Por mi gran culpa

Nunca me emocionó la Semana Santa. Supongo que los participantes de la Jornada Mundial de la Juventud, los mismos que colapsaron Madrid hace dos años y llenaron los cuartos oscuros de la ciudad, me mirarían con indulgencia al escucharme decir eso. Con esa penilla, como una lluvia floja, con la que nos miran a los que no compartimos su fe. Como si nos estuviésemos perdiendo un concierto de Elvis, un cuento de Raymond Carver o la contemplación de un cuadro de Antonio López. Ellos son así. Creen que lo suyo es la hostia (sagrada) y nosotros unos pobres desgraciados que no hemos visto la luz.

2013_3_23_mWKudyk3lp4OJalfRV7Ms6Para empezar, cada uno ve la luz donde le da la gana. Y más ahora que va a bajar un 6,5%. Creo que ellos suelen hacerlo en retiros espirituales. Aunque desde que el ministro del Interior, el señor Fernández Díaz, explicó en una entrevista que él había visto la luz en un viaje a Las Vegas empiezo a creer que lo de la fe católica podría tener su puntito. Yo, por ejemplo, suelo ver la luz sentado en la butaca de un teatro.

Hace una semana tuve una sobredosis de luz que regeneró la batería de mi fe en el arte y en los artistas. Vi Return, un montaje de danza con Chevi Muraday y Marta Etura habitando la ficción del sentirse enamorado. Y asistí a la ceremonia de iniciación al placer oficiada por el sobrehumano Asier Etxeandía en El intérprete. Y vi la luz. ¡Vaya que si la vi! Y como un creyente más, he salido a la calle a pasear la imagen de Asier pintándose el ojo, interpretando a Chavela Vargas con la misma entrega que a Janis Joplin, rezando su nuevo credo en el que pedimos que no nos dejen caer en el garrafón más líbranos de Aznar, amén. Si tienen ustedes la oportunidad de ver El intérprete, allá donde se materialice la luz, corran hacia ella. Como Caroline. Entonces, cuando vean a esa señora de gesto severo que ayer se compadeció de vosotros por vuestra falta de fe, serán ustedes los que, inevitablemente, la contemplarán a ella con esa lluvia floja con la que miraríamos a cualquier persona que renunciase voluntariamente al placer.

En mi liturgia, me crucé con una procesión. No llevaban una imagen bendecida pero todos eran costaleros y costaleras con los hombros partidos. Llevo todo el año viendo este tipo de procesiones. Portan pegatinas verdes con el ‘Sí se puede’ de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Llevan cartas para entregar en mano a los diputados del PP que tienen que votar la iniciativa popular que reclama la dación en pago. No me gusta la idea de un colectivo, por mucha razón que tengan, llamando a los timbres de los domicilios, alterando las vidas de los que allí habitan. Confieso que me incomoda cuando lo hacen los comerciales de una compañía energética, cuando lo hacen los voluntarios de Unicef o de Intermón, o cuando son mormones, que por cierto hace mucho que no vienen. Si abro, que no siempre lo hago, los trato con respeto. Y si no tengo tiempo para escucharles, me disculpo con educación. Y suelen insistir, ojo, pero eso no me incita a ponerles una denuncia por coacción y acoso.

Por eso me irrita ver al señor González Pons denunciando a los miembros del PAH porque llamaron al timbre de su casa para dejarle información1275311271_0 sobre las injusticias y atrocidades cometidas por las entidades financieras. Las mismas cuyos responsables suelen ser de misa semanal, de golpe en el pecho y con un ejemplar de Camino en su biblioteca particular. Manda cojones.

El señor González Pons, el mismo que jaleó la revuelta egipcia cuando estaba en la oposición, no quiere que le molesten. Dice que había niños en casa y se asustaron. Como si los niños de las familias desahuciadas no supieran lo que es el miedo. Es verdad que el modelo de sociedad está cambiando. Es verdad que la presión social cada vez es más fuerte. Pero no es menos cierto que corremos el riesgo de que se desborde. Si, como dijo el portavoz del PP en el Congreso, Alfonso Alonso, “la protesta tiene un límite, la violencia”, hace tiempo que el poder ha traspasado ese límite empleando a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado como seguridad privada de políticos corruptos y de entidades financieras avarientas. Se ha roto la paz social y luego no valdrá con ir a misa, ponerse de rodillas y rezar por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

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  1. liya

    muy bien dicho
    (como siempre)

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