Los últimos de la clase

Annex - Welles, Orson (Macbeth)_01

Como cuando observas el movimiento de un vinilo girando en el plato. Los surcos van creando un dibujo interminable que siempre vuelve al punto en el que empezó. Así es la historia. Una continua repetición con algún que otro detalle que nos permite situarla en el tiempo y las enciclopedias. En esencia, siempre hablamos de lo mismo porque si algo no ha evolucionado en todos estos años ha sido la naturaleza humana. Por eso se sigue adaptando Hamlet o Macbeth, porque no hablamos de épocas o de culturas, hablamos de dudas, de poder, de ambición, de envidias. Ese es el valor de los clásicos: haber sido capaces de captar la parte más oscura de nuestra naturaleza.

Es histórico que el juez Castro impute a la Infanta Cristina. Casi tan histórico como que una Fiscalía Anticorrupción intente poner trabas a una investigación. Y nos parece estar viviendo un hecho significativo para nuestra época. Y lo es, no digo que no. Pero, si olvidamos al actor que lo interpreta, en el fondo, seguimos representando Macbeth. Y una voz confundida entre millones de voces repetirá eso tan manido de que la Justicia es igual para todos. No lo creo. Si en vez de llamarse Cristina de Borbón se llamase Cristina Pérez, o Fernández, o López, ya llevaría meses imputada. Lo que sí creo es que hay jueces que intentan que la justicia sea igual para todos. Pero la naturaleza humana, llena de claroscuros y miserias heredadas de padres a hijos, de vecinos a vecinos, de jefes a empleados, rige la historia, calando como un agua fina, filtrándose por entre las grietas de nuestros principios. Y pienso Garzón y añadan ustedes el resto.

Hubo un tiempo en el que escuchaba las palabras ‘burguesía’ y ‘proletariado’ y me entraba una pereza insoportable. Oía a un sindicalista, al que no había visto en mi vida, llamarme ‘compañero’ y hasta me molestaba esa confianza. Veía un pantalón de pana y me picaba todo el cuerpo. Lo de la lucha de clases me sonaba antiguo. Supuse que aquel discurso había quedado obsoleto y bajé la guardia. Mientras, el vinilo siguió girando. Hoy, la diferencia y el enfrentamiento entre ricos y pobres ocupa el 90 por ciento del contenido de un Telediario.

Y en este cambio de acto, leo algo que me entristece profundamente. La noticia explica la detención de cuatro ‘chinaores’ en el Metro de Madrid. Se trata de unos delincuentes que robaban a los pasajeros que se quedaban dormidos. Y pienso, ¿quién se queda dormido en el metro? Pues la gente humilde que trabaja de sol a sol, que madruga y regresa tarde a casa, que vienen de limpiar oficinas o de servir cafés en un bar y que están tan derrotados que el cansancio les vence. A esa gente, a esos a los que les cuesta sangre, sudor y lágrimas llegar a fin de mes, van otros, posiblemente igual de miserables que ellos (en el sentido más Victor Hugo posible), y les roban. Les rajaban con cuchillas de afeitar los bolsillos de los pantalones, bolsos o chaquetas. Si se despertaban, les amenazaban con un arma blanca. La maldita naturaleza humana. Y supongo que mi esencia proletaria me hace pensar que eso nunca se lo haría un rico a otro rico. Normalmente, ellos se asocian y reparten beneficios.

No hay una conciencia de clase en la clase media y baja. Incluso pareciera que toda esa época de bonanza solo sirvió para arrebatarnos esa conciencia, para hacernos creer que por tener un Audi, un iPhone y pasar unos días de vacaciones en Venecia éramos como ellos. Como los poderosos. Y nunca lo fuimos. Ellos lo sabían pero dejaron que nos lo creyésemos porque esa era la mejor estrategia para minar nuestra conciencia de clase. Ahora, cuando ellos recuperan lo que creen que les pertenece y nos echan en cara haber vivido por encima de nuestras posibilidades, cuando nos culpan del despilfarro, como si fuésemos unos caprichosos hijos de papa, es cuando descubrimos que estamos desprotegidos ante sus ataques porque no tenemos conciencia de clase. Y ellos sí. Faltaría más.

Y eso me entristece mucho. Soy hijo y nieto de obreros. Mi padre era electricista y mi madre es ama de casa. Una mañana, en el instituto, un pijo se burló de mi cazadora y la definió como “esa cazadora de obrero que llevas”. No intenten buscar en esa anécdota un trauma adolescente que me lleva a odiar a los ricos porque no. Pero sí es un hecho que me suelo recordar para no olvidar de donde vengo, para ubicarme en el escenario de este Macbeth que llevamos años representando, para procurar que mi naturaleza humana me permita mirarme al espejo y soportarme la mirada sin sonrojo.

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  1. Un saludo, imperdonablemente no conocía tu blog ni a ti, fue gracias a Gonzalo Boye y Mongolia, así que ademas de tus post te saboreare una vez al mes en papel! Enhorabuena! Salud!

    • Jajajaja, no se preocupe que hay tanto contenido en la red que como quisiésemos abarcar lo todo no podríamos hacer otra cosa. Pero lo que me sorprende es lo de Gonzalo Boye y “Mongolia”. No tenía ni idea…Cuénteme más!

  2. Reblogged this on MECASOENSORIA and commented:
    POWER.

  3. jose

    Verdades como puños

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