Armarse de humor

Hay ocasiones en las que la vida te sale al paso. Hace un placaje, como los jugadores de rugby, y te tumba. O directamente te agarra de los hombros y comienza a zarandearte. Entonces no queda más remedio que mirarle a los ojos.

Cuando la vida decide interrumpir esa especie de sedación cotidiana a la que, curiosamente, llamamos ‘vida’ –y posiblemente se trate de un sucedáneo de ella, como el soma que consumían los protagonistas de Un mundo feliz-, es porque necesita nuestra máxima concentración. Y no suele ser nada amable. Para los instantes de felicidad confía demasiado en nosotros, cree que seremos conscientes de lo que nos sucede y sabremos disfrutarlo. Se equivoca. No todos estamos capacitados para darnos cuenta de lo efímero de la felicidad y aprovechar ese momento como si se tratase del último. Reaccionamos como si fuésemos eternos, como si nos sobrase el tiempo, las energías y las posibilidades, y olvidamos exprimir ese minuto hasta que no le quede ni una gota de alegría.

Pero cuando la noticia no es agradable, entonces la vida no se la juega. Te zarandea, quiere que te dejes de chorradas y la mires a los ojos. Una vez que hayas atendido, se apartará de tu camino y dejará que continúes el trayecto. La vida confía demasiado en nosotros. Espera que todos tengamos herramientas que nos ayuden a que la ruta sea más llevadera. En eso, también se equivoca.

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Hace años, desde que era muy pequeño, comprendí que mi sentido del humor era la mejor herramienta para afrontar esa manía de zarandearme los hombros que tenía la vida. No fue algo innato, como la capacidad de fantasear, sino que aprendí a desarrollarlo. Aprendí a tener sentido del humor para superar aquellas sacudidas de la vida que siempre empiezan demasiado pronto. En ocasiones, en el patio del colegio, donde un grupo de niños, herederos de los prejuicios de sus padres, gritaban ‘maricón’. Al principio no es fácil. Siguiendo el ritual de las malas noticias, uno viaja de la negación a la aceptación haciendo paradas en la ira, la negociación y hasta la depresión. Pero al final siempre debe triunfar la honestidad con uno mismo. No importa el camino, la herramienta que cada uno utilice, si el final es ese. En mi caso, entendí que el humor, la ironía, era una armadura pero también era un arma. Con él, desactivaba el insulto homófobo. Me costó, pero lo acabé logrando. Lo ves tan práctico que, al final, lo trasladas a otros muchos aspectos. Es una buena manera de que los zarandeos de la vida no te provoquen, encima, una lesión en las cervicales. Es un juego que hay que tomarse muy en serio. Acabas buscando el gag en la vida y eso a ella le gusta; se siente cómplice y no una convidada de piedra.

Y en eso estoy. Supongo que en eso estamos. Hay que estar preparado porque, en la situación más inoportuna, como sucede con las luces controladas por temporizador de los aseos, nos quedamos a oscuras. Por cierto, me encantaría conocer al tipo que ha realizado el estudio en el que se basan esos temporizadores de los aseos de bares y restaurantes. Quiero saber qué logaritmo han empleado para llegar a la conclusión de que un hombre tarda exactamente 20 segundos en entrar en el baño, bajarse la cremallera, buscar lo que tiene que buscar (tampoco es muy difícil), sacarlo, apuntar (eso parece ser más difícil), orinar, sacudir, limpiar la gotita, guardar, subirse la cremallera y lavarse las manos. A mí, en 20 segundos, no me da tiempo. Y eso en un baño limpio, que si trasladamos la ecuación a un local de copas a las 4 de la mañana, en ese caso, el equilibrismo tiende a infinito.

No está mal mirarle a los ojos a la vida. No solemos hacerlo porque incomoda. Y quizá ese hábito ingrato es el que impide que seamos conscientes de los instantes buenos, que se pierdan sin estrenar, que se diluyan entre los minutos, que solo pensemos en ellos cuando ya son pasado y no mientras son presente. Si no vamos a poder evitar esos empellones, al menos deberíamos aprender a saborear los ratos buenos para darnos cuenta, en ese preciso instante, de que estamos siendo felices.

Creo que me ha quedado un artículo un poco Jorge Bucay. Lo siento. Espero que sepan leerlo con un poco de sentido del humor.

  1. Juan

    Estimado Sr.PacoTomás:

    Nuevamente acierta ud. en todo el centro de la diana, hay que ser más consciente de los buenos momentos cuando están ocurriendo no a toro pasado. Porque es verdad que la vida tiende a apretar desde muy pronto en forma de pequeños cabroncetes que para matar el aburrimiento en el patio no se les ocurre otra cosa que martirizar, siempre en grupo, a alguno de sus compañeros (en mi caso, yo era el gordo de la clase…). Y no puedo estar más de acuerdo en la herramienta que ud. eligió como defensa, aunque he de confesar no sin un poco de verguenza que en mi caso el ser gordo, me permitía administrar alguna hostia que otra de vez en cuando, las cuales tampoco funcionaban mal para que me dejaran en paz(aunque demuestran mucho menos ingenio por mi parte).
    En cuanto al perfil del señor del temporizador sin duda un hombre mayor con problemas de próstata y mucha habilidad con las manos, eso sí…
    A mi me ha encantado el artículo…enhorabuena

    Juan

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