¿Qué quiere decir un empresario cuando habla de ‘competitividad’?

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“En este país, si tienes una empresa piensan que eres un hijo de puta”. Así lo explicó el gran Andreu Buenafuente en una entrevista.

La generalización es un arma de destrucción masiva, implacable, indiscriminada. Sin embargo, no estoy de acuerdo con Buenafuente. No creo que sea lo mismo tener una empresa que ser un empresario. Y lo que, desde luego, parece incuestionable es que a mayor poder empresarial, mayor intención de chulearle el dinero y los derechos a tus trabajadores, eso sin contar la curiosa tendencia a pagar impuestos fuera de España. ¡Uy, acabo de generalizar! Supongo que cuando uno se siente representado por la CEOE sabe a lo que se arriesga.

He llegado a un momento en mi vida en el que los señores de la CEOE no me merecen ningún respeto ni admiración. Quizá a título individual, en el tú a tú, lo mismo me llevo una sorpresa pero cuando opinan en colectivo, me desagradan tanto como cuando veo a una manada de hienas atacando a una cebra en un documental de La 2. Aunque siempre habrá un empresario que me hable de las leyes de la naturaleza.

Competitividad. Esa es la palabra que más les gusta últimamente y que más veces escucharán ustedes de sus labios. A la sombra de esa palabra, que como es larga casi parece un porche, se sientan ellos a la fresca, fumándose un puro para alimentar el tópico, comentando que si China por aquí, que si India por allá, y aplaudiendo la reforma laboral del PP. Esa palabra, así suelta, no debería acarrear ninguna connotación negativa. En el fondo, estamos hablando de la capacidad de ofrecer un precio menor por una determinada calidad. La optimización de la satisfacción del consumidor. Pero, ¿qué quiere decir un empresario (español) cuando habla de competitividad?

Zhang es un hombre de 47 años que trabajaba en China fabricando objetos de plástico. Entre esas piezas hay lápidas que suelen exportarse a Estados Unidos para cubrir la demanda de ese producto al llegar Halloween. Cuando una mujer norteamericana abrió su compra, en el estado de Oregón, se encontró una carta manuscrita de Zhang. “Señor: si compra este producto con regularidad, por favor, reenvíe esta misiva a la Organización de Derechos Humanos”. Sobre un papel cebolla, la letra de Zhang narraba como el gobierno comunista chino le tenía recluido, junto a miles de presos políticos, en un campo de concentración al noreste de China. Dentro del programa de ‘reeducación a través del trabajo’, China ocupa a los presos de ‘crímenes’ de menor gravedad –libertad de religión y pensamiento- para que colaboren en la fabricación del producto con jornadas laborales de 15 horas al día, 7 días a la semana. Por supuesto, gratis.

Sharmine es una mujer de 20 años que trabaja en una de las 300 curtidurías que hay en Hazaribagh, un suburbio de la capital de Bangladesh, el primer productor de cuero barato del mundo. La jornada laboral de estas empresas suele ser de 12 horas diarias ganando un máximo de 40 euros al mes. Sin embargo, Sharmine se siente afortunada el mes que gana 14 euros. No tiene cobertura médica. Trabaja sin contrato. No se le pagan las horas extras. Si se ausenta media jornada, cuenta como si hubiera faltado todo el día. Si se pone enferma, también cuenta como falta. No tiene vacaciones. Al trabajar, sin formación y apenas protección, en contacto con los productos químicos que se emplean en el proceso del curtido, suelen desarrollar enfermedades que provocan que el 90 por ciento de esos trabajadores no llegue a cumplir 50 años. Ellos y ellas aceptan esas condiciones inhumanas porque el 40 por ciento de la población de Bangladesh está en paro. Pero esta industria le proporciona al país 350 millones de euros al año. Y aunque dispongan de una legislación que marca unos mínimos en materia laboral y sanitaria, los empresarios saben que burlando la ley obtienen más beneficios.

¿Han visto ustedes, alguna vez, a un empresario occidental liderar una denuncia contra esa explotación? ¿Conocen a algún gran empresario indignado ante las condiciones de trabajo en China o Bangladesh? ¿Han visto a un líder de la CEOE iniciar una campaña, a nivel europeo, reclamando cambios en la legislación internacional para impedir que situaciones como las de China o Bangladesh se sigan repitiendo? No. Pero sí he visto empresarios abogando por bajarnos el sueldo, aumentar la jornada laboral, alargar la fecha de jubilación, abaratar el despido, recortar en las pensiones y reducir nuestros derechos laborales en nombre de la competitividad.

