Carnivàle

Rara es la mañana de otoño que no te pellizca el corazón. Puede que ilumine el sol, pero no calienta. Puede que el cielo esté cubierto por una tela gris panza de burro, pero no llueva. Una mañana como esas, el circo ambulante llegó al pueblo.

Creo que es la trashumancia lo que hace de los circos lugares tan tristes. Sin embargo, aquel circo era diferente. Recuperaba toda la magia tramposa de las viejas atracciones de feria; sus carros de madera tirados por caballos aburridos, el rechinar de los ejes de sus ruedas tropezando con las piedras del camino, los carteles anunciando la extraordinaria presencia de las siamesas Alexandra y Caladonia y la increíble mujer serpiente. Era como si ese circo hubiera llegado directamente de 1929. O tal vez éramos nosotros los que habíamos deambulado por el tiempo hasta regresar al pasado, como en los agujeros de gusano, y habitar una foto de Dorothea Lange sin apenas darnos cuenta.

La radio había matado a la estrella de la televisión. No porque a la gente le hubiera dejado de interesar ver la tele sino porque la radio era más barata. Ese fue el único argumento durante décadas. Con el cauce que abrió la desigualdad social, el pueblo inauguró un río. Navegable. Empezó el boletín informativo. Los individuos, anestesiados por su propio dolor, revivían el mismo día una y otra vez. Así durante tantos años que se creó un premio nacional al optimismo para aquella persona que fuera capaz de tener un recuerdo bello o escribiera un texto esperanzador y creíble. El locutor habló de los efectos devastadores de la crisis económica. Habló de la caída de las rentas nacionales y el descenso, en un 66 por ciento, del comercio internacional. La tasa de paro había llegado a un 33 por ciento y la momia de Arturo Fernández, con todas sus joyas y objetos personales, se exhibía en una gran exposición en el museo arqueológico de la capital. Pero la gente no escuchaba. Ya no. La gente había dejado de creer. E irrumpió en la emisión un anuncio del circo que acababa de llegar al pueblo.

No era felicidad lo que ellos vendían. No había ilusión en su espectáculo. Lo suyo era más parecido a una visita de los freaks de Tod Browning que a esas funciones que hacía el Cirque du Soleil cuando todo iba bien. Su cartel de artistas era tan inquietante como seductor. Traían a una docena de niños que, cuando cerraron su centro escolar y los dejaron sin educación, sus padres les montaron un espectáculo en el que se colocaban como si fueran bolos y les lanzaban rodando a uno más gordo, cuya misión era derribarlos. También había una enfermera, desempleada de larga duración, que lanzaba jeringuillas de heroína a un yonki crucificado sobre una diana. El número de la familia entera, desde abuelos a menores de edad,  portando una pancarta y agredidos por pelotas de goma lanzadas por un antidisturbios era de los preferidos de una élite que, curiosamente, nunca iba al circo. Parece ser que el número había ganado en sadismo desde que los lanzamientos dejaron ciego al abuelo. Otro era un tipo que, vestido de Jesucristo, leía El Quijote en catalán. Él solo. No se mezclaba con el resto de artistas del circo.

Pero el número estrella no era ninguno de esos. Ni el de la mujer más fuerte del mundo que era capaz de levantar, con una mano, el equivalente en kilos del dinero que unos grandes empresarios podían defraudar en un año. Ni el enano que falsificaba ‘pollocks’ con el pene. Ni el del mentalista que adivinó el futuro hace treinta años y, desde entonces, no había noche que se acostase sereno. Ni siquiera la gallina con la cabeza de Belén Esteban lograba las colas de espectadores que conseguía Carlos Delgado.

Era el monstruo de moda, el freak perfecto que un circo así merecía. Delgado era un tipo que, hace muchos años, buscó suerte en el mundo de la magia. Su número más sonado era uno en el que hacía aparecer y desaparecer a su novia y asesora personal. Pero aquel era un espectáculo demasiado tradicional y sofisticado para los tiempos que corrían y acabó creando el show más escalofriante de aquel circo: arrancarle los testículos a diferentes especies animales y ponérselos por montera. Se colocaba en la cabeza los huevos recién cortados de un toro, o de un ciervo, de un ñú, caballo y hasta de un elefante, sonriendo ante el público, con la cara disimulada en sangre. Así lo anunciaba el cartel enmarcado en bombillas: “Carlos Delgado, el increíble hombre de los huevos en la cabeza”. Ese era el número estrella de aquel circo ambulante, de aquella parada de los monstruos que, en un tiempo en el que el destino y el libre albedrío se llevaban a matar, levantó su carpa en el centro de la desértica plaza de mi pueblo, en una de esas incómodas mañanas de otoño.

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