La culpa de todo no la tiene Yoko Ono

Mi capacidad para reaccionar a los estímulos debe ser bastante común. Respondo al reclamo como una perdiz: por instinto. Los determinantes externos que incitan mi atención deben ocupar el capítulo uno de introducción a la psicología. Por poner un ejemplo cotidiano, siempre pico en las noticias destacadas que coloca Yahoo en su página principal. Esas que se presentan con foto, con titulares que parecen sacados de una novela pulp y que van avanzando solas ante tu mirada secuestrada sin que tengas que pulsar ningún comando. Excepto en el caso de que la intriga pueda más que tú y optes por una de ellas. Suelo pasar por esa página para llegar a mi correo y pocas veces supero la primera pantalla. Acabo picando el anzuelo con alguna de sus noticias trampa porque, seamos sinceros, la mayor parte de esas informaciones destacadas tienen truco. De primero de marketing, sí, pero sigue funcionando.

No nos engañan. Más bien nos estimulan. Somos básicos. “¿Se excedió Jennifer Aniston con su escotazo?”, preguntaban esta semana. Y, por supuesto, tenías que acudir a la noticia para poder contestar mentalmente a la pregunta retórica. Sabes que avanzas hacia la decepción, que estás creando falsas expectativas, pero, como la chica que entra en la casa del asesino y camina en la oscuridad gritando el nombre de un imbécil al que han matado antes por hacer exactamente lo mismo que ella, no lo puedes evitar. Cumplimos con los códigos del género. Llegados a este punto, nada puede satisfacer la imagen que el deseo ha proyectado en nuestra mente. Eso nos empuja a criticar al que nos la provocó, acusándole de manipulación, cuando deberíamos reconocer que el problema es exclusivamente nuestro; de un instinto tan básico que ríase usted del cruce de piernas de Sharon Stone.

“Una reacción muy efectiva”, “Delatados por su whatsapp” o “Esta belleza tenía novio” eran algunos de los títulos de novela barata con los que nos obsequiaron esta semana. A cual más fascinante. Y entre todos ellos, uno: “La culpa de todo no la tuvo Yoko Ono”. Y caes en la tentación.

Tantos años pensando que la esposa de John Lennon era la responsable de la separación de los Beatles y ahora, cincuenta años después de su formación y cuarenta de su separación, aparece Paul McCartney, el hombre que muta a Jessica Fletcher, y nos dice que eso no es verdad. Que el grupo ya se estaba disolviendo y Yoko no tuvo nada que ver en eso. Adiós a otro mito popular. Pero…¿por qué tardó tanto la verdad en llegar a buen puerto? ¿Por qué ningún miembro de la banda salió en defensa de la japonesa ante las acusaciones universales de tía chunga y la abocaron a gritar su indignación en las salas del MoMA, bajo el conceptual título de ‘Voice piece for soprano & wish tree’, cobrando un pastón por ello? ¿Qué harán ahora los Def Con Dos con su canción? ¿La sacarán del repertorio?

En lugar de entrar en mi correo electrónico, que para eso había llegado hasta ahí, prolongué mi duda planteándome como sería vivir cargando sobre las espaldas las secuelas de una mentira. O de una opinión malintencionada. Y dejé a Yoko Ono atrás, que a ella parece que le ha ido muy bien en la vida, y me paré a pensar en los daños colaterales de la mentira. Nuestra sociedad, objetivamente arbitraria, adjudica el patrimonio de la verdad al poderoso. Incluso, los gestores de la verdad religiosa, la bendita Iglesia, han hecho de la amenaza su reino. La mentira es pecado pero qué es mentira y qué es pecado es algo que ellos decidirán según a quién tengan que juzgar.

Nuestro Gobierno, por poner un ejemplo reconocible, se ha erigido como constructor de verdades absolutas, como sus mayorías. Y en su estrategia convierte a las víctimas en victimarios, a los sujetos de derecho –que somos nosotros, el pueblo- en criminales incivilizados, en anti demócratas, en corruptos de mitón blanco. Ante sus acusaciones, acabamos siendo pequeños e indefensos yokoonos sin lugar en el que explicar la razón de nuestra indignación, la verdad de nuestras acciones. Porque el poder lo tienen ellos, la banda de los políticos, los ‘escarabajos’ del déficit público. Y con su poder, el supuesto control de la verdad y de la enmienda.

Ignoro qué hizo Yoko Ono durante todos estos años de difamación. Desconozco qué vamos a hacer nosotros. Pero lo que sí puedo asegurarles es que la foto del escote de Jennifer Aniston no era para tanto.

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  1. Supongo que la gente sigue esperando que suceda algo que lo cambien todo a mejor, por aquello de que la esperanza es lo ultimo que se pierde… No es mi caso desde luego, ni el de muchos otros, lo único que nos queda ya es encontrar un bidón de gasolina y una cerilla. Pero es que la gasolina se ha puesto en un precio…

  2. Francisco

    Siento dejar un comentario absurdo pero es que estaba trasteando con una página que traduce texto en voz y he probado con su artículo, ¿quiere escuchar como lo lee una mujer con acento raro que no distingue acentos? http://soundgecko.com/view/j0IhAnwDLESaJv1w0ZOsegwhYbcfjC/la-culpa-de-todo-no-la-tiene-yoko-ono
    Ahora en serio, para páginas en inglés funciona muy bien y supuse que le interesaría.
    ¡Este comentario se puede autodestuir una vez consultado!

  3. Yoko Ono siguió trabajando y nosotros seguiremos como podamos.
    De todas formas esta chica tiene mala suerte con los comentarios difamatorios. Hace unos años cuando hizo su instalación en el museo de arte contemporáneo de Castellón, una gran pieza que luego regaló a dicho museo, pidió como condición previa un servicio de escolta personal. Los bocazas la acusaron de estrellona y de que esta de qué va. Pues iba de que a su marido lo asesinaron a su lado metiéndole cinco balas en el cuerpo, algunas de esas balas, o todas, podrían haber ido dirigidas a ella.
    “Que yo sea paranoíco no quiere decir que no me persigan”, como dicen que decía Kurt Kobain.

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