audio llamada Shazam pero no funciona con música en directo. ¿Se dan cuenta? En lugar de detenerme, disfrutar la pieza y, al acabar, preguntar al músico qué era lo que estaba interpretando, intento que una aplicación de smartphone me dé la respuesta para no tener que interrumpir mi obligación, que no es otra que llegar a tiempo a mi trabajo. A veces ni siquiera llevo encima cincuenta céntimos para darle.

Cuando la escalera automática muere, veo al músico, sentado, con una partitura delante, una base musical amplificada y su violín. Toca para riadas de personas que avanzan circunspectas, ensimismadas en sus pensamientos, sin percatarse del otro, esquivando al otro, adelantando al otro, empujando al otro. Una imagen que se repite, todas las mañanas, en prácticamente todas las grandes ciudades del mundo. Y la música, en ese lugar, es como la primera flor tras el deshielo.

Siento que escribir este artículo no significa nada. Que mañana, cuando vuelva a descender las mismas escaleras automáticas y el mismo violinista esté seduciéndonos con su música, pensaré lo mismo pero no me detendré. Siempre existirá la prisa por llegar a tiempo a un trabajo. Dejaré que el eco del violín se pierda a mis espaldas. Y presiento que si algún día no escucho ese eco, si al llegar al final de la escalera no me encuentro con el músico sentado frente a su partitura, sentiré que me falta algo. Tal vez en ese momento, vuelva a pensar en la importancia de la belleza en esta sociedad tan aficionada al desdén.

Anuncios

  1. Marga

    Que razón tienes, yo misma me veo reflejada y he desatendido mi vida social , pero por otro lado con los tiempos que nos ha tocado vivir pocas opciones tengo. hace poco que termine mis vacaciones y senti
    una gran tristeza ,tener que volver a la rutina estresante, los retrasos de aviones corriendo siempre , y para que?. Como Siempre me gusta mucho como escribes y te agradezco que lo hagas y pueda leerte.
    Tu fan incondicional. Besos

  2. Pilar Bonilla

    Paco, el domingo cuando te leí en el D. Mallorca, nuevamente me sorprendió gratamente cuánto coincido siempre con tus artículos, ya te lo dije en otra ocasión. De hecho, esta historia la compartí en fb, expresando con menos maestría el trasfondo de lo que has escrito. Me vuelves a dar motivo para hacerlo de nuevo. Gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: