Déficit de confianza

Supongo que tiene que ver con el manido vaso medio lleno o medio vacío. Con que la luz que entre por la ventana nos anuncie un soleado día de invierno o un cielo panza de burro. Me figuro que tiene que ver con no saber gestionar esa ansiedad que determina la apuesta, el riesgo de no tener claro si vas a ganar o a perder, con ignorar la obligación de no inquietarse ante el no-control del otro y del tiempo.

Todo esto lo explica maravillosamente una doctora en Filosofía de la universidad París VIII, Laurence Cornú, cuando habla de la confianza como una experiencia para la emancipación. De eso intento hablar yo, de mi relación con la confianza. Creo que a medida que he ido sumando velas a las tartas he ido perdiendo confianza en poder apagarlas todas de un único soplo. La vida es el mejor antídoto para la credulidad y en estos tiempos, la confianza es un valor arriesgado.

En 1996, en la ciudad de Toronto, un abogado de 39 años, uno de los mejores y más brillantes de su despacho, le estaba enseñando su lugar de trabajo adarwin.grave.left un grupo de estudiantes de Derecho. El abogado trabajaba en el piso veinticuatro de uno de los rascacielos más emblemáticos de la ciudad, en pleno Toronto Dominion, algo así como el núcleo financiero y empresarial que todas las metrópolis presumen acoger. Durante la visita, el abogado comentó que los cristales de los ventanales por los que cada día contemplaba las fantásticas vistas de su ciudad eran irrompibles. Y lo demostró. Con su espalda, arremetió contra el cristal. Venciendo todo pronóstico, el cristal se quebró, dejando que el cuerpo del abogado cayese al vacío. Veinticuatro pisos y una muerte absurda que ya forma parte de los famosos Premios Darwin.

Estos premios, que suelen concederse a modo póstumo, se basan en el supuesto de que la humanidad mejora genéticamente cuando algunas personas mueren por un error tonto o por un descuido. Lo que vengo a decir es que el abogado murió por un exceso de confianza y que la humanidad mejora genéticamente cuando deja de confiar. Al menos, de confiar ciegamente.

Noto que desconfío más que antes, que defiendo la presunción de inocencia pero en ocasiones no me lo creo ni yo, que por mucho que hayamos escuchado que ‘crisis’ en chino tiene el mismo ideograma que ‘oportunidad’ (como alguien me vuelva a repetir ese símil, empleado con bastante insolencia por el ministro Wert en la entrega de los premios Forqué, le meto un calcetín sudado en la boca), lo único que saco en claro de todo esto es que a mí, la crisis, me ha hecho más desconfiado.

No dejo de leer noticias en las que timadores de distinto pelaje intentan abusar de personas, en su mayoría jóvenes, que están buscando empleo. Les ofrecen trabajo a cambio de adelantar un dinero, suelen poner la excusa de los uniformes, para desaparecer días después. Es verdad que la crisis agudiza el ingenio pero me temo que no el ingenio que necesitamos. Para una persona que invente algo positivo desde la austeridad y el crecimiento cero, hay doscientas personas maquinando la manera de timarte cien euros. Quizá siempre estuvieron ahí, no digo yo que no, pero en tiempos duros, como la gripe en el invierno, se manifiestan más.

Solo hay una cosa en el mundo que detesto más que madrugar, el cinismo de María Dolores de Cospedal y los discos de Pitbull, y eso es volverme un señor desconfiado. No es que los mercados deban recuperar la confianza en España. Se equivocan si creen que eso es lo más importante. Lo esencial es que España vuelva a recuperar la confianza en sí misma. Y eso, déjenme ver el vaso medio vacío, lo intuyo lejano. El PP, el partido político que más nos habla de confianza, confió en Bárcenas. Hasta pusieron la mano en el fuego por él y han acabado con quemaduras de tercer grado. La gente se cree antes al mono de Dora la exploradora que a un político. Por algo será. No confiamos en nuestros jefes, ni en los sindicatos, ni en la oposición, ni en las monjas, ni en la Infanta, ni en el INEM, ni en los indultos, ni en los bancos, ni en Mourinho, ni en la prensa, ni en las hamburguesas, ni en los vecinos,…¿no les parece poco problema ese?

Me querellaría contra las personas que me están volviendo desconfiado si no fuera porque Gallardón me cobraría un pico por hacer uso de la Justicia. Menos mal que el nuevo single de Fangoria, como la maleta que portan Raoul Duke y el dr. Gonzo en Miedo y asco en Las Vegas, me va manteniendo en narcóticas dosis de optimismo. Repito: “No quiero más dramas en mi vida, solo comedias entretenidas”. Esa estrofa es en lo único que, ahora mismo, confío ciegamente.

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  1. Yo confío en gente como usted.

  2. A propósito del tema quiero compartir una anécdota que aún me produce escalofríos al recordarla y es que la tengo muy reciente. Viene a cuento porque tan malo como el déficit de confianza es el exceso o quizás peor para el que es de por sí desconfiado o sea yo.
    En uno de mis viajes internet….ales de esos que tanto hago llamó mi atención la historia de un jefe que se había apostado con su secretaria su despacho en tono de burla hacia ella porque solo tenía dos seguidores en tweeter en el momento que esta empezó a seguir al susodicho jefe. Perdonen que no ponga el link pues vuelven los escalofríos.
    En un principio me pareció una comedia entretenida en la que echar una aburrida tarde de sábado sin disco sin transcendencia pero según leía la indignación me fue subiendo al punto de manifestar abiertamente mi opinión. Aquello no podía ser más que un montaje con el único fin de vender la marca de la empresa y así lo solté. Se me echaron encima el moderador, el jefe, una prima de la secretaria, todos de buen talante, invitándome a café y haciendo bromas con mi nombre de guerra y sin parar de reír. Mientras tanto veía los comentarios de tweeter en los que yo era poco menos que el demonio de tasmania que había puesto en duda una historia bonita de superación y buen rollito.
    Pocas veces en en mi vida sentí miedo insuperable en este caso fue a ser abducido por una secta de pijos progres. Les pedí perdón pues me había confundido (qué mal miento) y salí de allí echando leches, allá cada cual con su movida. Que les aprovechen los miles de seguidores, me volví a la soledad de mi nave. Fin.
    Moraleja: No puedes evitar ser quien eres pero hay que elegir el lugar donde serlo con cuidado. De ahora en adelante seguiré viendo comedias entretenidas pero solo como expectador. Los actores que sean otros por que siempre te intentarán colar el papel de malo.

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