Cuento chino de otoño

Érase una vez un país triste. Nadie sabía muy bien como había pasado de ser un lugar atrevido y optimista a ser simplemente triste. Con el afán de un experto en biblioteconomía, buscaban fechar el momento exacto en el que empezaron a sentir los síntomas de la tristeza para así responder mejor a las demandas de ilusión de la sociedad triste.

Un tipo bajito, medio calvo y con aspecto de haber leído mucho en la vida reveló un descubrimiento tras meses de investigación. Hacía aproximadamente dos años que un grupo de poderosos, esos que no viven por encima de sus posibilidades porque tienen posibilidades para vivir, se reunió en secreto en una habitación enmoquetada con las paredes forradas de madera. Entre copa y puro, esos señores –y una mujer- se lamentaban de lo fatigoso que era intentar mantener el poder si cada vez había más personas con ansias de vivir bien. “Los derechos de los demás son tus obstáculos”, dijo uno. “Desde que el mundo es mundo, unos pocos deciden sobre una inmensa mayoría. No veo qué tiene de malo”, añadió otro. “Como esto siga así, en lugar de vivir extraordinariamente bien tendré que vivir muy bien”, se quejó el de más allá. Hasta que uno pronunció el nombre de la señora Volksgeist.

La señora Volkgeist también era poderosa pero ella no lo sabía. Vivía sola en un barrio corriente que con el paso del tiempo se había convertido en un barrio corriente de comercios chinos. Tenía su restaurante, su zapatería, su tienda de ultramarinos, su peluquería,… Pero ahora todas tenían un dependiente, un dueño y un nombre oriental. Al principio, a la gente del barrio no pareció importarle mucho el cambio porque los chinos vendían más barato y el nacionalismo es algo que se lleva en el corazón, no en el bolsillo. A la señora Volkgeist todo eso le daba igual. Había comprendido que la resignación era la mejor manera de controlar la tensión arterial. Y a ella le gustaba desayunar un café bien cargado y comer con sal. Y quería seguir haciéndolo. Incluso, para prevenir que las inquietudes no pudieran despertar al ser humano, se compró un televisor de 70 pulgadas, fabricado por unos japoneses, en el que solo veía analgésicos, un tipo de programas patrocinados por el ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad en los que lo relevante no era tu vida sino la vida de los demás.

Cuando la señora Volkgeist entró en la habitación enmoquetada con las paredes forradas de madera se sintió incómoda. “Hemos oído que es usted una especie de encantadora de palabras, que con un encanto logra que, a base de ser repetida insistentemente, hechice a todo un país”, dijo un hombre poderoso. La señora Volkgeist ya había conseguido éxitos importantes en Argentina y Venezuela y eso había llamado la atención de los hombres poderosos –y la mujer-.

La señora Volkgeist pensó durante unos minutos, ante la mirada insistente de sus anfitriones, y al rato dijo: “Quiero Digital Plus. Para toda la vida”. Y a los hombres poderosos –y la mujer- les pareció un trato justo.

La señora Volkgeist les recomendó la palabra ‘crisis’. Los hombres poderosos –y la mujer- miraron con recelo a la señora Volkgeist. Esa palabra ya formaba parte de su vocabulario y habían comprobado que no tenía nada de especial. Pero la señora Volkgeist insistió. Y los hombres poderosos –y la mujer- empezaron a incluir la palabra embrujada en todas sus conversaciones. Pedían una crisis corta de café, aguardaban a que el semáforo se pusiera en crisis, esperaban el cambio de un billete de cincuenta crisis e incluso hacían la crisis sin ponerse condón.

Y tanto repitieron la palabra que el espíritu colectivo empezó a sentirse emocionalmente vulnerable. Y esa vulnerabilidad transformó el carácter. Y los que veían el vaso medio lleno empezaron a sentir que no tenían nada con qué rellenarlo. Pero, como la señora Volkgeist prometió, los poderosos notaron como sus beneficios aumentaban y su supremacía se alejaba cómodamente de todos aquellos resentidos que se creían con el derecho a comprarse un teléfono de última generación.

Cuando el hombre bajito, medio calvo y con aspecto de haber leído mucho en la vida expuso los datos de su investigación, uno que pasaba por allí interrumpió contando que la policía había desmantelado una red de mafia china que cada mes sacaba del país cinco millones en metálico. Y los investigadores se alborotaron y nadie prestó atención al hombre bajito y medio calvo.

Mientras el barrio de la señora Volkgeist andaba manga por hombro, ella veía en su televisor de 70 pulgadas que entre los detenidos estaba un actor porno conocido por el tamaño de su pene. Y la señora Volkgeist pensó que esa investigación traería cola. Y sorprendida de su ocurrencia, sonrió.

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  1. Andy

    Un cuento chino con algún personaje difícil de identificar, léase esa mujer, la pobre debe estar de bulto, ya que los hombres son los poderosos y ella una simple mujer.
    En cualquier caso, artículo con frases brillantes como:
    «esos que no viven por encima de sus posibilidades porque tienen posibilidades para vivir» / «Los derechos de los demás son tus obstáculos» / «el nacionalismo es algo que se lleva en el corazón, no en el bolsillo».
    Sin olvidarme desde luego, de la frase en su viñeta del maestro «El Roto».
    Y otra frase que a partir de ahora formará parte de mi vocabulario expresivo, «ver analgésicos», para referirme a ciertos programas televisivos.
    En fin, esperemos que al final la situación del país sea eso, sólo un cuento, un cuento chino.

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