El anuncio de Campofrío

Amo la publicidad. Un buen anuncio me puede sugerir las mismas emociones que una película. Mis viejas VHS, en las que solía grabarme dos películas que nunca cuadraban con los 240 minutos de grabación que te permitía la cinta, se completaban con capítulos sueltos de Las chicas de oro, actuaciones musicales, videoclips como el de Cher en un barco lleno de marines y, por supuesto, anuncios. Los de Levi’s 501 –el del chico lanzándose a todas las piscinas de una zona residencial mientras sonaba el Mad about the boy de Dinah Washington era de mis favoritos- o el de ‘Acostúmbrate a elegir’ de Coca Cola en el que un oficinista acudía al despacho del director sospechando que le iban a despedir y planteaba tres reacciones propias de Broadway. La campaña ‘Aprenda a ver la televisión’ de TVE, la del perro Pippin, nos tuvo a toda la familia emocionada durante meses. Pero, de igual manera, soy capaz de pillarle el punto a la mujer que se bajaba la cremallera y mostraba sin mostrar sus tetas para preguntar por un tal Jacq’s, que acababa siendo una colonia que olía a patchouli, o ‘pachuli’ como decíamos en mi barrio, un aroma muy de los 80.

Hay anuncios muy buenos, buenos, regulares, malos y muy malos. Una clasificación que bien nos serviría para catalogar todo en esta vida excepto políticos, banqueros y curia romana donde aún no se ha logrado encontrar ejemplares de las tres primeras categorías. A diferencia del cine, para la publicidad su único fin es llegar al gran público. La crítica publicitaria no existe porque la opinión erudita de un crítico, por muchos anuncios que hubiera visto, se la pasarían los publicistas, y sus clientes más, por el arco del triunfo. Aquí no hay que poner de acuerdo a crítica y público. Aquí solo importa el público. El objetivo de la publicidad es vender un producto. Luego uno puede decidir hacerlo al modo BMW o al modo Calgonit. Pero hasta eso está estudiado al milímetro.

Todo esto viene a raíz del último anuncio de Campofrío, ese en el que Fofito escribe el ‘currículum de todos’ para enviárselo a la Merkel, al Fondo Monetario Internacional o a las agencias calificadoras de riesgo. El anuncio tenía previsto estrenarse en televisión mañana pero por Internet ya lo ha visto todo el mundo y todo el mundo tiene una opinión. Por una parte están aquellos que se emocionan, que conectan con el supuesto optimismo que pretende transmitir el spot en una época de crisis desmoralizadora. Y por otra, los que ven un exceso de sentimentalismo, una trampa que seda nuestra indignación y así nos deja tranquilitos, que es de lo que se trata. Yo, para no decepcionarme a mí mismo, estoy en tierra de nadie. Me gusta y me parece tramposo a la par. No me emociona pero entiendo perfectamente que emocione. Puede ser peligroso pero no creo que esa sea su intención. Y menos con Icíar Bollaín dirigiéndolo. Creo que ese peligro está más en los ojos de quienes lo vemos sin desprendernos de nuestro espíritu crítico, de nuestra rabia, que realmente en el guión del anuncio.

Objetivamente, el anuncio es un éxito. Y para su agencia, McCann Erickson, un diez. Porque que una marca de jamón cocido y pechuga de pavo haya logrado, en dos años, que su anuncio navideño genere la expectación que lograba Freixenet en sus mejores años o el spot de Coca Cola, es, indiscutiblemente, un éxito. A mí, la verdad, me gustó más el anuncio del año pasado, el de Gila. Pero si lo que interesa es la sensación que transmite el de este año diré que, a primera vista, me gustó. Luego le fui viendo la trampa y esos ingredientes que, combinados en distintas proporciones, pueden hacer que un producto sea nocivo para la salud. Me preocupa que estemos orgullosos de exportar la generación joven más preparada en lugar de estar orgullosos de darles un empleo y hacer que su potencial se reinvierta en el país que les formó. Me preocupa que me vendan con ternura que una pensionista esté manteniendo a sus hijos y a sus nietos cuando eso debería avergonzarnos y, acto seguido, indignarnos hasta tal punto de amargarle las uvas a Rajoy. Me preocupa que nos dejemos robar los derechos logrados por los trabajadores durante años pero nos anestesiemos con un gol de Iniesta. Pero ese es mi problema, no el de otros muchos españoles y, desde luego, no el del dueño de Campofrío.

De hecho, si me hubieran encargado a mí el anuncio, es más que probable que hubiera optado por algo más parecido a lo que ha hecho Icíar Bollaín que a un retrato incendiario de nuestra sociedad. Eso sí, el chorizo no se lo hubiera mandado a Moody’s ni a Standard & Poor’s. Se lo hubiera mandado a Jaume Matas, a Iñaki Urdangarín, a Carlos Dívar, a Félix Millet, a Rodrigo Rato, Francisco Camps,… Pero supongo que eso no le hubiese gustado a mi cliente y al final hubiese tenido que cambiarlo.

Comprendo que nos joda seguir tragando aceite de ricino todos los viernes tras el Consejo de Ministros pero…¿qué culpa tiene la pechuga de pavo de todo eso?

;

Anuncios

  1. Yo también estoy de acuerdo en que el del año pasado fue mejor. En realidad tenía presente en mi memoria el anterior anuncio pero ni idea de qué se anunciaba con él. En uno bueno al final quedará el anuncio creo por encima de lo que se anuncie que nadie recordará. A ver quien nos hace otro un poco más cañero y menos autocomplaciente, al pavo que le den.

  2. No sé, a mí me entran escalofríos y no creo que en ello nada tenga que ver el nombre de la marca por muy al pelo que venga.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: