Son una empresa

Hace tiempo que lo sospechaba pero ahora ya lo sé. De primera mano. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría me lo ha confirmado. A mí y al resto de sufridos ciudadanos de este país. Los partidos políticos, al menos el que ella representa, son una empresa. Así lo manifestó cuando los periodistas le preguntaron por la decisión del PP de borrar el disco duro de los ordenadores que Bárcenas tenía en la sede del partido, en un ejercicio de transparencia sin precedentes. Dijo que el Gobierno no podía entrar a valorar las decisiones y actuaciones de un partido político “actuando como empresa”.

Cuando el subconsciente escupe, raras veces disfraza la verdad. Desde nuestra ingenuidad creímos que un partido político era un conjunto de personas que, unidas por una determinada ideología, trabajaba por el bien común de todo un territorio. Ese principio se empezó a confundir cuando el Gobierno decidió no trabajar por el ‘bien común’ y sí contribuir al ‘mal común’. Extender la precariedad y la desigualdad entre el mayor número de ciudadanos posible. Un buen punto de partida en la fructífera utilización política del miedo.

El fundamento del ‘bien común’ se acabó desvaneciendo cada vez que el Gobierno justificaba sus decisiones apoyándose únicamente en el número de votos que recibieron en las pasadas elecciones. Un razonamiento excluyente. Solo nos importan nuestros votantes, no lo que piense u opine el resto de ciudadanos. Gobernar para 3 de cada 10 personas. O sea, que el bien común pasó a ser un bien selectivo.

Pero ahora que sabemos que el PP es una empresa, comprendemos su necesidad de repartir beneficios entre sus socios mayoritarios, de impulsar unos peculiares incentivos fiscales y de pelear por el logro de los objetivos marcados por su consejo de administración.

Lo primero que hemos aprendido es que una empresa no es una ONG. O sea, un partido político, el PP en este caso, no es un lugar al que acudir en busca de ayuda, tolerancia, dignidad. No podemos esperar de ellos que no tengan ánimo de lucro. Tenemos que empezar a verlos como lo que son: empresas. Con una regulación bien distinta a la del resto de empresas particulares y, no lo olvidemos nunca, subvencionadas, en el caso del PP, en un 90%.

1206962009_0Si el PP es una empresa, como apuntó la vicepresidenta, imagino que tendrá unos objetivos empresariales. Supongo que ser líder del mercado, obtener una mayor rentabilidad, aumentar los activos y no abandonar nunca las estrategias a largo plazo que acaban definiendo el rumbo de la empresa y sus actuaciones futuras. En mi suspicaz imaginación puedo llegar a percibir que la privatización de hospitales que luego -¡oh casualidades de la vida!- acaban en manos de empresas vinculadas a los ex altos cargos que procuraron esa privatización no es otra cosa que estrategia empresarial. Como lo es EuroVegas o hasta la celebración de unos Juegos Olímpicos. Gracias a Soraya, los trozos empiezan a encajar.

¿Se imaginan un país gobernado por IBM, por McDonalds o por Coca Cola? ¿Creen que en ese país se tomarían decisiones que no tuvieran otro objetivo que el de aumentar el beneficio de esas empresas, animar su implantación en el mercado, su propio crecimiento y la deshidratación de la competencia? ¿Existiría lo público cuando la mentalidad que dirige el país es la de un empresario interesado en obtener el mayor beneficio posible a cambio de la menor inversión posible?

No voy a votar cada cuatro años para que me gobierne un empresario. No quiero que el presidente del Gobierno me amenace con enviarme al paro si no acepto sus condiciones. No me gusta que un ministro legisle que hay que pagarme 500 euros por trabajar 12 horas al día. No quiero que los beneficios de mi empresa solo se repartan entre los consejeros y no entre todos los trabajadores. No me interesa que el Gobierno de mi país solo actúe por principios de rentabilidad. No es justo que un país prepare un ERE mientras se asegura la supervivencia económica de tres generaciones de sus directivos.

Conociendo la mentalidad empresarial de este país, escuchando las declaraciones de los señores de la CEOE, intuyendo las triquiñuelas fiscales a las que se acogen las grandes empresas para pagar la menor cantidad de impuestos, sufriendo las consecuencias de eso que los empresarios llaman “competitividad”, creo que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que no quiero que me gobierne una empresa.

 

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