El periodista invisible

Cuando tenía 8 ó 9 años –el paso del tiempo en la memoria se torna ligero-, un sueño se manifestaba recurrente en mis noches y, posiblemente, en los refugios creados durante el día. Soñaba que podía volverme invisible. Y no para repartir justicia, como un superhéroe de la Marvel, ni para proteger mi autoestima, como sucedería unos años después. Quería ser invisible para entrar en El Corte Inglés, esperar a que los clientes desapareciesen, que los empleados se marchasen a sus casas, que se cerrase el almacén, que todas las plantas quedasen vacías y en silencio para, entonces, recuperar mi cuerpo y disfrutar de todo aquello que me resultaba tan inalcanzable como el billete de mil pesetas con la imagen de José de Echegaray. Mi debilidad era la planta de juguetes, especialmente correr en bicicleta por los pasillos, pero no despreciaba saltar sobre las camas hechas o poner en el tocadiscos, a todo volumen, el ‘sencillo’ de una tal Mónica, que se apuntaba a la inmensa lista de cantantes que interpretaban aquello de “perdón te pido si nunca te ofrecí un jardín de rosas”. Y contando que abría cajas de Madelman, el muñeco de los calzoncillos atornillados, esperaba el momento de despertar.

Puede que ese sueño, aparentemente inocente, pase factura a lo largo de los años. En el más básico de los análisis oníricos, soñar con la invisibilidad puede significar el miedo a que los demás no reconozcan tus méritos. O, simplemente, manifestar un intento por distanciarse de la realidad. Sobre todo cuando la realidad te es hostil. Podemos acomodarnos en esa sensación inmaterial y seguir viviendo como el personaje de Bjork en Bailar en la oscuridad pero nada de eso evitará el final de la película.

Una de las primeras máximas con las que me aleccionaron al iniciar las prácticas como periodista fue que nosotros, los periodistas, nunca éramos noticia. Que nuestra responsabilidad era actuar como intermediarios de la información y, en el mejor de los casos, analistas de sus futuras consecuencias. Pero lo que nos costase llegar a esa información o las perrerías a las que nos sometieran para obtenerla, eso no le importaba a nadie. Nosotros éramos invisibles. Y me temo que de tal manera asumimos nuestra invisibilidad en pos de la profesionalidad que nos acostumbramos a vivir así, sin cuerpo, dejando que la vida nos atravesara sin materializarnos en ningún momento. Y ahora, cuando los políticos que nos utilizaron para sus medios de propaganda se quedaron sin televisión, cuando Juan Luis Cebrián, presidente de El País, va a echar a 150 trabajadores a la calle diciendo que “no podemos seguir viviendo tan bien” mientras él cobra 13 millones de euros al año; cuando el Gobierno nos convoca a ruedas de prensa en las que no se permite hacer preguntas o en las que no te conceden el turno para formularlas, cuando el poder político y económico concentra medios de comunicación, cuando la policía te impide desarrollar tu trabajo libremente durante el 25S y encima algunos manifestantes te acusan de manipulación, entonces queremos que se nos vea, que la gente se dé cuenta de quienes somos, de qué hacemos, de la importancia de lo que hacemos,… Pero entonces, la gente solo escucha sonidos flotando en el viento.

Si no somos capaces de crear masa crítica que defienda el periodismo, si seguimos siendo invisibles, si seguimos sin ser noticia porque solo somos intermediarios, difícilmente lograremos que la sociedad comprenda por qué 8.000 periodistas han perdido su empleo desde el comienzo de la crisis. O por qué hemos tardado casi diez años en llevar a juicio a los culpables del caso Couso. O por qué los periodistas tuvieron que hacer su trabajo con cascos protectores el pasado 26 de septiembre. O por qué los periodistas que cubrían el archivo de la causa contra dirigentes del 25 S fueron apuntados en una lista a las puertas de la Audiencia Nacional.

Hace mucho que dejé de soñar con ser invisible. Creo que incluso antes de entrar en un bar, una noche de sábado, y ser consciente de que nadie me había visto como una posibilidad. Aún así, prefiero ser visible. Que me vean y que me tengan en cuenta. Incluso para rechazarme. De lo contrario, como en El increíble hombre menguante, cuando nuestra vida se vea reducida a pocos centímetros, miraremos a la inmensidad y nos preguntaremos quienes somos. Y para entonces, quizá la gente esté demasiado ocupada viendo un Barça-Madrid para darnos una respuesta.

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  1. Que gris es todo señor Tomas… que gris…

  2. Andy

    No entiendo esta parte de su artículo:
    «Y ahora, cuando los políticos que nos utilizaron para sus medios de propaganda…»
    ¿Podría usted desarrollarlo?

    • Le explico, desde luego. Primero, no empleo el plural porque yo haya sufrido eso pero me parecía correcto usarlo para que no parezca que hago una discriminación dentro del colectivo de periodistas en un artículo en el que, en el fondo, hablo de la necesidad de estar unidos para explicar a la sociedad qué es un periodista. Creo que este gremio es mucho menos corporativista que otros así que tampoco creo que exista alguna duda sobre ese empleo del plural.
      Y acto seguido le comento que en esa parte del artículo aludía a esas comunidades autónomas que vieron como determinados partidos políticos creaban medios de comunicación innecesarios para alabar la gestión política de su creador. Esos medios de comunicación, que nunca debieron haberse creado, dieron trabajo a muchos periodistas e incluso, sin que sirviera de precedente, les pagaron bien. Esos periodistas, hoy, están en el paro porque esos medios creados acabaron cerrando por insostenibles cuando, repito, nunca debieron haberse creado. La ambición política usó a los periodistas y ellos, algunos, se dejaron usar porque, como todos, tenían que pagar facturas.
      Siendo yo mallorquín, comprenderá usted a qué tv me refiero.
      Gracias

      • Andy

        Queda suficientemente explicado. Gracias por su respuesta, no le veía yo a usted dejándose utilizar o «usar» como dice usted -siempre dentro del contexto del que estamos hablando- a tenor de lo que nos tiene acostumbrado en sus programas de radio.
        Aprovecho la ocasión para felicitarle por el programa número cien de «Wisteria Lane» y diciéndole también que echo de menos «La transversal» y sus contenidos.
        Saludos y gracias siempre a usted.

  3. ¡Qué ojito tiene usted, Paco! Tienes razón. Si los periodistas contasen con el respaldo y el reconocimiento de la sociedad -esa sociedad a la que se supone que sirve el periodismo- creo que no se darían estas sangrías laborales o al menos no con tanta virulencia sin que importe demasiado a la ciudadanía.

    Quería comentarte algo que me ha surgido de repente al leer tu artículo:

    Hace un tiempo un profesor de Periodismo nos hacía reflexionar sobre la misma identidad del periodista, nos preguntaba algo así: “¿qué tiene un periodista que no tenga cualquier otra persona? Debemos definir nuestro trabajo, nuestra labor… Todas las personas contamos con la capacidad del lenguaje, algo que tenemos de forma natural… ¿qué diferencia entonces a un periodista del resto de personas que de igual forma pueden “ver y escribir”? (también guarda esto relación con lo que conocemos como “periodismo ciudadano”)

    Yo, tengo que reconocer, que me asusté y dije: ¡Ostras! Luego pensé detenidamente y me vinieron a la cabeza decenas de argumentos y contraargumentos con los que crearme una macedonia mental considerable. Por eso me gustaría preguntarle:

    ¿Qué tiene el Sr. Paco Tomás -periodista- que lo diferencie del resto de personas que no lo son?

    Muchas gracias, Paco.

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