Las dos Españas

NOTA: Por favor, encuentren el sentido metafórico a este artículo. No sea que la literalidad les nuble la razón.

Uno de los grandes errores de la corrección política es negar la realidad, ocultar lo incómodo debajo de la alfombra, autoconvencerse de que aquello de lo que no se habla, no existe. Por ejemplo, la idea de las dos Españas. Un enfrentamiento del que nos hicieron creer que hubo un punto final con la transición democrática. Y no. Las dos Españas son inmortales e irreconciliables. Cuanto antes lo aceptemos, mejor para todos.  Hemos avanzado mucho en la convivencia, eso sí; tampoco somos un pueblo primitivo, aunque con tradiciones como la del Toro de la Vega lo parezcamos. Ahora manejamos unas reglas del juego que antes no teníamos, comprendemos que el derramamiento de sangre no es una opción. Pero eso no significa que las dos Españas no continúen enfrentadas y separadas ideológicamente.

No seamos narcisistas y aceptemos esa característica como un rasgo de identidad. Del mismo modo que existen -y existirán- dos Españas, existen dos Francias, dos Grecias, dos Estados Unidos e incluso dos Alemanias, aunque nuestra ingenuidad nos empujase a creer que con la caída del muro desaparecían también las diferencias ideológicas entre los seres humanos. Con la destrucción del muro se acabó con un símbolo que representaba otra cosa pero dos Alemanias, esas existirán siempre.

Hablamos de dos maneras de existir, de gestionar la convivencia, de regular derechos y deberes: una progresista y otra conservadora. Dos opciones. Con todos los matices que se quieran pero, al final, dos opciones.

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¿Y si la respuesta a esta crispación instalada en nuestra sociedad, y alimentada cada día por declaraciones políticas fundamentalistas, fuese la escisión? Separar a las dos Españas. Con libertad de fronteras, con todas las ventajas de los estados soberanos, pero alejadas –ideológicamente- la una de la otra. No es necesario levantar un muro físico. Bastaría con marcar una línea imaginaria. Aunque teniendo en cuenta el libre albedrío con el que el ministro Soria condujo la trayectoria del Meridiano de Greenwich, que tan pronto pasaba por el Golfo de Valencia como por las Canarias, uno empieza a dudar de si esa sería la mejor opción.

Eso sí, cada ciudadano decidiría, libremente, en cual de las dos Españas quiere vivir. Si en la conservadora o en la progresista. Total, que existen dos Españas es algo que ya nadie puede negar y la experiencia nos confirma que más que convivir, nos sometemos. ¿Por qué tiene que vivir una señora del Opus Dei en una España que tiene una ley de interrupción del embarazo que para ella es un pecado? ¿Por qué tiene que vivir un enfermo crónico en una España que le obliga a pagar un 10% de los medicamentos que debe tomar de por vida? En este cuento, cada uno elegiría, democráticamente, donde quiere vivir y a qué ideología política quiere obedecer.

Repito, por si cinco párrafos fuesen suficientes para perder la memoria, que este artículo es una metáfora. Vivimos tiempos en los que la metáfora es lo único que nos desahoga. Esta semana leía una declaración del músico Iván Ferreiro en la que apuntaba que quizá había llegado el momento de salir a la plaza “y linchar a unos cuantos”, no sin antes dejar claro que era en sentido metafórico y que todo eso habría que hacerlo “del modo más civilizado”. Empaticé con Ferreiro al instante. Algo que debería encender las luces de emergencia en nuestros líderes políticos que creen que España es una empresa que ellos pueden gestionar y arruinar a su antojo sin que sus decisiones tengan consecuencias más allá de las electorales.

Me evado y pienso que en la España que yo eligiese para vivir no se consentiría que una señora como Ana María Aguiló, diputada del PP, llegase a plantear que podría quitar la custodia de unos hijos a unos padres que secundasen la huelga de educación.

Un claxon en la calle y los exabruptos de un conductor explotaron la burbuja de mi metáfora. Tal vez la independencia de las dos Españas resultase más saludable pero, a la larga, lo mismo también era mucho más aburrida.

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