Los restos de la admiración

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Hay quien piensa que el poeta es su poema. Y, desde la emoción como vehículo de la sensibilidad, posiblemente sea así. Entender al creador y a la creación como una unidad.

Esa especie de selección empática que vincula a un creador con el receptor de su obra se me antoja, cada vez más, como un estado de adolescencia mental, por no decir que es un reflejo natural de la absoluta ignorancia. Siempre he defendido que la mejor manera de ser feliz es la inconsciencia. Y el conocimiento me ha dado la razón. Con dieciséis años, me bastaba con escuchar una canción que me emocionase para convertir en mías las palabras y reflexiones de su intérprete. Mi admiración por su música, su literatura, su pintura, sus películas, situaba al creador a la altura de su creación. Acababa de ingresar, y con todas las consecuencias, en su laberíntico universo.

A medida que uno va cumpliendo años, y la relatividad ocupa el lugar en el que ayer se sentaba la convicción, esa entrega incondicional comienza a matizarse. Desde escritores a actores, pasando por cantantes, pintoras, directores de cine y hasta deportistas, todos trabajan para nuestras emociones, buscando impresionarnos, conmovernos, atraparnos. Basta que lo consigan tres veces seguidas para que nos confiemos a ellos, para que les entreguemos las llaves de nuestro corazón, en el sentido más figurado (o no) que ustedes quieran darle. Pero cuando un día se desvelan aspectos privados de esos creadores, actitudes que interfieren con nuestros principios, la estructura de esa entrega, como una obra de Calatrava, empieza a caerse en pedazos. Y entonces,…¿qué hacemos con los restos de nuestra admiración? Sinceramente, no lo sé.

Recuerdo la incómoda sensación que me provocó saber lo cruel que podía ser Alfred Hitchcock con las mujeres que le rodeaban. O cuando conocí las obsesiones sexuales con niñas que al parecer marcaron la vida de Chaplin. O cuando la sombra del maltrato sobrevoló el talento de Picasso. Es tremendo tener que aceptar que esas personas a las que admiras, que esos creadores capaces de derrochar humanidad en sus trabajos, tuvieran una personalidad tan incompatible con tus principios. Es algo que va más allá de la ideología. De hecho, no he dejado de disfrutar de Mario Vargas Llosa por escucharle defender políticas de derechas. Tiene que ver con algo más íntimo, más de piel.

Supongo que no les habrá costado comprender que todo este debate regresa a mi mente tras la última confesión de Dylan, la hija adoptiva de Woody Allen y Mia Farrow, en la que acusa directamente al cineasta de haber abusado de ella cuando tenía 7 años. Y vuelve a materializarse la gran pregunta: ¿somos capaces de separar creación de creador? Si hemos logrado seguir admirando el Guernica, seguir llorando con Candilejas, seguir amando Vértigo, ¿quién nos dice que, al final de todo este confuso laberinto de acusaciones, vamos a dejar de sonreír con Días de radio, de emocionarnos con La rosa púrpura de El Cairo, de aplaudir el guion de Hannah y sus hermanas, Manhattan o Annie Hall?

Aportamos excusas a nuestra razón con el objetivo de alterar cualquier impulso que nos prive del placer de admirar. No queremos que la decepción, que es un sentimiento muy ingrato, se apodere de la capacidad de disfrute. Pero, ¿qué podemos hacer? ¿Dejamos de admirar aquello que nos maravilló? ¿Así, de golpe? ¿Es tan sencillo? Si lo es, explíquenme cómo se hace porque yo no lo he logrado. A medida que el conocimiento me ha ido desvelando la mezquindad, la infamia, la oscuridad de los creadores de grandes obras maestras archivadas en mi memoria emocional, he ido recogiendo los fragmentos de mi admiración para guardarlos en una caja, esperando el día en el que pueda pegarlos de nuevo.

Entramos en contradicción. Recuerdo que yo mismo reclamé que se le retirase el premio Príncipe de Asturias del deporte a la atleta Yelena Isinbayeva por sus declaraciones a favor de la ley anti gay rusa. Y no he escrito ni una línea pidiendo que se le retire el Príncipe de Asturias de las artes a Woody Allen. Y me escudo en la presunción de inocencia. La misma que no tengo en cuenta a la hora de hablar del ex presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, por ejemplo. Y esa contradicción me bloquea y me incomoda. Y sé a qué se debe. Al lugar que ocupa el creador en el armazón emocional de mi personalidad. Es casi como ver el error, la culpa, en la persona amada. Y ahí,  en mi cada vez más conflictiva relación con el arte y el alma negra del artista, habito a duras penas. A veces, los principios te juegan malas pasadas.

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  1. Natalia Forcada

    Creo que a veces las personas – artistas juegan una mala pasada. Tus principios son leales y correctos. La vida hace a las personas, el arte al artista. Son 2 dimensiones, 2 caras de una misma moneda,
    Entiendo y comparto tu desazón ante realidades que superan la ficción. Hay cosas que no son aceptables en la vida, como bien enumeras (el maltrato, la violación, entre otros). Y en el ámbito de lo real eso debería “resolverse” de alguna manera.
    La obra es la obra, pero la realidad es la realidad. Y creo que no podemos justificar la realidad con la obra. Ni defenestrar la obra por la persona. Siento que la búsqueda de justicia no puede ser beneficiada por los medios, ni por los seguidores para ninguna de las partes. Y si esto es real, hay que aceptarlo, por mas que esa persona sea un artista admirado o una persona conocida o querida.

  2. Juliana

    Que dificil… Estoy estos días en la misma encrucijada. Arte, principios, valores, obra etc.. Es muy dificil, hasta me da culpa defender la obra de algunos, hasta me da tristeza no volver a ver sus obras. Me cuesta defenderlos, me duele quererlos y admirarlos.

  3. La verdad, no quiero separar la obra de su creador, no en este caso cuando se podría tratar de abuso infantil. Si te imaginas a la ninya, que puede ser tu hija, tu sobrina o tu mismo, entonces no te hará falta separar. Simplemente te alejaras de esa persona que una vez amaste. Se trata de dignidad humana, de no querer para otra persona, menos si es un ninyo o ninya, lo que no deseas para ti. Ademas de un delito, se trata de la vida de una menor de edad.
    La obra pa mi es completamente intrascendente cuando de la dignidad humana se trata. Ademas los violadores, violentos, etc, tienen un perfil de buena reputación y reconocimiento social por su obra, lo cual los hace difíciles de desenmascarar, por lo tanto no me extranya…
    Y por eso la hija de Woody, que no es para nada tonta, termino su escrito, preguntando algo así como: Que película te gusta de WA? Para ponernos a cada uno de nosotros contra nosotros mismos. Es decisión individual ver al violador o al artista y eso también te hará pasar de la dignidad a la mezquindad y vs.

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