Somos Botswana

Hoy se cumple una semana del momento que inspiró este artículo. Estábamos en casa, viendo el primer Salvados de la nueva temporada. En La Sexta. Confieso que tuve una época muy anti Jordi Évole. Hoy, desde una objetiva distancia, reconozco que fue una época cargada de prejuicios y, lo que aún es peor, de frustración profesional. Porque era bastante decepcionante para un periodista comprobar que la única persona que había puesto en evidencia a los políticos y empresarios, que les había hecho palidecer de vergüenza (los que aún tenían de eso) y que le hizo a Jaume Matas la entrevista que no se le hizo en IB3, era El Follonero que interrumpía los programas de Buenafuente. En aquel momento, para mí, era terrible admitir que el mejor periodismo de este país lo estaba haciendo un humorista. Luego maduré, acepté que había que tener mucho humor para ser periodista en España, me relajé, y empecé a disfrutar.

Salvados Finlandia

Hace una semana, Évole trataba el tema de la educación en España. Viajó hasta Finlandia para comprobar in situ por qué su sistema educativo era líder mundial. Después, se repuso el programa de la corrupción, aquel que hablaba de los negocios de Iñaki Urdangarín, el pobre desgraciado al que el juez José Castro castiga con un “injusto empobrecimiento” cuando lo indecentemente injusto era su enriquecimiento, y en el que se entrevistaba a Jaume Matas, conversación que, por cierto, solicitó el mismo magistrado para incluirla en la causa del Caso Nóos. Durante la emisión de ese programa doble, récord de audiencia con 4.307.000 espectadores y un 19,8 por ciento de cuota de pantalla, me asaltó la cruda realidad. Como cuando uno se despierta, tras una noche de fiesta, y entre las exhalaciones de la resaca, se mira al espejo. Y se enfrenta a la esencia de uno mismo, sin cremas reafirmantes, sin correctores de ojeras, sin recortarse la barba, sin perfume, sin esa camisa que te sienta tan bien. Y comprende la ilusión, la mentira, y se ve abocado a reconocer que no está tan bueno como creía en plena euforia.

kinopoisk_ru-Adrien-Brody-1096326Eso sentí al terminar de ver Salvados. Sentí que todo el mundo habla de la ‘marca España’, del potencial de este país, de que somos ‘la hostia’, cuando el espejo implacable en el que nos miramos cada mañana nos está diciendo que somos un país subdesarrollado. Sinceramente, así lo creo. Con seguridad, uno de los países subdesarrollados que durante años tuvo el mejor corrector de ojeras del mercado. Somos como Adrien Brody, un tipo objetivamente feo al que una pátina de glamour le ha hecho que nos parezca guapo. Pero, ¿se sentirían ustedes atraídas, o atraídos, por Adrien Brody si en lugar de ser actor fuera el churrero de su barrio? Tengo dudas.

Nos hicieron creer que con protagonizar una transición democrática ejemplar ya habíamos cumplido con nuestra escala de valores como país y olvidamos que aquel era solo el principio. A partir de ahí, creímos que ya estaba todo hecho, que teníamos libertad y que lo único que había que hacer era disfrutarla. Se nos olvidó invertir en principios, en valores, en madurez democrática,…y ahora, aquí estamos, mirándonos al espejo, en pelotas, comprobando que no somos ni la sombra de lo que nos contaron que éramos y que, voluntariamente, creímos que éramos.

¿De qué otra manera podemos entender nuestra historia reciente? ¿De qué otra manera podemos analizar las causas de esta mala resaca? Nunca invertimos en I+D. Preferimos jugar al fútbol. Ese es nuestro orgullo como nación, los goles de La Roja. Se recorta en educación, una de las armas políticas con la que se han batido en duelo PP y PSOE durante años, desnutriendo intelectualmente a generaciones enteras. Somos un país que soluciona la crisis creando exclusión económica y así, de paso, potenciar la exclusión social. Nuestro crecimiento, nuestro “España va bien”, está colapsando hoy los tribunales de justicia. Nuestro esplendor económico estaba subvencionado por políticos y constructores corruptos. Y no hay más donde rascar. Pequeños oasis de científicos, investigadores, creadores, que trabajan casi en la clandestinidad y sin apenas inversión, pública o privada, porque somos un país al que nadie ha educado en la cultura, en la investigación, en el desarrollo, en los valores. Preferimos pagar bien a un asesor político que a un maestro. Invertimos en poder efectivo, en puestos para cargos políticos, en ladrillos y cemento. Y cuando esa burbuja se explota, no sabemos qué hacer. El gobierno suizo se está planteando limitar la entrada de españoles en su país. Somos un país subdesarrollado que un día se creyó algo. ¿Sabían que tenemos el mismo nivel de corrupción que Botswana? Somos Botswana. Esa es la puta realidad.

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