La cultura encendida

Hace un tiempo, tampoco mucho, cuando intuíamos que las cosas podían ir a peor, que escribí sobre los graffitis de conciencia histórica. Pintadas en los muros de la ciudad que nos sirvan de hemeroteca ya que, ciudadanos y políticos, tendemos a resetear nuestro disco duro para sobrevivir, para no tener que rendir cuentas al pasado, para poder seguir diciendo ‘diego’ donde dijimos ‘digo’.

Hoy, en los días previos al holocausto cultural, creo que la conciencia del artista es aún más fundamental que antes. Mientras festivales de música echan el cierre, las cadenas de cines despiden personal y el iva ahoga al sector, algo me dice que la cultura está más viva que nunca. Y así debe ser. Viva para seguir comprometida. Nada puede irritar más al canciller Wertz, un hombre que detesta la cultura porque, como opinan otros lumbreras de su partido, está llena de rojos. Lo que su escasa capacidad de análisis pasa por alto es que la cultura siempre ha estado habitada por mentes inquietas, creativas, talentosas, magistrales, pero también comprometidas, rebeldes, críticas. No solo en España, en todo el mundo. Hay más artistas apoyando a Obama que a Rommey; más creadores con Hollande que buenos escritores llenando páginas de elogios a Merkel. Solo una propaganda disfrazada de cultura apoyaría a Putin, a Bashar al-Assad, a Chávez. La cultura siempre estará mirando al poder. Los políticos ven el arte como especulación, nunca como creación. Los artistas podrán caminar en la misma dirección que los políticos pero nunca por la misma calle. La cultura avanza a cierta distancia para poder observar, para analizar cada paso, para plasmar aquello que ve, que escucha, que siente, en un lienzo, en un papel, en una partitura o en un escenario. Y pedirle lo contrario a la cultura es no apreciarla.

Para el gobierno del canciller Wertz y sus secuaces mediáticos, moler a impuestos a la cultura, encarecer el producto cultural, ridiculizar a los creadores con expresiones como ‘los de la ceja’ o apelativos como ‘titiriteros’, hacernos creer que solo la cultura rentable merece un espacio en nuestra sociedad, es una estrategia para masacrar un sector que no les aporta ingresos, según ellos, y, lo más importante, no les da votos. Se conforman con sus referentes culturales propios (Normal Duval, Bertín Osborne, Nati Mistral, Alfonso Ussía, Arturo Fernández,…) y con eso, van tirando. Ni siquiera pudieron contar con su gran baza, el Nobel Mario Vargas Llosa, que rechazó dirigir el Cervantes cuando más se lo suplicaron. Supongo que, a cambio del feo, escribió aquella loa a Esperanza Aguirre tras su dimisión, de la que aún, a día de hoy, no conocemos la letra pequeña.

Más ejemplos. Nico Silberfaden es un fotógrafo argentino que en su serie Impersonators retrata a parados estadounidenses que, disfrazados de símbolos de la cultura pop como Batman, Indiana Jones o Elvis, piden limosna en Hollywodd Boulevard. El artista les pide que posen con sus verdaderos sentimientos, que no imiten a nadie, y de esa manera sitúa ante su objetivo al ser humano que hay tras la máscara. Una Catwoman con el brillo de las lágrimas en la mirada, un Supermán abatido por la incertidumbre, una Marilyn destrozada por la angustia. Una mayoría silenciosa hundida por la crisis.

En Portugal, el artista Santos Silva hace intervenciones urbanas en pósit. Utiliza el famoso cuadrado adhesivo amarillo como soporte para plasmar el desasosiego en el que vive su país tras el rescate europeo. Sentencias como “La dictadura de no hay otra manera”, o “El mundo está alcanzando mínimos históricos de interés”, o “Si tienes hambre, compra un iPhone”, aparecen pegadas en paradas de autobús, puertas de viviendas o fachadas de comercios.

No lo tiene fácil la derecha en la cultura. Quizá porque la cultura es rebeldía, es crítica, es reflexión, es libertad, es todo eso que a un gobierno de derechas le molesta.

Sin embargo, creo firmemente que hay cultura para rato. Tanto como exista el ser humano. No será en una edición de lujo pero será en un folio, no será en el escenario del CDN pero será sobre unas tablas en la plaza de un pueblo, no será en un cine de pantalla gigante pero será en la pantalla del ordenador o del móvil, no será en un auditorio pero será a la vuelta de cualquier esquina. Es inevitable. Y bien que les jode a los gestores de nuestra libertad y a sus plataformas de propaganda. El creador va más allá de eso que ellos llaman “de la ceja” en un simplista análisis de la realidad. Pero claro, no les puedes pedir que profundicen porque, cuando empiezan a excavar, acaban filtrando agua. Ellos son de la superficie, del populismo y del “qué se jodan”. Pues bien, señores y señoras que apagan la luz, estén bien convencidos de que la cultura sigue, seguirá, encendida.

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Un Comentario

  1. CITIZENJUANJO

    Me ha emocionado su artículo. Pero, como usted ya sabrá, la cultura, en cualquier formato, hace mucho que sólo interesa a cuatro. No conviene que se extienda más allá de un círculo pequeño, y reducir las subvenciones -porque la cultura es un lujo, no lo olvidemos, es cara, y tiene que estar subvencionada, y gente como Pilar Miró y Terenci Moix así lo afirmaban- y encarecerela, les viene a ellos -esos hombrecillos grises y mujeres de procesión con peineta puesta- muy bien para lo suyo, que ya sabemos lo que es. Ánimo y mucha suerte, a usted que se dedica a ésto.

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