La droga mata

Siempre sucede igual. No ha cambiado tanto el discurso desde que encontraron el cuerpo de Marilyn Monroe en su habitación, junto a un frasco vacío de pastillas para dormir. Y aquello fue en 1962. Luego nos llegaron las historias mal cerradas de Judy Garland, Janis Joplin, Jim Morrison, Whitney Houston, Amy Winehouse, Heath Ledger, River Phoenix, Brittany Murphy, Enrique Urquijo, Antonio Flores,… Y las palabras que pronuncia esta sociedad son siempre las mismas: la droga mata.

Y aunque noto que la gente tiene un discurso implacable cuando se habla de heroína, cocaína, lsd, e incluso con el hachís y la marihuana, veo más condescendencia cuando las protagonistas son las pastillas para dormir, los antidepresivos, toda esa colección de drogas recetadas y, de alguna manera, legalizadas. Pero no es mi intención hacer aquí una columna sobre ese asunto. Lo que me interesa, y me preocupa,  de ese discurso social del que hablaba al principio es otra cosa.

El caso más reciente lo tenemos con la inesperada despedida del grandioso actor Philip Seymour Hoffman. La sociedad, de un modo natural, casi por inercia, se posiciona. Cuando la muerte no se debe a una ‘larga enfermedad’ y descubrimos la supuesta ‘imprudencia’, destilamos una moralina que pretende tener un fin aleccionador. Y en mi afán por rizar el rizo pienso en lo injusto que resulta ese discurso, cargando toda la responsabilidad en la víctima, el último eslabón de la cadena, e ignorando la posible responsabilidad social que todos, en mayor o menor medida, adquirimos al vivir en comunidad.

Ya sé que este debate que acabo de abrir es tremendamente impopular, que la última responsabilidad siempre recae en uno mismo y que, sin detenernos a leer la letra pequeña, pensamos que nadie obliga a nadie. Excepto si te apellidas Gallardón y eres ministro de Justicia que, en ese caso, impondrás a los demás aquello que tú, en tu cuestionable y estricta conciencia, haces. Pero vamos a pensar que no todos somos como él. Vamos a pensar que somos libres para decidir el camino que emprendemos en la vida. Si es así, ¿qué puede llevar a un artista triunfador, a una cantante de éxito, a un actor de moda, a morir víctima de una sobredosis? Sinceramente, siempre he pensado que esas muertes son, de alguna manera, un fracaso de nuestra sociedad.

Es cierto que la droga mata. Es cierto que ingerir un frasco de pastillas para dormir es despedirse voluntariamente. Acepto todas las excusas que cada uno de los habitantes de este planeta sean capaces de manifestar para no tener que enfrentarse a una realidad que nadie quiere ver. Es mejor pensar que Philip Seymour Hoffman era un yonki, o que Marilyn Monroe estaba desequilibrada, o que River Phoenix jugó con fuego y se quemó, antes de detener la mirada en el dolor, el abandono, la tristeza, la frustración, la soledad que somos capaces de generar.

Siempre que sucede una desgracia así recuerdo una frase de mi madre: “Fíjate, el pobre, con todo lo que tenía para ser feliz y la maldita droga…” Y pienso que la felicidad son los demás. Y tal vez, los demás no estemos a la altura. La droga, como sucede con el alcohol o con cualquier otro tipo de adicción, entra en nuestras vidas para suplir una carencia. Un vacío que no sabemos llenar. Y si viviésemos en la estepa siberiana, o en el desierto de Atacama, solos, a kilómetros de distancia los unos de los otros, apartados de cualquier posibilidad de relación humana, podríamos pensar que es un problema exclusivamente personal. Pero cuando vivimos en sociedad, en comunidad, lo personal acaba siendo general.

Es cierto que la droga mata. Nadie puede afirmar lo contrario. Y las imprudencias al volante, y el tabaco, y tantas y tantas cosas. Pero, como muy bien apuntó mi amigo y gran creador Javier Giner con motivo de la muerte del actor de Happiness, antes de eso mata el dolor, la soledad, la incomprensión, el abandono, las carencias, la frustración, la angustia, la autoestima y la ausencia de miles de sentimientos reconfortantes que, como sociedad, no sabemos dar. O no tenemos tiempo de dar. O, lo más escalofriante, no queremos dar.

