Las dos secuencias

 

Sec. 1. Paseo del Prado. Int/Día

El 16 de septiembre, el Paseo del Prado de Madrid estaba tranquilo. Los domingos soleados de esta ciudad tienen una luz especial, entre melancólica y cálida, que hacen que sus habitantes vivan la ciudad de una manera más distendida, como las paseantes de los cuadros de Sorolla pero, en este caso, debajo de la arena de playa encontrábamos asfalto. Ese día Edward Hopper se despedía de Madrid. Se había alojado en el Thyssen-Bornemisza durante tres meses y justo ese día, el último, decidí visitarlo.

No soy un experto en arte ni un historiador. Soy un ‘disfrutón’ del arte. Me interesa más lo que me cuentan los lienzos, los óleos y las acuarelas que los estudios de luz, perspectiva y composición que sustentan la técnica. Soy básico. Al menos en eso. Me hipnotiza Hopper. Porque me cuenta historias. Como pintor, era infiel al detalle pero guardaba absoluta fidelidad a la atmósfera. Y eso hace que puedas imaginarte cómo huele el hall del teatro Sheridan sin que jamás hayas estado allí.

Me detuve ante Pavimentos de Nueva York. La arquitectura me trasladó a Washington Square. Y en el margen inferior del cuadro, una monja irrumpía empujando un carrito de bebé. La monja tenía prisa. Quizá iba tan rápido que se había colado en el encuadre y antes de que Hopper pudiese darse cuenta, ya debía haberlo abandonado. Lo atravesaría como una estrella fugaz. O como la puñalada que rasga la tela. Tal vez no estuviera corriendo. Puede que se hubiera levantado viento en Manhattan. Eso me cuenta el movimiento de su toca. Y, a partir de ahí, creas una historia. ¿Por qué corre la monja? ¿Está huyendo o es que tiene prisa por llegar a alguna parte? ¿Realmente hay un bebé en el carrito? ¿Realmente es una monja?

Cualquier cuadro de Hopper puede ser el germen de una novela, de un guion, de un poema, sin necesidad de condicionarte la narración, sin someterte a su autoría. Hopper solo sitúa. Basta detenerse en los títulos para comprobar que Hopper inicia la secuencia, nos ubica en el lugar y en el tiempo –Mañana en una ciudad, Casas en Squam Light, Casa junto a la vía del tren, Habitación de un hotel– como el guion que nos recuerda la localización, si es interior o exterior y si la acción sucede de día o de noche. El resto, depende de ti.

Sec. 2. Paseo del Prado. Ext/Anochecer

Era 25 de septiembre. Pasaron nueve días desde la última vez que pasé por allí. En esta ocasión, el Paseo del Prado no estaba tranquilo. No había luz. Ni melancólica ni cálida. La puerta del Thyssen-Bornemisza estaba cerrada y miles de seres humanos, con las manos vacías, gritaban su indignación alrededor de la Plaza de Neptuno. Estábamos situados, como en un cuadro de Hopper; el resto dependía de nosotros.

La policía rodeaba el Congreso de los Diputados. Decían, los políticos, que las personas que allí se congregaban respondían a las consignas de un grupo de anarquistas que quería ocupar el Congreso, que pretendían acabar con la democracia y con la soberanía popular que reside en ellos, en los elegidos por sufragio universal. No nos merecemos unos políticos incapaces de ver que detrás de #ocupaelcongreso existía un acto simbólico, una llamada de atención, incluso un grito de auxilio. Y ellos, atrincherados en sus escaños, permanecían ajenos a las cargas policiales que finalizaron con 35 detenidos y 64 heridos.

Como en los cuadros de Hopper, no me importa tanto la técnica como la verdad de las historias. Y no hay más verdad que gritar que aquí nadie está cuestionando la democracia. Al revés. Lo que la gente quiere es más democracia. Los ciudadanos quieren participar, que se cuente con ellos no solo una vez cada cuatro años sino siempre que se vaya a tomar una decisión fundamental para sus vidas. Pero ellos, los políticos, prefieren adoptar el rol de víctimas, es mucho más cómodo, y tratarnos como si fuésemos pequeños golpistas. Si supiera que puedo querellarme contra ellos por difamación, lo haría.

Las historias se sitúan en el espacio y en el tiempo, como en los lienzos que vi en el Thyssen, para que cada uno de nosotros las dotemos de honestidad. La verdad pasa por recordar que el déficit del Estado es responsabilidad, en un 90 por ciento, de los políticos. De los malos políticos, fundamentalmente de dos partidos, que nos han gobernado y que han ignorado que la política es un puntual servicio a la comunidad, no un empleo de por vida con el que lucrarse a base de dinero público, transformando la soberanía popular en un coladero de corruptos. Las familias no tienen la culpa de eso. Y los que se manifestaban el martes eran familias. Si ellas se endeudaron, bien lo están pagando. Y si el Estado se endeudó quizá fuera porque, no lo olvidemos nunca, se construyeron aeropuertos sin aviones, auditorios sin público, palacios de congresos sin paredes, teatros con 116 lavabos, ascensores hacia descampados y, en el mejor de los casos, se quiso hacer gala de austeridad pretendiendo ser sede de los Juegos Olímpicos en varias ocasiones. Y esa mala gestión, ese despilfarro, han decidido solucionarlo ajustándonos el cinturón a nosotros, no a ellos. No a los que más tienen, sí a los que no llegan a fin de mes. No reduciendo cargos políticos y asesores bien remunerados sino recortando el sueldo de los funcionarios y asaltando la sanidad y la educación. Y no me vengan ahora diciendo que ustedes, señores políticos, también se han bajado el sueldo. No nos tomen por idiotas; nunca será lo mismo pasar a cobrar 6.000 euros, viniendo de embolsarse 8.000, que ingresar 700 después de haber sudado horas para ganar 1.000. Y los de ese segundo grupo, los de los 700 euros al mes, eran los que, en el mejor de los casos, se estaban manifestando ese 25 de septiembre en el Paseo del Prado.

Si no son ustedes capaces de empatizar con el sufrimiento de su pueblo, si no son ustedes capaces de plantearse que quizá exista otra manera, si no son ustedes capaces de comprender que la soberanía nacional reside en el pueblo y no en los mercados, quizá no deberían esperar a que la población les grite, cansada de tanta provocación, y dejar vía libre a otros que sí sepan (o quieran) hacerlo.

El jueves, una noticia revelaba cómo los recortes habían situado al sector cultural español ante su peor momento. Se ilustraba con una fotografía de una sala de cine vacía. No pude evitar viajar hasta Dos en el patio de butacas, el cuadro de Hopper en el que nunca sabremos si la función ha terminado o está a punto de comenzar.

 

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  1. Carlos Alonso Otero

    Añado lo que ha escrito un amigo mío en mi FB, donde he colgado el artículo. Subscribo lo que mi amigo Pepe Solís dice:
    “Da gusto leer un artículo como este, tan claro, tan bien escrito, con tanta verdad. Me ha alegrado la mañana y despejado las telarañas mentales de estos amaneceres de crisis. Lo voy a compartir porque me parece muy interesante y me gustaría que lo leyesen mis amigos”.

  2. juan

    Más razón que un santo

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