El derecho a estar triste

Hace miles de años, los pecados capitales fueron ocho. Evagrio Póntico, un monje asceta cristiano de aquellos que prácticamente inventaron la ortodoxia, fue el que elaboró esa lista de ‘vicios’ que, con el tiempo y un Papa, pasarían a llamarse pecados capitales. Ese señor consideraba que ciertos rasgos de la personalidad humana eran inadmisibles. Léase la gula, la lujuria, la pereza, la avaricia, la ira, la soberbia, la envidia y la tristeza. Así es. Aquel monje, durante 200 años, condenó la tristeza. No fue hasta el siglo VI, con el Papa San Gregorio Magno, que estar triste dejo de ser algo malo y empezó a entenderse como una necesidad que, con ese apego a la aflicción que tiene toda creencia religiosa, casi te abría las puertas del cielo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, sin embargo, percibo que la tristeza sigue estando mal vista. Hemos llegado a justificar la ira, a asumir que existe ‘envidia sana’, a comprender la pereza, e incluso a reconocer que nos gusta disfrutar de la gula y lujuria. Pero estar triste, eso provoca un rechazo social digno de análisis.

Buenos_dias_tristeza-617635002-largeAunque el best seller de Francoise Sagan, Buenos días tristeza, nos haga creer lo contrario, la tristeza no vende. Ni siquiera aquellas fiestas londinenses llamadas Feeling Gloomy, a las que la gente acudía por el mero placer de sentirse desgraciado mientras se movía al ritmo de Heaven knows i’m miserable now, llegaron a exportarse como hicieron otras. La tristeza no cotiza en bolsa, ni se vende en las grandes superficies, ni se la convoca a las fiestas que luego aparecen retratadas en las revistas, ni va a estrenos, ni la invitan a presentaciones de perfumes,… nadie la quiere cerca ni por asomo.

Está tan mal vista que incluso cuando los tiempos son grises –casi siempre acompañados de grandes depresiones económicas-, inmediatamente surge una fingida corriente de optimismo que contribuye aún más al desconsuelo del que se siente triste. Lo llamo ‘efecto espumillón’, porque me recuerda a esa felicidad oficial que invade a todos cuando llega la Navidad. Decir que odias la Navidad ha pasado a ser una pose snob pero estar triste en esas fiestas casi es un acto despreciable. Es tal la discriminación, que el individuo apenado acude al ‘efecto espumillón’ para sentirse socialmente admitido.

Hay un mensaje único al que todo el mundo parece suscribirse: pensar en positivo. Y me pregunto, ¿cómo demonios se puede pensar en positivo cuando tienes 58 años, llevas cinco en el paro, tienes tres hijos en edad escolar y el banco amenaza con echarte de tu casa? De verdad que hago esfuerzos para intentar comprender cómo se puede ver la vida color de rosa en esa situación. Especialmente cuando el único optimismo al que puedes optar es el de encontrar un minijob por el que te paguen 600 euros al mes. Si el señor Durán i Lleida o la señora Cospedal no podrían mantener a sus familias con 600 euros, ¿por qué piensan que el resto de los ciudadanos sí?

Creo que la sociedad es tan injusta y egoísta que emplea el pensamiento positivo como un comodín para no tener que implicarse más en las penas de la persona que tiene al lado. Olvidamos que todos estamos, o nos sentimos, desvalidos en algún momento de nuestra vida y que en esa ocasión no nos gustaría que viniesen a darnos lecciones de optimismo cuando entendemos perfectamente las razones de nuestro pesar. La tristeza está mal vista porque nos salpica, porque somos seres sociables y el malestar de uno puede afectarnos a los demás. Por eso exigimos al triste que cambie de actitud, que piense en positivo, que se alegre; porque así nosotros podremos sentirnos más cómodos.

Es verdad que en ocasiones las vida nos supera y la tristeza avanza como un torrente, arrasando con todo lo que encuentra a su paso. Quizá por eso nos hemos vuelto tan intransigentes con el más mínimo conato de tristeza. Es significativo que las personas diagnosticadas con depresión, por ejemplo, sufran el mismo rechazo social que soportarían si padeciesen una dolencia infecciosa. Nos da miedo la tristeza, la sentimos contagiosa, y por eso no intentamos conocerla, ni razonarla, ni aplacarla. Decimos cuatro frases hechas, damos una palmada en el hombro y huimos de su lado, no sea que nos contagie.

