El sueño madrileño

Como quien lee las líneas de la mano. Observar las posibilidades de la vida como si fueran venas de un imprevisible sistema circulatorio. Eso que algunos llaman destino.

Hace poco más de una semana, Alaska celebró su 50 cumpleaños con una gran fiesta en el emblemático Florida Park, la sala de fiestas que sirvió de escenario a algunos de los fragmentos más simbólicos de mi cultura popular, además de ser el lugar en el que presentamos la obra de teatro que escribí, Esta noche viene Pedro. Vamos, que si yo tuviese sueños como los que tenía el agente Cooper en Twin Peaks, lo mismo en lugar de habitaciones rojas y enanos bailarines aparecían las escaleras iluminadas del Florida y Lola Flores pidiéndole a Iñigo, en plena actuación, que recupere su pendiente, que ese pendiente no lo quiere perder.

En ocasiones el destino juega con nosotros como la bolita mareada que oculta el trilero. Estuve invitado al 50 cumpleaños de Alaska. Al principio, guiado por una inconsciente euforia –como debe ser-, acabé rindiéndome a un cierto postureo. Quién esté libre de tontería que tire la primera piedra. Hasta que le envié a mi hermana pequeña, por whatsapp, una foto de la fiesta. Mi hermana me contestó: “¿Te acuerdas de cuando escuchabas sus discos en casa? Y ahora estás en su cumpleaños”. Y, de golpe, le abrí las puertas a la emoción.

Soy de los que reflexionan prácticamente sobre cualquier tema o acontecimiento, aunque el resultado de esa reflexión no tenga nada de meditaciónalaska y solo sea un batiburrillo de dudas y lugares comunes. Por eso, a la hora de enfrentarme a este artículo dominical pensé en rendirle un sencillo homenaje a uno de los símbolos culturales, emocionales y estéticos de mi generación. Pero me asaltó la peripecia del destino, las líneas cruzadas de la palma de la mano, la versión castiza del sueño americano convertida en un sueño madrileño.

Ya lo escribí en una ocasión y lo utilicé en el discurso de agradecimiento por la Pluma Mediática 2013, el pasado miércoles en la Casa de Vacas de El Retiro de Madrid. No soy de los que presumen de haberse hecho a sí mismos. En realidad, me siento orgulloso de ser un puzzle de cinco mil piezas, un inofensivo Frankenstein construido con fragmentos de los demás, una consecuencia. Soy quien soy gracias a los sonidos de mi infancia, a los aromas de mi adolescencia, a las imágenes que salieron a mi encuentro, al tacto de la piel deseada y, en ocasiones, amada. Soy fruto de las zarzuelas que escuchaba mi padre, de los bizcochos de naranja de mi madre, de los cigarrillos Lola que fumaba mi madrina, del tema que cantó Karina en Eurovisión, de las canciones protesta, de las fotos de hombres en bañador y de la movida madrileña. Soy el resultado de haber visto, con 17 años, ¿Qué he hecho yo para merecer esto? en los desaparecidos cines Chaplin de Palma, de escuchar el Transformer de Lou Reed, de leer a Lorca a la vez que a Stephen King, de aprenderme de memoria las letras de Alaska y los Pegamoides, de Alaska y Dinarama y de Fangoria. Y, de repente, estaba invitado al cumpleaños de uno de mis referentes, una de mis cinco mil piezas, en el Florida Park. Comprenderán que lo mínimo que podía hacer, una semana después, era reflexionar sobre ello.

Creo que comparto con ella algo más que una generación –ella mucho más espabilada que yo, desde luego-; comparto amigos y, especialmente, un universo. Así lo creo cuando escucho sus podcast Vidas Ejemplares en Gladys Palmera. Excepto en lo de Star Trek –soy más de Star Wars-, siento que cuando ella habla de sus emociones, de sus iconos, de sus referentes, está hablando también de los míos. Con la diferencia de que, en mis ‘vidas ejemplares’, estaría ella: Alaska.

Pertenezco a ese extraño grupo de seres humanos que admiran en silencio. Que pueden pasar décadas hasta que se atreve a verbalizar esa admiración delante de su ídolo. Aún hoy me cuesta. Me da vergüenza, como si me desnudase en público sin motivo aparente. Escribiendo soy menos pudoroso.

Por eso en esta columna me atrevo a darle las gracias por alimentar, intelectual y creativamente, a este que les escribe. No pertenezco al grupo de sus amigos íntimos pero eso no es necesario para que alguien forme parte de tu vida; para estar agradecido por tener la suerte de ser su contemporáneo. Debería hacer extensivo este agradecimiento al gran actor Jorge Calvo porque gracias a sus fiestas ¡Qué Maravilla! nos ha convertido a los dos, y a alguno/a más, en señoras oficiales. Nunca más será tarde, señora, porque lo vivido, ya nadie puede apartarlo de mí.

 

 

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  1. Francisco

    Hago mías sus palabras:

    Pertenezco a ese extraño grupo de seres humanos que admiran en silencio. Que pueden pasar décadas hasta que se atreve a verbalizar esa admiración delante de su ídolo.

    Eso lo que me pasa con usted 😉

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