Los banqueros de la música

Es difícil que en unos tiempos en los que se especula con aquello que parecía innegociable, la sociedad acate sin rebelión los privilegios y las desigualdades. Cuando leemos que España es el país con más políticos, banqueros y grandes empresarios corruptos del mundo desarrollado mientras los ciudadanos, en la medida de su honestidad, no llegan a fin de mes, es imposible generar empatía. Y más cuando vemos que, a pesar del dato, el negocio va. Los banqueros, por ejemplo, son el único colectivo profesional que, pese a estar denigrado, no ha visto que su reputación afectase sus cuentas. Más bien, al contrario. Porque aquí lo que importa, por encima de cualquier cosa, son los beneficios.

Cuando los derechos, el ánimo, el respaldo, figuran en la columna del debe y van creciendo los ingresos en la columna del haber, se genera una gran desconfianza social. No importa que uno se dedique a especular con el suelo, con la miseria ajena o con las ilusiones; lo que importa es el dinero y conviene no fomentar la empatía. Para eso ya están las ong’s y algunas monjitas.

Lo curioso de este sistema, basado en el triunfo y en la acumulación desproporcionada de capital, es que alimenta pequeños banqueros más allá de las entidades bancarias. El banquero como prototipo empresarial. Me he encontrado con actitudes de banquero en hospitales, colegios, medios de comunicación,… Cualquier área susceptible de ser negocio necesita un ‘banquero’ detrás.

Esta semana he tenido la oportunidad de conocer un poco las editoriales musicales, unos señores que, cuando alzan la voz contra la reprobable piratería, siempre emplean dos conceptos: ‘cultura’ y ‘creadores’ cuando, en realidad, lo único que les mueve, como a cualquier empresa, son los beneficios.

Todo comenzó cuando me encontré con una carta abierta que el director Javi Giner había escrito a un blog especializado en cine español. En ella explicaba las negociaciones que había mantenido con una conocida editorial musical para obtener los derechos “editoriales” de una canción que quería emplear en su cortometraje El amor me queda grande. Por cierto, quédense con ese título porque seguro será uno de los cortos de 2014. Un homenaje al cine negro, a la capacidad de imaginar, a las femme fatale, todo visto desde los ojos de la infancia. Un verdadero placer. Voy a reconducirme que me pierdo.

La Sociedad General de Autores le informó que para emplear esa canción no bastaba con pagar los derechos de autor a la entidad gestora de los mismos. Debía pagar a la editora musical. Lo que Giner no sabía es que acababa de conocer a los banqueros de la música.

No son una discográfica, ni una distribuidora, pero, como buenos intermediarios, se llevan una sustanciosa parte del pastel. Tan apetecible es el pedazo que las grandes discográficas han acabado creando su propia editorial musical. Como sucede cuando un informático intenta explicarte qué le sucede a tu ordenador para que te cueste un pastón el arreglo, el entramado de negocio de las editoriales musicales es lo suficientemente complejo y laberíntico como para que cualquier cliente pague la cantidad que ellos deciden antes de desfallecer intentando saber exactamente qué está pagando. Lo más práctico sería definir a una editora musical como una empresa que edita, comercializa y promueve partituras y letras de canciones.

Para resumirles el caso del director Javi Giner les cuento que, en un trasiego de mails y llamadas perdidas que, ausentes de mala intención, acabaron convirtiendo una negociación aparentemente sencilla en una cuestión de altas finanzas, la cifra por los derechos “editoriales” de la canción –no confundir con los derechos de autor- pasó de 600 a 12.100 euros en una escalada que ni Pantani. Es difícil que alguien pueda comprender, sin objeciones, que emplear una canción compuesta en 1957 sobrepase los 10.000 euros. Pero lo más interesante es que lo que has ‘alquilado’, por tres años, es el permiso del autor, la partitura, no la grabación que quieras usar. Para eso deberías sumar los derechos discográficos que, por norma, suelen ser más caros. Teniendo en cuenta que las editoras musicales hacen firmar una cláusula, que ellos definen como “cláusula de nación más favorecida”, por la cual debes pagar a la editora el tanto por ciento de más correspondiente a la cifra que te cobre la empresa fonográfica, aunque hubieses cerrado con la editora otra cantidad inferior, el coste de la canción puede llegar a elevarse hasta el Everest. ¿No les suena a lenguaje de banquero?

Partiendo de la base de que un autor puede reclamar el dinero que considere necesario por el uso y reproducción de su obra –Carl Orff pedía tanto dinero por la reproducción del Carmina Burana que ninguna radio lo emitía-, mi experiencia personal es que jamás un derecho de autor, exento de las gravas de los intermediarios, es tan desproporcionado. Tal vez si fuese un autor de esos que facturan millones en derechos defendería mi negocio con menos objetividad. Sin embargo, llevo toda la vida viviendo de escribir, recibiendo mis derechos de autor que, en su mejor momento, me llegaron a reportar 3.000 euros (de ahí, para abajo) y cada vez que leo cifras de cinco dígitos por la explotación de una obra, los ojos se me mueven como a Marujita Díaz cantanto La tarántula.

¿Sabían ustedes que gran parte del presupuesto de Radio Clásica (RNE) se va en pagar derechos “editoriales” por músicas compuestas hace más de un siglo? Beethoven ya no genera derechos pero una poco clara política de la SGAE y las editoras musicales permite que una persona, cambiando solo una nota, registre a su nombre su versión de la Novena Sinfonía y cobre, cada vez que se ejecuta, durante 25 años más. Eso sin contar que si quieres interpretar esa pieza estás obligado a alquilar la partitura, que cuesta un pastón, aunque no la necesites.

La ley obliga a que una composición musical, una canción, sea editada, para poder tener un control. ¿No basta entonces con registrarla en la Propiedad Intelectual o en la SGAE? ¿Necesitas una editora? Aunque sabemos que todo es legal, en el fondo, salvando las distancias que separan al ladrillo de la composición musical, la estrategia de negocio es la misma que emplea Goldman Sachs comprando vivienda barata para luego venderla más cara. Si ya existe una entidad que gestiona y recauda los derechos de autor, ¿por qué hace falta una editorial? ¿Qué derechos gestiona ella? ¿Qué tanto por ciento de esa recaudación llega al bolsillo del autor o compositor? ¿Acaso sigue funcionando el negocio con argumentos del siglo XVIII, cuando una editorial musical tenía el sentido de transcribir las partituras para que diferentes orquestas pudiesen interpretar una sinfonía de Mozart? Sin acabar de entender el negocio, lo único que tengo claro es que, en el fondo, estamos ante un intermediario más cuyas funciones y competencias se solapan con las de otras entidades de gestión de derechos. Banqueros de la música que emplean las composiciones de sus clientes para presionar en sus mercados y mantener sus privilegios. Todo muy siglo XXI.

vivaldi-partitura

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Un Comentario

  1. Juan

    Sería francamente interesante saber qué porcentaje de ese dinero le llega al autor o los herederos que posean los derechos de dicha pieza. No se por qué me da a mi que nos impresionaría, pero para mal…

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