La ficción española

Adoro la ficción. Sucumbo a ella sin prejuicios, sin miedo, dispuesto a que me manipule, me altere, me indigne, me emocione, me excite. Disfruto de la ficción con todos sus matices, admirando ese simulacro de la realidad como si fuese la única verdad. De hecho, mi uso de las redes sociales no es otra cosa que una ficción. Mi cuenta de Instagram es una ficción basada en mi propia cotidianidad.

Aunque soy un apasionado seguidor de la ficción que se hace en Estados Unidos, y me retuerzo de envidia cada vez que veo un capítulo de Mad Men, de American Horror Story o de Homeland, esta semana me he reconciliado con la ficción española.

El pasado lunes triunfó la ficción nacional. El final de El tiempo entre costuras, la adaptación televisiva de la novela de María Dueñas, demostró que también somos capaces de hacer series de calidad sin necesidad de repetir la misma fórmula hasta que los guiones prendan por autocombustión. Pero, ante todo, se rompió el maldito complejo de inferioridad, se desmontó ese espíritu de anuncio de Campofrío que tan bien caló en productores y cadenas para exigir más por menos. Desde luego que un alto presupuesto no es sinónimo de calidad, y mucho menos de éxito, pero nuestra ficción estaba pidiendo a gritos un voto de confianza. Se agradece, como espectador, sentarse ante una serie con producción, que sale de los tres manidos decorados como si la sitcom fuese la única posibilidad. Precisamente ese elevado presupuesto hizo que la serie tardase dos años en emitirse. Y ahora que lo ha hecho, ha batido récords de audiencia con más de cinco millones y medio de espectadores.

También ha roto con esa lacra que las cadenas imponían y que suele resumirse en una frase apestosa: “una serie para toda la familia”. Ese antídoto de la creación ya había contaminado la capacidad de muchas productoras que, en lugar de arriesgar en propuestas y guionistas, acababan creando clones que fuesen del agrado de la cadena que, a fin de cuentas, es la que paga. O lo que es lo mismo, apestosas series para toda la familia. Por fin alguien nos trata como adultos y nos ofrece un producto que nos respeta como espectadores, independientemente de que te guste el género de la producción, que no dejaba de ser puro melodrama. Porque eso sí, aún estamos a años luz de poder entrar en el despacho de un directivo y contarle que tenemos una idea para una serie sobre un profesor de química, con problemas económicos, al que diagnostican un cáncer y que, para pagar su tratamiento y asegurar el futuro de su familia, decide ponerse a cocinar metanfetamina que luego vende asociándose a un alumno suyo. Si encima el directivo apostase por esa idea, entonces ya podríamos hablar de ciencia ficción española.

El guion vuelve a ser la piedra angular sobre la que levantar una gran ficción. No hace falta sucumbir al ritmo frenético; se pueden contar las cosas con tranquilidad, dejando que el personaje evolucione, permitiendo que los diálogos brillen. El éxito de El tiempo entre costuras, sin ser mi serie española favorita –de momento, como Crematorio no he visto nada-, es toda una lección que algunos, tras ver el trailer de Galerías Velvet, creemos que puede haberse aprendido.

Lo bueno de una industria del entretenimiento es que asimila un mal trabajo con franqueza. El fracaso forma parte del negocio. Cuando esa industria no existe, el fracaso se convierte en una lápida, la capacidad de riesgo se desvanece y la mediocridad se instala en los espacios reservados a la creación. Eso es bastante más común en la ficción española. Por ejemplo, el lunes pasado también asistimos a un ejemplo de mala ficción patria. La entrevista de Gloria Lomana a Mariano Rajoy fue otro intento de la ficción nacional por demostrar que no hay género que se nos resista. La audiencia prefirió la historia de Sira Quiroga porque las respuestas de Rajoy fueron un ejercicio de burla de la verosimilitud. La entrevista, que por tópica podría haber estado producida por Globomedia, no ofreció ningún giro de guion, no abría nuevas tramas, el personaje no evolucionaba, los diálogos eran tan manidos que adormecían y reflejó en pantalla una violación de la famosa teoría de los mundos posibles, un principio teórico del hecho ficcional.

Ajustándonos a esa teoría, toda ficción crea un mundo semánticamente distinto al mundo real. De ahí parten las respuestas del presidente del Gobierno. Lo que sucede es que, en la teoría de los mundos posibles, toda afirmación será verdadera siempre y cuando mantenga la coherencia con el resto de afirmaciones que se hagan. Y ahí es donde la entrevista al señor Rajoy del pasado lunes en Antena 3 sentó las bases de una ficción carente de cualquier apariencia de verdad, incoherente, estereotipada, bastante ramplona y sin el más mínimo interés. Como muestra, solo recuerden el momento en el que el personaje afirmó estar convencido de la inocencia de la infanta Cristina. “Le irá bien”, dijo. No olviden que, en capítulos anteriores, ese personaje dijo lo mismo de Jaume Matas, Francisco Camps o Bárcenas.

mariano-rajoy-durante-la-entrevista-en-antena

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Un Comentario

  1. Juan

    Será que existe una masoquista afición por la ficción que provoca aflicción? Si no cómo se explica que estos “grandes actores” se lleven en las elecciones esos Goyas a la mejor “interpretación”?
    Misteriosssssssss
    Al menos la factoría de ficción, la de verdad, formada por buenos y estupendos profesionales del cine, el teatro y la televisión, sí nos deja excelentes obras para disfrutar, y aunque sea durante un par de horas evadirnos de tanta absurda tontería política que daría risa si no fuera porque realmente da miedo…
    Un abrazo Paco 😉

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