La verdadera emoción del acto teatral

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Ignoro cuando se estrenó Macbeth. Puede que fuera en 1611. En cualquier caso, ha sangrado mucho desde entonces. Sangre que, como toda la que brota del talento de William Shakespeare, nos enfrenta a lo más tenebroso del ser humano.

Hemos visto sangrar tantas veces a Duncan, a Banquo, a la familia de Macduff, que nos acostumbramos a su sangre con la misma indiferencia con la que la patria de Ross se volvía sorda para no tener que escuchar los lamentos y gritos de sus habitantes. Nos acostumbramos de tal manera a la violencia que lo más brutal nos parece algo común. Nos hemos acostumbrado a Macbeth.

Por eso me atrapa que la versión y dirección de José Martret rompa el hábito que habíamos adquirido con la sangre; nos impide aclimatarnos al horror, nos obliga a tomar partido ante la crueldad humana con absoluto respeto a la grandeza del texto original que muda, frente a nuestros ojos, en un retrato del siglo XXI.

MBIG (Mc Beth International Group), la versión de Macbeth que actualmente se representa en La Pensión de las Pulgas, es una bofetada a nuestra capacidad para acostumbrarnos. La costumbre es un insulto y, en ese lugar, se convierte en pecado. La ambición, un asunto universal, trasladado a una gran multinacional con estética de los años 50 y corazón de 2014.

Pero no es precisamente la manera de plasmar la ambición el principal reclamo de MBIG. Eso está en todos los Macbeth representados desde el siglo XVII. Lo que convierte a este montaje en algo completamente prodigioso es la propuesta de su director, José Martret, y como ha invitado al resto del equipo (artístico y técnico) a implicarse en esta fantasía envenenada que todos los que pretendan montar un Macbeth, de ahora en adelante, no deberían olvidar.

MBIG es una experiencia. Como ya sucedió con La Casa de la Portera y la versión del Ivanov de Chejov, entrar en La Pensión de las Pulgas es entrar en Macbeth. Lo que ha hecho Alberto Puraenvidia es reinventar la escenografía teatral para hundir en las profundidades del mar los restos que quedasen de la incómoda cuarta pared. Gracias a su trabajo, el espectador se adentra más fácilmente en un universo siempre difícil (la prosa de Shakespeare es tan rica que en ocasiones satura nuestro cerebro) y se sitúa en otra dimensión cuando aquello no ha hecho más que empezar. A partir de ahí, todo suma. Desde la mirada pétrea de esas tres brujas que aguardan nuestra entrada hasta el vestuario (Lupe Valero y Lorenzo Caprile) y el espacio sonoro, creado por Antonio Martín, que hace que la historia suene a podredumbre sofisticada, a alcantarillas de sangre, a codicia y demencia.

La propuesta de Martret entra como un puñal en nuestras vapuleadas conciencias. Aceptamos de buen grado que la imagen sea la de una empresa de los años 50 y el texto hable de reyes y batallas. Aceptamos el vestuario que nos traslada a una época de sofisticación que también escondía zurcidos. Y aceptamos que, por fin, alguien se haya dado cuenta de que lady Macbeth (magnífica Rocío Muñoz-Cobo) es una femme fatale y como tal nos la presente. Una mujer que educó en valores a la Phyllys Dietrichson de Perdición, a la Matty Walker de Fuego en el cuerpo y a la Bridget Gregory de La última seducción. Una mujer que ambiciona desde el coño y atrapa desde una fuente de placer que nunca será de vida. Asistiendo a MBIG comprendes qué es lo que funcionaba en ese matrimonio: la cama, convertida en el cauce de un torrente emocional siempre a punto de desbordarse. Y algo me dice que lo que la actriz puede llegar a hacer con ese personaje aún va a maravillarnos más. Sobre todo cuando descubrimos que la lectura favorita de lady Macbeth son las memorias de Betty Ford.

Lo que hace Fran Boira con Macbeth es prodigioso. Porque en la elaboración del protagonista hay otro giro que altera nuestra percepción de un clásico. Comprendemos que el personaje, visto desde hoy, tiene más de Norman Bates que de rey de Escocia. Macbeth es un psicópata, un enfermo incapaz de empatizar con el sufrimiento ajeno, cegado por una ambición que, al final, ya es lo de menos porque está dispuesto a castigar a todos aquellos que, alguna vez, se atrevieron a pensar que el miedo estaba sobrevalorado. Pero lo magnífico del trabajo de Fran Boira es que nos permite ver, en tiempo real, la evolución de un Macbeth, simplemente codicioso, hacia la monstruosidad manifiesta de un ser sin ningún tipo de escrúpulos.

Debería dedicar un párrafo a cada uno de los actores de MBIG porque todos salen a escena con una generosidad brutal para con el espectador. Allí brillan Rocío Calvo y Maribel Luis (inolvidables brujas para la Historia), Francisco Olmo, Pepe Ocio y Manuel Castillo. Pero me van a permitir que haga un inciso en la presencia escénica de Dani Pérez Prada y Víctor Dupla porque es imponente. En especial el caso de Pérez Prada que consigue dar una entidad enriquecedora al personaje de Banquo, siempre desdibujado en los montajes de Macbeth. Su juego de miradas silenciosas cuando empieza a ordenar en su mente las piezas de la sospecha es solo un aperitivo de lo que nos aguarda cuando seamos invitados a un cóctel en honor del nuevo presidente.

No sé si ustedes, lectores, han oído hablar de una de las mejores actrices de los últimos años. Se llama Inma Cuevas y en este MBIG es Camelia, el único personaje que no forma parte del talento del de Stratford-upon-Avon y sí de la capacidad creativa de José Martret. Es la secretaria de dirección efectiva, resolutiva, y una cálida versión de los principios empresariales que en nuestra mente se convierten en reflexiones aterradoras. Todas las intervenciones de Camelia son de un asombroso virtuosismo interpretativo. Podría empezar a desgranar una por una sus apariciones pero, ¿qué gracia tendría leerlo cuando lo interesante es vivirlo?

Se acabó. Hagan el favor de dejar de leer esto. Aparquen esta lectura, abandónenla si lo desean, y vayan a reservar una entrada para ver MBIG en La Pensión de las Pulgas. Y luego, si quieren, seguimos charlando pero, por favor, no cometan el error de dejar pasar la oportunidad de sentir la verdadera emoción del acto teatral.

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