El precio de la ilusión

Que la Navidad es narcótica no es ninguna novedad. Se podría vender en papelinas de un gramo y transformar un país en un parque temático. La fiesta emplea a la infancia como elemento transmisor de la ilusión y, por una indescriptible asociación de ideas, caemos en la tentación del ridículo sin que eso nos afecte lo más mínimo. “Es por los niños”, dice el padre y se planta una peluca naranja en la cabeza. La Navidad es una tregua a la moderación, un paréntesis en la frase de la vida real, una epidemia de enajenación mental que solo sufren aquellos que mantienen la serenidad, los que no añaden antihistamínicos a su dieta y optan por padecer los síntomas de la alergia, asumiendo el rechazo social como una medalla a su integridad.

“Fiestas de ilusión”, “días de ilusión”,…no paro de escuchar eso en todas las crónicas de la tele. Recuerdo un artículo del escritor Enrique Lynch en el que manifestaba una teoría interesante. Decía que en la experiencia de la ilusión siempre está involucrado el engaño y que éste se suele producir, cuando no es deliberado, o por inocencia o por credulidad. Y tanto una como otra son manifestaciones de la estupidez.

Hace dos semanas escuché una historia real que les voy a contar aquí. Resulta que una familia mallorquina decidió viajar, en el puente de la Constitución, a Laponia. Entre sus muchas actividades, esa familia había contratado una visita a la casa de Santa Claus, en Rovaniemi, y conocer personalmente a Papá Noel. En el instante en el que el niño de esa familia descansaba en las rodillas de Santa, el angelito tiró de la barba y descubrió que era postiza. Tal fue la indignación de la familia ante ese incidente que ha reclamado a la agencia de viajes una compensación por el  trastorno sufrido, haciendo especial hincapié en el dato ‘económico’. O sea, que con lo que les había costado el viaje, esas cosas no se debían permitir.

Puede resultar entrañable ver a unos padres luchando por mantener viva la ilusión de su niño pero a mí, todo esto, me parece un tsunami de estupidez. Tal vez, siguiendo las pautas del artículo de Lynch, estemos hablando de lo mismo. La inocencia, un rasgo que erróneamente asociamos a la infancia, es la forma activa de la estupidez mientras que la credulidad es la misma estupidez pero en su versión pasiva. Eso ayuda a comprender por qué no todos los inocentes son crédulos.

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No voy a entrar a valorar la educación recibida por un niño que tira de la barba de un adulto. Pero sí me fascina la autoridad con la que unos padres deciden plantear una reclamación por algo que ha provocado su hijo y que, en el fondo, denuncia algo tan abstracto como un ataque a la ilusión, el LSD de la Navidad.

Si la denuncia de esos padres llega a buen puerto, animo a todos los españoles a querellarse contra aquellos que hayan pisoteado su ilusión. Dame pan y dime tonto. En un mundo precario como el nuestro, en la España en la que la oscura finalidad de los recortes no es recaudar sino hacer más grande la brecha de la desigualdad, nos valemos de ficciones, de ilusión. Ya sea la de Papá Noel o la de las doce uvas de la suerte. Y funcionan. Demostrado está que funcionan. Al menos durante 48 horas.

2._De_ilusi_n_BlogPero este país no es inocente, es crédulo. Encontrarse ciudadanos que aún creen que las decisiones del gobierno actual son la lógica consecuencia a la ‘herencia recibida’ es un ejemplo de ello. La credulidad como la versión pasiva de la estupidez. No veo inocencia en la credulidad. Veo interés. Hay un provecho en esa supuesta ingenuidad que resulta muy rentable, política, económica y socialmente. Y nosotros creemos que tenemos derecho a esa ilusión, y peleamos por ella, sin llegar a comprender que detrás de esa ilusión hay un engaño, en muchos casos intencionado. Sin embargo, ese no es el problema. No lo ha sido durante siglos. El verdadero desastre se produce, como muy bien explicaba Lynch, cuando la inocencia de uno se enfrenta a la credulidad de otro. Cuando dos conductas estúpidas se combinan se crea un extraño vínculo entre timador y víctima y se produce la estafa. El niño ya tenía la ilusión perdida cuando decidió tirar de la barba de Papá Noel. Sin embargo los padres reclaman ante la agencia por no haber sabido mantener la mentira hasta el final. Como si el día de Reyes todos los padres de España denunciasen a los ayuntamientos que en su cabalgata hayan sacado a un rey Baltasar con la cara pintada de negro.

Si tenemos derecho a la ilusión, si aceptamos la mentira como una manera elegante de esquivar la cruda realidad, si nos toman por estúpidos, debemos empezar a denunciar a todos aquellos que nos rompan los sueños, que pisoteen nuestra ilusión, que hayan sido tan ineficaces que no hayan sabido proteger la mentira para que nuestra cándida estupidez permaneciese sana y salva por los siglos de los siglos. Amén.

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  1. Pedro Javier

    Sr. Paco Tomás, me declaro fan y seguidor incondicional suyo y lo incluyo en mi particular retablo de maestros de la palabra armada junto a Manuel Vicent, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Montero, Javier Marías, Juan Cruz, Almudena Grandes, Juan José Millás.
    Feliz año 2013

    • Jo…Pedro Javier, no sé qué decir. Muy agradecido por tus palabras, de corazón. No creo merecerlas porque no me siento a la altura de esos maestros y maestras del columnismo pero que tú me incluyas en ese cartel me emociona y me alegra el día 1 de enero, que siempre es un día muy tonto.
      Gracias, de verdad

  2. JAVIER

    ANDA QUE HAS TARDADO, BUENO YO QUE HE VIVIDO ESTA EXPERIENCIA TE PUEDO DECIR QUE EN TEMAS DE ILUSION NO HAY LIMITES,,, ESTO ES REAL Y ASI NOS LO HAS CONTADO. BRAVOOOOO

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