Por eso hoy quiero reivindicar el derecho a sentirnos tristes. Eso que los profesionales llaman “rumiación obsesiva”. Que nadie piense que estoy haciendo apología de la depresión. Ni mucho menos. No hablo de la tristeza como estado habitual. Hablo del derecho a sentirnos tristes, especialmente cuando no nos van bien las cosas. ¿Nos hemos parado a pensar que, tal vez, lo peor para una persona entristecida es tener que fingir que no lo está para que su entorno se sienta cómodo, para que no tengan que cambiar sus planes, para que la vida siga siendo maravillosa?

Creo en la tristeza como un lugar de reencuentro con uno mismo. Me atrevería a decir que es necesaria y que con ese bloqueo social al que la sometemos no estamos ayudando nada a la especie humana. Hace unos días, documentándome para este artículo, encontré que el psicólogo australiano Joseph P. Forgas había elaborado un estudio en el que desvelaba los beneficios de estar triste. Según Forgas, la tristeza nos hace más receptivos a lo que sucede a nuestro alrededor, llegamos a unos estados analíticos tan profundos que somos capaces de razonar con más lógica, reducimos nuestra credulidad y nuestros prejuicios, incrementamos la cortesía y aumentamos el sentimiento de justicia.

Y que conste que no estoy triste mientras escribo esto. Todo lo contrario.

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  1. Juan

    Bueno, no sé si ese estudio del psicólogo es “verdad” (teniendo en cuenta lo “relativa” que a veces es la “verdad”, y lo poco crédulo que soy yo con los “psiquiatras, psicólogos y otros enfermos”, libro muy divertido de Muñoz Avia, por cierto). No sé si cuando estoy triste soy capaz de razonar con más lógica, o si mi creatividad se dispara como un resorte, o soy capaz de declararme adalid de causas justas. La gente que no me conoce suele decir que soy alegre y amable. Eso es precisamente porque no me conocen, ni quieren conocerme. No soy ni alegre ni triste, ni pesimista ni optimista, simplemente soy una persona, con todo lo que ello implica, miserias, anhelos, ilusiones, desencantos… Creo que esa manía que tenemos siempre (o casi siempre, que las afirmaciones categóricas suelen darme “miedo”), esa especie de necesidad de encasillar y buscar clichés, nos convierte en seres monocromáticos, incapaces de ver más allá, o posiblemente sin querer hacerlo, por eso sólo nos gusta lo “bello”, lo “nuevo”, lo “divertido”…
    Yo también reivindico el derecho a estar triste, y también alegre, y el derecho a llorar si tienes ganas de llorar, y gritar cuando te duele, y amar si de verdad quieres. Reivindico el derecho a ser una persona, con todas sus consecuencias.
    Gracias por tus artículos Paco, me encantas 😉

  2. Mar

    La tristeza también nos hace más humanos. Soy de la opinión de que hay que dolerse por las cosas que realmente importan para después valorarlas.
    Un texto magnífico… Gracias.

  3. Meg

    Al hilo de las corrientes del “pensamiento positivo” los americanos utilizan los seminarios de “coaching” para autoconvencerse de que con la fuerza de su “pensamiento positivo” son capaces de lograrlo todo, de conseguirlo todo y de salir adelante en las situaciones más complicadas. Sin embargo, yo no lo entiendo.

    Es cierto que no si caemos en una tristeza autocomplaciente podemos llegar a una depresión, pero es un sentimiento humano que tenemos que aprender a sobrellevar. Yo lo veo mucho en los niños, se les fomenta que hay que estar alegres todo el rato, pero cuando ellos tienen algún problema en el colegio (se han peleado con su mejor amigo, les han regañado en clase por hablar mucho) y están tristes, si no les explicamos que es algo lógico de las personas el sentirse así, se sentirán frustrados y no aprenderán a salir de esa tristeza y, en el futuro, sí que serán infelices.

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