Mesa para uno

Han inaugurado un negocio nuevo debajo de casa. En esta época rara y convulsa me produce especial ilusión ver que un local reabre sus puertas y deja que la vida camine por su interior; que las paredes se pongan monas y que sus dueños pretendan conquistar el corazón de los futuros clientes con el buen gusto que destilan los pequeños detalles. Es un renacer. Un fénix que resurge del yeso. Imagino que por la razón inversa, me desconsuela comprobar que donde hubo luz y ganas solo queden puertas clausuradas y carteles de ‘se alquila’. Mi mente viaja al drama del deseo frustrado y eso me irrita el estómago.

El caso es que esta sociedad nuestra, que unos días se despierta delfín y otros amanece rata, suele reaccionar con precaución negativa cuando un negocio relacionado con la comida y la bebida se aproxima a su sagrado hogar. Los restaurantes, bares, cafeterías y locales de copas solo agradan a los que no viven encima. Y yo, y sé que esto es políticamente incorrecto, detesto a ese tipo de vecinos que buscan silencio sepulcral en el centro de una ciudad. Es como entrar en Chanel y cabrearse como una mona porque no encuentras nada a 1 euro. Hay zonas de España absolutamente despobladas, alejadas del claxon y de los borrachos de cuatro de la mañana. No sé qué hacen que no las han colonizado ya. Conozco muy bien ese tipo de vecindario que quiere residir con todas las ventajas y el encanto que otorga una casa en el casco histórico y cosmopolita de la ciudad, pero que también exige la calidad de vida del campo. Ellos lo quieren todo, oye.

Me gusta vivir en el centro de la ciudad, a un paso de los comercios, de los teatros, de los cines, de las franquicias, y estoy dispuesto a aceptar el coste de ese privilegio. De hecho, estoy escribiendo esto mientras un orfeón de pitidos, en distintas frecuencias e intensidades, me ofrecen un recital ruidista desde la calle. Como siempre. La segunda fila o la carga y descarga. Pero mi tolerancia no implica indulgencia con la mala educación, con la necesidad que tiene este planeta –y este país- de crear ciudadanos más pendientes de los demás, más dispuestos a meterse en la piel del otro, para que comprendan que corear cánticos de estadio a las siete de la mañana es una putada. Que mear contra la puerta de un edificio es una asquerosidad que ellos no quisieran padecer en sus viviendas. Que pasearse con los graves del casete del coche a todo surround, para que los cristales de las ventanas tiemblen como si acabasen de sufrir un terremoto, es de gilipollas. Pero mientras la evolución y el perfeccionamiento de la raza humana sigue su curso milenario, aceptaré la letra pequeña de vivir en el centro de la ciudad. No sé hasta cuando tendré paciencia. Supongo que hasta el día en el que el brazo de la balanza se incline hacia el lado contrario. Pero tengo claro que ese día cogeré mis cosas y me iré a vivir al campo, lejos, pero no obligaré a la ciudad a convertirse en un parque temático abierto a la vida de 11.30 a 21.00 horas.

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Ya se me fue el santo al cielo. Lo que quería era hablar del negocio nuevo. Se trata de un pequeño café, con un luminoso ventanal a la calle. Es de esos que buscan un toque moderno desde el vintage, de esos que parece que dan carácter a un barrio. Cuando pasé junto a su ventana me llamó la atención encontrar una mesa, con sus flores silvestres encima, y una sola butaca delante. Mesa para uno. En estos días, siempre encuentro la mesa ocupada por mujeres. Mujeres diferentes, jóvenes, maduras, que escriben en un portátil o anotan frases en cuadernos. En ocasiones leen. Libros o periódicos. Y casi siempre toman una infusión. No parecen estar esperando a nadie. Están solas y están tranquilas. Sé que la estampa parece sacada de una publicidad pero no; les prometo que es la vida real. Mujeres que comparten mesa y mañana con ellas mismas. Mujeres que están solas pero no se sienten solas. Me gusta verlas. Me hacen pensar que bajo este bombardeo miserable con el que el poder nos masacra cada día, la vida sigue, avanza, evoluciona. Que las cosas cambian, que pueden cambiar, que de hecho lo llevan haciendo desde el origen de cada día. Pero la mayoría de las veces el hedor de la cloaca lo contamina todo y nos adormece los sentidos hasta no darnos cuenta de que la vida somos nosotros. De que el poder somos nosotros. Ahora, cada mañana, cuando bajo a la calle, miro a ese ventanal. Busco una mujer diferente. Sé que algún día encontraré un hombre tranquilo tomándose un café. No sé si estoy mentalizado para ver la mesa y la butaca vacías. Si ese día llega, prometo que entraré, pediré un té con leche y me sentaré en la mesa para uno. Y miraré por la ventana y pensaré en todas las cosas que van a cambiar a partir de hoy.

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  1. Yo, encantado viviría encima del Flexas por ejemplo.

  2. Pero es curioso que nos les moleste una bande de 70 tios tocando cornetas y tambores acompañando al cristo del perdón, como anoche bajo de mí casa a las 11. Por no hablar de fallas, moros y cristianos y demás folclore popular…

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