La puta generalización

Disculpen ustedes este pronto. A veces pienso que se le acabará aplicando a la paciencia un gravamen de artículo de lujo y no podremos abusar de ella.  Tarde o temprano tendremos que echar el cierre a nuestra infinita capacidad de soportar y exiliar al santo Job. O ponerle dos pistolas. Creo que estamos siendo pacientes por encima de nuestras posibilidades.

Cada día estoy más convencido de que la ignorancia suprema es el mejor camino hacia la felicidad. No la ignorancia que nos lleva a creer en la palabra de Rajoy y sus ministros; eso es oscurantismo, torpeza, fanatismo. Me refiero al aislamiento, al desconocimiento de la realidad, al ejercicio terapéutico del anacoreta sin penitencia. Despertarse por la mañana y mirar al cielo. Hacer del sol o la lluvia tu máxima inquietud. Y no pensar. Ni siquiera es una utopía porque no hay nada de positivo en su consecución. Únicamente nos protegemos.

Imaginemos que me levanto tranquilo una mañana. Imaginemos que he dormido bien. Imaginemos que, durante unos instantes, mientras abrigo mis manos con la taza caliente de café, me siento feliz. Todo eso desaparece en cuanto conecto la televisión, enchufo la radio, abro el periódico, entro en mi red social. Al acceder a la información, como sucedía con la caja negra de Hellraiser, los cenobitas entran en mi mundo y me someten a todo tipo de tormentos. Olvido la serenidad de la mañana. Me enveneno el día. Hace unos años, un amigo me contaba que solía conectar la emisora en la que trabajaba Jiménez Losantos porque notaba como la rabia que sentía al escucharle funcionaba en su organismo como un chute de energía que le permitía enfrentarse a la jornada laboral como si fuera Águila Roja. Sinceramente, no sé si es necesario beber agua de fregar para luego tener la sensación de que el agua del grifo sabe a champagne.

He llegado a creer que quizá los programas nocturnos deberían reducir su contenido informativo para entregarse a ciegas al entretenimiento y la evasión. Es extraño, tras un día contaminado por miserables y miserias, sentarse a reposar la cena delante de la tele y ver a unos cuantos cenobitas analizando las noticias del día. Es como intentar dormir después de beberte tres cafeteras.

Una noche de esta semana, tras la cena, me recosté en el sofá. Conecté la televisión. Detesto todos los programas que me invitan a conocer como viven los españoles en otros países que no son España. Eso limita mucho la oferta televisiva actual. Lo intenté con la ficción española pero aún no he encontrado la serie española que no esté concebida para “toda la familia”. Quiero series españolas para adultos, que me traten como un adulto, que me provoquen, que me estimulen, que me inspiren. Menos mal que en agosto vuelve Breaking Bad, los últimos capítulos. Acabé fondeando en La 2, ese oasis. Pillé el programa empezado. Trataba de relaciones personales, familiares, profesionales. Nuevas ideas en las mentes de nuevos pensadores. Buenas ideas Ted es su título. Hablaba una empresaria. Después de escuchar una conferencia de Nigel Marsh, un señor que teoriza –un tanto cumbayá– sobre la necesidad de plantearnos si estamos viviendo para trabajar o trabajamos para vivir, la empresaria española me puso nervioso.

Ante la pregunta de Xosé Castro, presentador del programa, sobre si podríamos reducir nuestro nivel de exigencias y aprender a vivir con menos, la empresaria empezó a aludir a todos esos “años de excesos, de tenerlo todo y no poner límite” en los que ha vivido España. Y jodió mi serenidad. Porque estoy harto de esa puta generalización. No soporto que nadie vuelva a repetirme eso de que vivimos por encima de nuestras posibilidades y por eso ahora nos pasa lo que nos pasa. No tolero que alguien me hable de años de excesos y de tenerlo todo como si hubiese vivido los últimos quince años en un palacio y fuese costumbre celebrar mi aniversario en los mejores restaurantes del mundo. Odio que generalicen mi vida, y la de millones de españoles, metiéndonos en el mismo saco que a políticos, asesores, empresarios afines al régimen, constructores agradecidos y demás coleópteros. Nunca he tenido un sueldo millonario, jamás he trabajado sin escuchar la frase “no hay mucho presupuesto”, nunca compré algo que antes no me hubieran confirmado que podría pagar. Y como yo, la inmensa mayoría de este país. Puede que a diez les fuera de escándalo y ahora, con la crisis, solo hayan sobrevivido cuatro privilegiados pero, en cualquier caso, ni esos diez ni estos cuatro nos representan. Me puso de tan mala leche volver a escuchar esa tramposa generalización que acabé apagando la tele. Y esa noche, dormí fatal.

Al día siguiente, en el suplemento cultural de La Vanguardia, el poeta argentino Antonio Tello, afincado en España desde hace 40 años, declaraba que regresaba a Argentina porque aquí “en el mejor de los casos, te obligan a la supervivencia y yo aspiro a algo más”. Obligar a la supervivencia. Dictamen mucho más certero que vernos a todos en cubiertas de yates y en la lista de espera en El Bulli.

Aviso: al próximo que le escuche defender el argumento de la opulencia, juro que le haré daño.

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  1. Juan

    Amen (como siempre)

  2. Miguel Amarillo

    No es una puta y simple generalización. Es un mantra que repiten y repiten y nadie lo pone en duda, desde el principio. Antes vivíamos bien, por NUESTRA CULPA, no por nuestro trabajo. La culpa les encanta. Y cala, vaya si cala.

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