La soga

No me gustan las personas que se atan los zapatos con palabras. Que utilizan  algunos términos del lenguaje como si fueran cordones a los que retorcer y anudar una y otra vez. Las palabras son flexibles, no se rompen. Pero cuando las forzamos, las desvirtuamos, empiezan a perder su esplendor y corren el riesgo de convertirse en un chicle caducado, en un resto de pan duro.

Un político corrupto hablando de honestidad. Un banquero pronunciando la palabra generosidad. Un manipulador jugando a la objetividad. Parece como si las palabras que terminan en ‘dad’ vinieran en cajas de cinco mil piezas para que pudiésemos entretenernos con ellas y montarlas a nuestro antojo. Últimamente sufro cuando descubro el uso tramposo que estos tiempos hacen de la solidaridad.

Es cierto que, según la Real Academia de la Lengua, la solidaridad es una adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Pero no especifica que esa causa o empresa tenga que ser noble y desinteresada. Sin embargo, le hemos dotado de esa cualidad a la palabra, de una connotación positiva, modélica, que nos empuja a emplear esa voz solo cuando creemos en el objetivo generoso de la causa. Es una palabra analgésica. A nadie se le ocurriría decir que el Gobierno es solidario cuando, realmente, se adhirió a la causa de la CEOE con su reforma laboral. Con el léxico en la mano, lo son.

Ejemplo de esa doble lazada con la que retorcemos la solidaridad son esos programas de televisión que aseguran fomentar la generosidad con los que más la necesitan. No dudo de su buena intención pero lo que me transmite es vergüenza. Hará casi dos meses que leí a un miembro de la Plataforma en Defensa de la Ley de Dependencia de Castilla La Mancha que explicaba la indecencia que convertía en caridad una serie de derechos establecidos por la ley. Espacios como Entre todos o el inmediato Efecto Ciudadano, todos en una cadena pública, parece que buscasen escarbar en nuestra ya sufrida conciencia para cubrir con ‘solidaridad’ las carencias de un Gobierno que, a la hora de elegir dónde recortaba, optó por hacerlo en las clases más desfavorecidas, incentivando que los ricos españoles sean, como indica el último informe de Credit Suisse sobre riqueza en el mundo, más ricos.

En ese tipo de programas vemos a unos padres suplicando ayuda porque tienen un hijo con una grave enfermedad y necesita atención especializada. Vemos a una mujer enferma, con su marido en paro, que pide comida para alimentar a sus hijos. Vemos a una joven que quiere abrir un bar para mantener a su familia y como el banco no le da el préstamo –esos bancos a los que el Gobierno ayudó con 36.000 millones para que fluyese el crédito-, lo suplica por televisión. La palabra solidaridad se retuerce como un gusano al pie de una maceta. El concepto se prostituye y con él, el país.

Sé que los gurús de la autoayuda no dejan de repetirnos que la situación es la que es, que de nada sirve lamentarse, que la situación económica y sus recortes no tienen marcha atrás, que lo que hay que hacer ahora es buscar soluciones. Y aunque eso sea cierto, siempre incluyen posturas maquiavélicas muy peligrosas.

Detesto que las obligaciones de un Gobierno para con su pueblo se conviertan en el argumento televisivo de un programa. ¿Se imaginan que su jefe no cumpliese con sus obligaciones y responsabilidades en el trabajo y que la solución fuera que todos los empleados sacasen adelante el trabajo, con su sacrificio y esfuerzo, para que los beneficios sigan siendo para el empresario, para que pueda seguir ahorrándose un dinero y no mejorar las condiciones laborales? Pues así siento yo la aparición de este tipo de programas. Parten de un buen lugar pero acaban provocando un mal mayor. Consiguen una marea de sufrimiento, de injusticia, de exclusión social, buscando un hueco en la parrilla televisiva porque las ventanillas del Estado están cerradas para ellos pero abiertas para abonar un millón de euros (se cree que la cifra fue mayor) al señor que asesoró el discurso del relaxing cup de Ana Botella.

En España ya tenemos monedas sociales, la familia está manteniendo a sus miembros sin empleo, los trabajadores aceptan bajadas de sueldo a cambio de que no haya despidos, apoyamos la cultura que el Gobierno maltrata con nuestras aportaciones económicas vía crowfunding o cualquier otra plataforma de autofinanciación,…¿de verdad van a enseñarnos a nosotros solidaridad? Cualquier legislación de cualquier país del mundo debe ser, prevalentemente, humanitaria. El Estado es el responsable de cubrir las necesidades básicas de sus ciudadanos. No yo, con mi conciencia hecha pedazos y mi bolsillo maltrecho. La solidaridad nunca puede ser el argumento para eximir al Estado de sus responsabilidades. Porque eso es retorcer las palabras hasta conseguir hacer una soga con ellas.

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  1. No estoy del todo de acuerdo con tu artículo y con las críticas en general a este programa. Creo que una cosa no quita la otra. Que haya un programa de estas características, que no dejar de se televisión (entretenimiento…), no exime a un sistema a cumplir sus funciones sociales, legales, humanitarias… La caridad hecha espectáculo. Quizás sí… Pero bienvenida sea si ayuda, a pesar del gran sesgo de la producción audiovisual. No comparto tu idea de que provocan un mal mayor porque, tal y como está el panorama aunque se ayude a un ciudadano, ya habrá valido la pena. Un saludo,Nadia

    • Hola Nadia. Gracias por leerme y escribirme. En mi manera de entender el mundo, las desgracias de las personas me parecen incompatibles con el entretenimiento. Creo que forman parte de otro formato televisivo, no ese. Y el problema de ese programa en los tiempos que corren es que precisamente su excusa es que como el Estado no lo hace, hay crisis, vamos a tirar de la solidaridad para cubrir ese déficit. Pero es un déficit del Estado de Bienestar, no nuestro. Y la gran trampa, siempre bajo mi punto de vista, es esa de que al menos, si ese programa ayuda a una familia, pues ya está bien. Ese argumento es muy tramposo y con él podríamos justificar todo. Incluso lo más humillante.
      Un saludo

  2. Granada

    Comparto y suscribo tu artículo y tu punto de vista de la A a la Z, Pacotomás. ¡Detesto ese tipo de programas que convierten el sufrimiento de los demás en espectáculo! Y en efecto, allanan el camino para que el gobierno delegue sus obligaciones más básicas, como es cubrir las necesidades de los más desfavorecidos. En Francia se han hecho eco de este programa, y sobre todo, del escándalo que representa, en un texto en Le Figaro titulado En Espagne, les pauvres ont leur show téle! ¡Chúpate ésa, Teresa (Viejo)!

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