Me tengo que acostumbrar

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Sin buscarlo, sale a tu encuentro. Como el amor. Supongo que eso es la vida, la dualidad que reside en todo aquello que existe. Alguien me dijo, alguna vez, que lo que le da sentido a nuestra vida es no olvidar que se agota. Yo prefiero, de vez en cuando, arrinconar ese sentimiento para no consumirme en el absurdo desasosiego de lo inevitable.

Me asombra la gente que es capaz de escribir sobre la muerte de un ser querido en Facebook o Twitter. Informar, en apenas dos frases, del fallecimiento de su padre o de una amiga, y colgarlo en una red social. No es una crítica. Es simplemente la admiración que me provoca aquello que diviso a años luz de mis aptitudes. Juro que en ocasiones he intentado canalizar ese dolor –porque el dolor de la pérdida es completamente distinto a cualquier otro- en una búsqueda abstracta de consuelo, de complicidad, de empatía. Pero una incómoda sensación de exhibicionismo me frena. El pudor es castrante. Además, creo que no entendería que lo llenasen de ‘me gusta’ aunque reconozca su verdadera intención. No le busquen una lógica a este argumento; no la tiene. Puedo escribir sobre la muerte de una manera indefinida, teórica, como estoy haciendo en este artículo. Pero si esa desaparición tiene nombre propio, tiene voz, mirada, sonrisa, memoria, entonces entierro mi emoción bajo toneladas de barro.

Supongo que todo forma parte de un aprendizaje. No es una obligación trasladar un estado de ánimo tan íntimo a una red social. Sin embargo, tampoco debería parecernos algo negativo. El derecho que aún nadie nos ha arrebatado es el derecho a sentir y desde la autoridad que nos conceden nuestras propias emociones, decidimos qué hacer con ellas.

Cada año, cuando inauguro una agenda, transcribo en la primera página unas citas del escritor Tom Spanbauer. Una de ellas es: “Escribo porque no puedo hablar y llorar al mismo tiempo”. El pasado día 25 de diciembre recibí la noticia de que un amigo, alguien a quien quiero mucho, alguien a quien, en un argot que sé que unos cuantos entenderán, llamaba ‘hermana’, se había ido. He tardado veintiséis días en escribir sobre él. Es extraño, sin embargo, que durante todo ese tiempo tuviera la necesidad de hacerlo. Sin poder renunciar al pudor que frena el movimiento de mis dedos sobre el teclado, escribo. Y eso es sentir. Da igual si es en un artículo de un periódico, en una novela o en un estado del Facebook. Quiero que sepas que aunque nos separase un océano, aunque tu paisaje fuese el de una ciudad situada a orillas del lago Cayuga, aunque pasasen meses sin escucharnos la voz, adivinar tu existencia, saber que habitabas, ya era suficiente. Ahora, las fotografías adquieren otro significado. Escuchar tu nombre, aunque corresponda al rostro de otro individuo, es un resorte que activa los recuerdos. Conozco la sensación. Ya la había sentido antes. Y sé que el torrente liberador dará paso a una quietud que acabará tiñendo la vida de cotidianidad. Y la memoria dejará de doler. Y volveré a comprender, como escucho en la letra de esa canción de Salvador Tóxico, que hay gente que viene y gente que nunca se va.

Si a veces es complicado gritar, no les quiero contar escribir en voz alta. Empiezo a descifrar que desde el primer instante de nuestra existencia en el que un ser querido fallece, tu relación con la muerte se convierte en una probabilidad que, hasta ese momento, no había formado parte de la estadística. El ‘de repente’ se instala en nuestra convivencia y solo la estupidez humana, esa que ha cimentado un modo de vida en el que el trabajo es más importante que tus vínculos familiares, que tus relaciones personales, hace que nos olvidemos de la lección aprendida. Tal vez sea un mecanismo de supervivencia. Tal vez sea la única manera de repararnos que hemos sido capaces de encontrar.

Hace una semana, la noticia del fallecimiento de la agente artística Eli Cabrero, una de las personas más vitales con las que he tenido la fortuna de coincidir, volvió a poner en marcha la maquinaria. Volví al 25 de diciembre. Volví a un 28 de febrero. Sé que dejar de recordar no es una opción. Y adoro que así sea.

Regreso al álbum de Salvador Tóxico y busco el tercer corte sabiendo perfectamente lo que estoy haciendo. Y mientras escucho que la vida continúa comprendo que me tengo que acostumbrar a estar contigo y no poderte abrazar.

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  1. Buenos días. ¡Madre mía! Aún tengo el nudo en el estómago tras leer con especial atención tus palabras. Cómo se pueden parecer e incluso solapar los sentimientos de personas que sólo se conocen, en este caso, unilateralmente.
    Sólo quisiera transmitirte que te entiendo. Te comprendo. Te acompaño en tus pensamientos hacia esa persona que (inigualable frase) está contigo y no la puedes abrazar.
    Me encantaría, y creo que te gustará, que leyeras algo que escribí hace dos meses y medio y aún no pasa un día sin, parafraseandote, querer abrazarla.
    Lo puedes ver aquí: http://alajungla.blogspot.com.es/2013/11/tus-ojos-jamas-se-cerraron.html?m=1

    Salud compañero.

  2. pepa

    Nadie como tú para expresar el dolor de una pérdida. Gracias por la canción.

  3. Almudena Rguez Huertas

    Querido Paco, la rabia y la soledad que estoy sintiendo sólo pueden ser aliviadas por la sensación de que nunca se irá. Un abrazo enorme.Almudena

  4. Juan

    Recuerdo la primera ausencia, ese vacío al que echas de menos, aunque a veces se te olvide, quizá por ese mecanismo de supervivencia del que hablabas, Paco. Cuántas veces pienso en lo que me hubiese gustado que fuera, y que ya nunca más podrá ser… Por eso no entiendo por qué a veces soy incapaz de actuar con los que sí están. Será por miedo a la respuesta, o peor aún, a no obtener respuesta…
    Miedo a la muerte, miedo a la vida, en realidad no deja de ser la misma palabra pronunciada con otros labios, pero con el mismo aliento.
    De todas formas, es increíble el consuelo que nos acaba produciendo el desconsuelo, aunque parezca contradictorio. Creo que esa canción es un ejemplo.
    Un abrazo Paco.

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