Un país de símbolos

El nuestro es un país de símbolos. Dadnos tiempo, y unos cuantos políticos ineptos más, y seremos un país simbólico. Y por simbólico me refiero a algo que no tiene valor más allá de lo que significa.

Somos de banderas y crucifijos. De siluetas de toro y castellers. De aizkolaris y chotis. De blanco y negro. Todo son símbolos. Incluso eso que hacemos cada día, eso que se adapta como un guante a nuestra cotidianidad, acaba convirtiéndose, sin que seamos conscientes de ello, en un símbolo de nuestra personalidad. Darle una moneda al chico africano que pide junto a la puerta de una lujosa pastelería es un símbolo. No entrar en una tienda de pieles es un símbolo. Vestir una camiseta con la cara de Rafaela Aparicio es un símbolo. Escuchar a Melendi en el coche es un símbolo. Colocar libros de gran formato sobre la mesa del salón es un símbolo. Pasar junto a una pareja homosexual que se besa sin prestarles la menor atención es un símbolo.

Puede que un símbolo detrás de otro acabe transformando a un país. Sin embargo, también existe la posibilidad de que el país se acostumbre a la representación y todo compromiso con su tiempo y su sociedad se resuma en la exhibición, jaleosa o no, de aquello que consideramos distintivo. Me temo que España se está instalando en ese segundo lugar.

Las procesiones de Semana Santa y la masiva celebración ciudadana tras las victorias de La Roja forman parte de esa simbología. Todos valoramos eso como interpretamos las manifestaciones contra los recortes. Basta ver las portadas del panfleto de extrema derecha que bajo el titular ‘Así educan a sus hijos’, criticaba a los padres que se manifestaron contra los recortes en Educación y, en su demencia –nada simbólica-, los relacionaba con los principios de la kale borroka. Creaban su propio símbolo, el que a ellos les convenía, sobre el símbolo en sí, que era la manifestación.

Sospecho, y deseo equivocarme, que nos estamos acostumbrando a movernos por signos, por emblemas, y dejamos pasar de largo la realidad. Entre realidad y representación, optamos por la representación. Y esa siempre tiene varias lecturas. La mayor parte de ellas, sectarias.

Las pasadas elecciones vascas y gallegas eran fundamentales para sus comunidades, como es obvio, pero también tenían un significado simbólico para el resto del país. Por un lado, el oprimido, parte de una clase media ahogada en recortes y sacrificios que confiaba encontrar en los resultados electorales, de autonomías que no eran la suya, la respuesta social a sus manifestaciones y a la falta de empatía del Gobierno con su sufrimiento. Por otro lado, el opresor, el que cree que no hay otra posibilidad, el que se instala en el menor de los males para no pensar tan siquiera en el mal mayor, el que se marcó a fuego la consigna de la herencia recibida y, como el que cae en un pozo, no encuentra la manera de salir de ahí, necesitaba el resultado electoral como un consentimiento. Volvimos a abandonarnos a la representación. Nos sentamos ante el televisor y vimos pasar la realidad.

El socialismo se acabó de hundir. Pero la lectura es distinta si se escucha a unos o a otros. Y los vencedores creen que su triunfo es un apoyo simbólico de toda la sociedad a su política de desigualdad. Y eso, por supuesto, también tiene diferente lectura en un sitio u otro. E incluso se llega a rizar el símbolo para convertirlo en un tirabuzón ideológico cuando se autoaplaude la victoria democrática en las urnas pero se condena, con preocupación, la misma victoria, igual de democrática, de Bildu en el País Vasco. Toda la vida retando a la izquierda vasca a que acepte el juego democrático y ahora resulta que no los queremos en la partida. Quizá es que, para algunos, la democracia sea solo un símbolo.

Lo peor que le puede pasar a un país es instalarse en el símbolo. Un millón cuatrocientas mil personas no votaron en las últimas elecciones vascas y gallegas. Seiscientos mil en Euskadi y ochocientos mil en Galicia. El partido que ganó las elecciones fue la abstención. Pero nadie habla de ello porque lo invisible no existe. Y en parte, es lógico. Si no participas, ¿por qué quieres que se te tenga en cuenta? El problema radica en que esa parte de la población se ha instalado en el símbolo, cree que la abstención es un símbolo y su contribución a la sociedad reside más en lo que ellos consideran que significa su silencio que en dar su opinión. Y yo, desde la pereza hereditaria, me atrevo a decir que si la abstención es una posibilidad electoral, entonces nos merecemos los políticos que tenemos.

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Un Comentario

  1. Xosé Anxo

    Hace unas semanas en un mitin del BNG en Galicia decia la diputada Carmen Adán que ya estaba bien de reinterpretar y darle vueltas a la crisis y de hacer gestos simbólicos, que lo que había que hacer era actuar! Decir no! a lo que no nos gusta, rechazar todo lo que nos hacía sentir mal y “actuar” votar para cambiar lo que no te gusta! Siento mucho que algunos piensen que no votando le están mandando un mensaje a los grandes partidos políticos que lo están haciendo mal! Precisamente eso es lo que quieren, despretigiar la polícita para que cada día haya menos jugadores con los que repartise el premio y asi perpetuarse en el poder! Concretamente el PP y los medios de comunicaciones afines jugaron a eso, a desanimar al votante y a dividir a la izquierda nacionalistas,la única que según las encuestas meses antes de las elecciones podrían forzar un cambio de gobierno. Me gusta mucho tu forma de ver las cosas. Un saludo y gracias por escribir cosa como esta.

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