Dos cosas claras

Despertarse una mañana y tener dos cosas claras: que Bowie es Dios y que Europa es una mentira del tamaño de las tetas de Sabrina Sabrok. Y luego, ponerte a desayunar tan tranquilamente.

Un café con galletas de avena. Hay ocasiones en las que me tomo un café y me sabe a poco, me cuesta arrancar. Como si le hubiese echado gasolina a un diesel. No tengo coche, ni siquiera sé conducir, pero advierto que algo así trae consecuencias espantosas para el coche y todos sus viajeros. Así que me levanto y me hago un segundo café. Pruebo con el Fortissio Lungo. Me siento junto al balcón y veo nevar. Dejo que la taza caliente mis manos y me siento más tópico que una letra de El Sueño de Morfeo. El problema no es que ese grupo vaya a Eurovisión; el problema es que, al acabar el festival, regresan.

Esta semana ha nevado en Madrid. Lo habrán notado ustedes porque cuando nieva en Madrid, nieva en España. La capitalidad nubla la visión. De hecho, la mayor parte de sus alcaldes –y alcaldesas-, así como presidentes y presidentas de esa Comunidad, sufren delirios de grandeza. Daños colaterales de la capitalidad, supongo.

No suelo conectar la tele porque, a esas horas de la mañana, tengo el radar recién enchufado, frío como un pie descalzo, y mi nivel de exigencia se desploma como nunca ha sabido hacer la prima de riesgo. Me convierto en un espectador permeable a todo lo que digan las reinas de la mañanas y estarán conmigo que acabar compartiendo opinión con Mariló Montero no es plan. Mientras veo caer la nieve, que no cuaja, pienso en lo patéticos que me resultan los políticos que insisten en hacerme creer que la Unión Europea es lo mejor que nos ha pasado. Lo que realmente define la calidad de un servicio es su respuesta al contratiempo, al problema. Cuando las cosas van bien, no hay de qué preocuparse. Lo definitivo es ver la reacción de esas mismas personas o instituciones cuando la cosa va mal. Ahí es cuando les conocemos de verdad. Ese mismo criterio con el que deberíamos valorar a una compañía aérea o a una empresa de telefonía móvil tendría que servirnos para evaluar a la Unión Europea. Y ahora, rodeados de problemas, vemos que ‘unión’, lo que se dice ‘unión’,… la justita. Un ejemplo: hay países europeos que ya se están cuestionando limitar la entrada de españoles. Por eso resulta esperpéntico escuchar a nuestros políticos cantar las alabanzas de Europa, empeñados en seguir mintiéndonos ante la evidencia. Es tan patético como la mujer que pilla a su marido con otra y éste le dice: “cariño, no es lo que parece”.

Aún no sé por qué he relacionado políticos y Europa con nieve. Serán los posos de haberme despertado con dos cosas claras.

Guiado por esa certidumbre, busco una foto de Masayoshi Sukita a Bowie y la cuelgo en mi Instagram. A la espera de su nuevo disco en diez años, The next day, consumo el último sencillo: The stars (are out tonight). Todo me suena a testamento vital, a repaso de una vida y trayectoria analizada –e incluso parodiada- desde la serenidad del que se está despidiendo. Y se me enfría el café. El cantante Guille Mostaza, miembro de uno de los mejores dúos del pop español, Ellos, comentó en su twitter que Bowie se había convertido en el comodín intelectual por excelencia. Que cualquiera podía pronunciar ‘Bowie’ e inmediatamente quedábamos prendados de su personalidad y criterio. Aunque quien hubiese pronunciado el nombre fuese David Civera. Si bien soy de los que tenía sueños eróticos con Bowie en los 80 y se vestía como él en Modern Love, le di varias vueltas de campana a la ‘teoría mostaza’ y me pareció que algo de verdad había. Que si un día amaneciésemos con una portada de La (sin)Razón en la que apareciese una foto de Mariano Rajoy con el rayo del Aladdin Sane pintado en la cara, algunos pensarían ipso facto que Rajoy era un ‘tipo guay’. Que si Pablo Alborán dice mañana que su cantante favorito es Bowie, sentirá que ya se ha situado en la historia del rock y del pop nacional e incluso algunos le prestarán más atención a sus discos. Puede que hasta les gusten. Voy a seguir pensando en ello mientras espero una reflexión más documentada del gran Guille Mostaza. Eso no significa que renuncie a una de mis dos verdades absolutas. Jamás. Está la vida como para renunciar a las verdades que nos ayudan a enfrentarnos a la calle un día más. De momento, voy a tirar este café helado. Recalentar el café siempre me ha parecido un despropósito.

 la foto

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