La actitud

Aprendemos que la actitud lo es todo. Lo intuimos, desde pequeños, sentados frente al pupitre de clase o jugando en el recreo. Pero cuando la razón empieza a marcar nuestros actos, algo que tampoco tiene que ser necesariamente positivo, nos damos cuenta de su poder. Nuestra forma de actuar condiciona la manera en la que los demás se relacionan, interactúan, con nosotros. Puede ser un modo de motivación social cuando nos enfrentamos a una enfermedad, a una ruptura sentimental o al fallecimiento de un ser querido. Pero también puede ser un obstáculo cuando el componente conductual de esa actitud revela una falta de ética, una arrogancia frente a tus contemporáneos, que te distancian de la realidad. El problema es que la línea que separa ambos matices a veces es tan delgada que pasa desapercibida.

A día de hoy aún me pregunto las razones que empujan a una persona imputada por un juez a aparecer en los juzgados como si estuviese pisando la alfombra roja de los Oscar. No sé si esa actitud responde a una necesidad de automotivación para afrontar un serio contratiempo en su vida o sencillamente se trata de una conducta que exterioriza una sinvergonzonería digna de un departamento universitario que la investigue.

Sabemos que estar imputado no es estar condenado y mucho menos ser culpable. Ya se encargan de repetirnos eso todos los tertulianos, de uno u otro pelaje, que acuden a los programas de radio y televisión para defender la mano que les da de comer. Ellos presumen de que ‘estar imputado’ es ‘colaborar con la justicia’, en un sospechoso juego de palabras. Y yo compro todos esos argumentos pero, hombre… a ver si de tanto restarle importancia al asunto va a resultar que estar imputado es tan lógico como desayunar. Y no. A mí no me han imputado nunca. Ni a nadie de mi entorno. Eso significa que no estamos relacionados con la investigación de un  delito y, por lo tanto, nuestra declaración no tiene ningún interés para la instrucción del caso. O sea, que estar imputado significa, al menos, ‘estar en el meollo’.

Aunque solo sea por el desprestigio social que debería acarrear–y digo debería porque en realidad no sucede; es incomprensible que alguien como Jaume Matas pueda seguir entrando en un café sin que el resto de clientes se levanten de sus mesas y abandonen el lugar- estar relacionado con la corrupción, uno no debería acudir a declarar delante de un juez con una sonrisa de oreja a oreja. Como expresaba el poema de Benedetti, “¿de qué se ríe?” ¿De qué se reía la infanta Cristina cuando se presentó ante el juez Castro? ¿De qué se reía y a quién saludaba María Antonia Munar en sus primeras comparecencias ante la Justicia? ¿De qué diablos se reía Jaume Matas bajando la famosa rampa de los juzgados de Palma? Tal vez forme parte del espectáculo. Sea la actitud que quieren mostrarnos; la de una persona tranquila que no tiene nada que temer. ¿La única manera de demostrar tranquilidad es sonriendo? ¿No se puede entrar sereno en un juzgado sin necesidad de parecer que estás en un photocall?

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Sé que si entrasen con la actitud de una drama queen también lo criticaríamos. Con más dureza si cabe. Pero, me van a disculpar, a mi lo de la sonrisita ha llegado un momento en el que me ofende. Creo que esa actitud evidencia el absoluto desprecio que esos imputados sienten por el resto de la sociedad. Me molesta esa desconsideración a la Justicia, esa altanería que pretende restar importancia al hecho jurídico. Puede que el subtexto del componente conductual de su actitud sea ‘sonrío porque soy inocente’. Y habrá quien se lo crea.

Algunos de esos imputados saben que mienten –o no dicen toda la verdad, como cuando Mayra Gómez Kemp leía las tarjetitas en el Un, dos, tres– y hasta es razonable que creamos que están en todo su derecho de mentir si el fin es salvar el pescuezo.  Pero yo también estoy en el mismo derecho, analizando los hechos y las actitudes, de no creerlos. Y por lo que respecta al juez, no es que tenga el derecho de no creerles, es que, desde mi punto de vista, tiene la obligación de sospechar que le mienten. Es la única manera de acorralar al culpable.

Sin embargo, sé que ellos, los imputados e imputadas, no dejarán de sonreír. Tal vez la única que se atrevió a decirnos a la cara lo que se esconde tras esa actitud fue la condenada por corrupción Isabel Pantoja cuando, paseando con el condenado por corrupción  Julián Muñoz por Marbella, pronunció aquella famosa frase de “dientes, dientes, que es lo que les jode”. Puede que solo sea eso. Ganas de joder.

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