En lugar de volcar todo su esfuerzo en que esos países en los que no se protege al trabajador y no se valoran sus derechos empiecen a cambiar, aunque fuera con el mezquino argumento de la competencia desleal, ellos optan por reclamar que los países que ya tienen derechos contemplen la posibilidad de perderlos para poder así ser más competitivos. No se plantean luchar por mejorar el mundo; prefieren empeorarlo si con ello pueden ganar más dinero. Comprenderán que por eso no me parezcan nada respetables individuos como el presidente de la CEOE, Joan Rossell (el que dijo que los parados debían aceptar cualquier trabajo por malo que fuera y por malas condiciones que tuviera), el señor Feito (el de Laponia), o el señor De la Cavada (el que dijo que cuatro días para llorar la muerte de tu padre son demasiados). Sin olvidar que los políticos, en la mayoría de los casos, acaban siendo cómplices de esa ‘lógica inhumanidad’.

Seamos sinceros. Sería tan injusto como insensato pensar que en esta cadena los consumidores no somos también responsables. Puede que nuestro margen de responsabilidad sea menor, pero la realidad no nos exime de ella. Cada vez que compramos en tiendas chinas porque el producto es más barato, estamos contribuyendo a la desigualdad. Es verdad que, como consumidor, la mayoría de las ocasiones intento no mirar las etiquetas ni el ‘made in’ para no convertir una tarde de compras en una flagelación de la conciencia. Pero ahí está. Y sé que alguien dirá que no comprar el bolso de cuero no soluciona el problema, que si todos decidimos no comprar un producto fabricado en un lugar en el que no se respeta la dignidad de los trabajadores, acabaremos provocando que la empresa cierre y esa gente se quedará sin empleo. Esa es la mayor excusa-trampa que he escuchado jamás. Vean el Documentos TV titulado Bangladesh, cuero tóxico. Escuchen a los abogados, médicos, líderes sindicales de ese país, reprocharnos esa actitud a los consumidores europeos. Esa socorrida ceguera que nos empuja a comprar barato sin preocuparnos de averiguar en qué condiciones se ha fabricado ese producto. Ellos sueñan con ese gesto nuestro para poder empezar a dignificar sus vidas.

Y no es solo un problema de la industria del cuero. Les recuerdo las condiciones en las que trabajaban los operarios chinos que fabricaban el iPhone 5, un producto que ni siquiera es barato. Eso me hace pensar que, con las cuentas encima de la mesa, no hay humanidad en el empresario. Es como si no se lo pudiera permitir. Y aceptar eso es aceptar vivir en un planeta de mierda. Y que conste que quiero un Iphone en mi vida pero reclamo, exijo, al empresario que me cobra por él un mínimo respeto a los derechos humanos. Que la competitividad, a coste de la explotación de seres humanos, va siendo hora de que no nos compense.

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  1. Marga Parra

    Gracias por este articulo ojala lo leyera todo el mundo .
    esa es la puta realidad, el mundo que nos han vendido .
    Soy fan tuya me encanta como escribes no dejes de hacerlo nunca.

  2. Miguel Amarillo

    ¿Y ahora, cómo convencer al personal de que todas las VERDADES que dices NO SON demagógicas?

  3. Diego

    Paco, acabo de leer tus palabras de los domingos.

    Primero: Como han dicho por aquí, haría falta que todo el mundo leyese este articulazo. Y es que tienes mucha razón escribiendo estas líneas. Me parece asombroso cómo aceptamos poco a poco un trabajo en unas condiciones penosas. Ahora me pongo a pensar cuando se dice que se están creando puestos de trabajo (cosa que no es del todo cierta si atendemos a la estacionalidad del empleo durante todo el año). Pero aparte de eso, pongo el énfasis en la clase de trabajo que se hace.

    ¿De cuántas horas de trabajo estamos hablando? ¿Está dignamente pagado? ¿Tienes contrato? ¿Te garantizan unos mínimos en cuanto a seguridad y protección, bajas, maternidad…? En fín, tu mismo nos lo cuentas divinamente y con una claridad asombrosa. Pero si es cierto que vamos camino de parecer a ese “modelo económico a seguir” como es el caso de China. Es preocupante y algo deberíamos hacer. Denunciarlo o recurrirlo a quien competa.

    Segundo: Darte las gracias por ser esa vocecita que nos recuerda cada domingo que esta vida tiene muchas cosas a las que se hace caso omiso y a las que hay que poner voz (o letra). ^^

    P.D: Mañana lo difundiré a una buena hora por mis redes sociales para que la gente pueda leerlo.

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