He leído que Arthur Miller ‘mató’ a Seymour Hoffman. Que hace dos años, en Broadway, cada noche, antes de interpretar sobre un escenario a Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante, el actor rompía a llorar. Su entorno piensa que encarnar al trágico viajante de la Gran Depresión pudo más con él. Tal vez hablemos de su nivel de autoexigencia a la hora de interpretar a un comercial cansado de una vida con pocas satisfacciones, frustrado por no poder lograr una mejor vida para los suyos. Puede que hablemos de nuestro nivel de exigencia, como espectadores, con él. Incluso de lo que espera un crítico de ti antes de escribir su columna. Pero por debajo de todo eso hay algo que me empuja a pensar que la droga es el arma homicida pero que quien mata es la sociedad, sus miembros, sin rostros que los identifiquen, y nuestra falta de afecto. Tal vez, y solo tal vez, no me considero en posesión de ninguna verdad, los enfermos seamos nosotros.

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  1. toda la razón!!! los realmente enfermos somos la sociedad en si… el dejarse influenciar por la opinión de otros solo depende de uno mismo y en tu articulo no le quito nada de razón en cuanto a la posible muerte de dicho actor tal vez se vea debido a fustigaciones no superadas gracias a el cinismo en el que vivimos diariamente

  2. Edi

    Lo has clavado:
    Siempre que sucede una desgracia así recuerdo una frase de mi madre: “Fíjate, el pobre, con todo lo que tenía para ser feliz y la maldita droga…” Y pienso que la felicidad son los demás. Y tal vez, los demás no estemos a la altura. La droga, como sucede con el alcohol o con cualquier otro tipo de adicción, entra en nuestras vidas para suplir una carencia. Un vacío que no sabemos llenar. Y si viviésemos en la estepa siberiana, o en el desierto de Atacama, solos, a kilómetros de distancia los unos de los otros, apartados de cualquier posibilidad de relación humana, podríamos pensar que es un problema exclusivamente personal. Pero cuando vivimos en sociedad, en comunidad, lo personal acaba siendo general.
    Quizás te interese este artículo si no lo has leído.
    http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/feb/06/russell-brand-philip-seymour-hoffman-drug-laws

  3. Reblogueó esto en El microwavey comentado:
    Paco Tomás, que me regala otra vez las palabras precisas para ir un poco más allá. Gracias, viejo. A tu salud Philip, que no pudimos alegrarte lo suficiente.

  4. Susanna

    Buenos días,

    un amigo mío de Facebook ha compartido este post y la curiosidad me ha hecho entrar y ahora mi experiencia me hace escribir.

    Mi opinión no puede distar más de la tuya y tampoco creo estar en posesión de la verdad absoluta, pero he tenido situaciones muy muy duras en mi vida que te hacen plantear si seguir o no con esta vida muchas veces desagradecida e injusta. Con todo ello, te lo planteas ¿Qué hago?

    Te sonará a tópico, pero realmente desaparecer es la salida fácil y para seguir y ser feliz hay que luchar conocerse a uno mismo y empezar a comprender muchas cosas. Como es el hecho de que al final la mayor lucha es con uno mismo y la felicidad radica en nuestra persona, si buscas la felicidad en el resto jamás la vas a encontrar y en caso muy extraño de encontrarla (o creer que la has encontrado) esta se esfumará cuando los demás así lo decidan.

    La droga mata, eso sin duda es una verdad universal, y tomarla una decisión personal. No puedes responsabilizar a la sociedad de las conductas y decisiones de un individuo (o los que sean). Cuando uno no sabe ser feliz estando apartado del resto en Siberia sinceramente tiene un problema y quizás lo que deba es resolver esos asuntos con él mismo y si necesita con ayuda, almenos los couch o psicólogos no matan
    Un saludo

    • Gracias por tu comentario Susanna. Lo único que digo es que somos seres sociales, que la felicidad no depende de nosotros si no de nuestro entorno, y que las adicciones vienen a llenar una carencia. Y en la mayor parte de las veces, esa carencia la provocamos los demás. La sociedad es un genérico pero todos somos responsables de los buenos sentimientos que no damos y no compartimos.

  5. @OberonLib

    Muchas gracias una vez más señor Tomás. Aunque llego algo tarde a este blog, y mucho más a esta entrada (el ritmo frenético que impone la realidad) es reconfortante conocer opiniones sosegadas que nos hacer llegar un poco más lejos en nuestra forma de abordar ciertos problemas, seguramente los más importantes.
    Enhorabuena por el blog

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