El monstruo de Bruselas

Estamos rodeados de gente mala que en el ejercicio libre de su maldad llega a batir marcas de hijoputez insospechadas sin que le tiemble el pulso. Pero me temo que en los baremos de nuestra tolerancia habita un concepto muy básico, casi visceral, de la maldad. Identificamos, con una unanimidad incontestable, la malignidad en el rostro de José Bretón. Se nos eriza el vello ante la historia del monstruo de Cleveland de la misma manera que rechazamos la perversidad enfermiza de Josef Fritzl. Es una maldad indiscutible en la que no caben matices. Como si el secuestro, el abuso sexual o el asesinato fuesen las únicas evidencias que nos permitiesen identificar al ser malvado. Pero, ¿y si no fuesen las únicas? ¿Y si la maldad hubiese llegado a perfeccionar sus mecanismos con una asombrosa pulcritud?

Creo que existe una maldad sutil, sofisticada, elegante en su ejecución pero que en sus consecuencias es exactamente igual de dañina, sangrienta y mortal. Al contrario que el monstruo de Amstetten y otros muchos, la característica fundamental de esta ‘exquisita’ maldad reside en distanciarse de sus víctimas, en no conocer nada de ellas, en tenerlas lejos para, así, eliminar cualquier posible signo de empatía, rasgo que, por su ausencia, identifica al psicópata.

Cuando escucho a los señores y señoras del Fondo Monetario Internacional recomendar que en España se deberían bajar los salarios un 10% más, cuando leo al vicepresidente económico de la Comisión Europea, Olli Rehn, defender y justificar esos recortes, siento en mi cuerpo el mismo rechazo que me produce la historia del monstruo de Cleveland. Para mí no hay muchas diferencias entre el valor que le daba el señor Ariel Castro a la vida humana y el que le conceden los señores y señoras del FMI. Lo que aún se me escapa son las razones por las que una sociedad comprende que el primero debe pagar por sus delitos y a los segundos ni siquiera se les reconoce el delito.

olli-rehn

Olli Rehn, el monstruo de Bruselas, dio a entender que si los agentes sociales españoles rechazaban esa propuesta estarían condenados a cargar sobre sus hombros “la enorme responsabilidad nacional por los costes sociales y humanos” que acarrearía. Solo con la indignación no sacié mi rabia. Así que no sentí ningún remordimiento, como supongo que no lo sintió el señor Rehn al publicar esas declaraciones, cuando me acordé de aquel noble cirujano francés llamado Joseph Ignace Guillotin.

Es preferible, ya lo apuntó la CEOE, que un señor tenga un trabajo, aunque le paguen 500 euros al mes, trabajando 10 horas diarias, que no tenerlo. Supongo que, con ese argumento, podríamos justificar la esclavitud y recuperar un negocio que durante siglos le fue muy rentable a Inglaterra, Portugal, España, Francia y Holanda. Y la esclavitud es una evidencia para la identificación del mal.

Es hora de decir la verdad: la democracia es incompatible con la esclavitud; el capitalismo, no. Ya lo dijo el economista americano Lester Thurow cuando advirtió que democracia y capitalismo partían de creencias muy distintas sobre la adecuada distribución de poder. A los que les va económicamente bien tienen la obligación de expulsar, o someter, a los que sufren la precariedad. La desigualdad en el poder de compra, el lucro, es la base de la eficiencia capitalista.

La pirámide de nuestro Estado de derecho ya no tiene un vértice llamado democracia. Ahora el vértice es el capitalismo cruel. Y a mí, que me gusta consumir, reconozco que ese intercambio en la jerarquía de valores nos puede estar condenando a muerte.

Secuestrar, violar, apuñalar,… no son las únicas manifestaciones de la maldad. Ahora las armas son mucho más sofisticadas. Se llaman mercados, déficit, austeridad. Y son igual de mortíferas. Porque, ¿cuál es la diferencia entre matar y no dejar vivir?

Pronunciar revolución duele en el pecho. Pero escuchar al Fondo Monetario Internacional –Cristina Lagarde, su presidenta, cobra unos 324.000 euros al año libres de impuestos- recomendar la bajada de sueldos en un país en el que una de cada cinco personas está en situación de pobreza, alimentar la precariedad, la exclusión social y, en definitiva, la esclavitud, es un dolor aún más insoportable

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