El diablo está en los detalles

No me lo contaba con rencor. Ni siquiera estaba molesta. Su expresión abrigaba desencanto y sus palabras se encendían como las bombillas de bajo consumo. Antes, él servía agua en los dos vasos. Ahora solo llena el suyo. Y no hay mala intención. Es solo costumbre. Una nueva costumbre. Un detalle.

Estamos rodeados de detalles. En nuestra ropa, en nuestra casa, en nuestras expresiones y hasta en nuestra forma de amar. Son convertibles. Los detalles. Como el peso cubano. Como aquel hombre que, en un viaje a la tierra de Olga Guillot, allá por el 2000, le ofreció una noche de amor a mi compañera de viaje y, tras ser rechazado, me la propuso a mí. Los detalles convertibles. Una particularidad, un fragmento, que nos traslada de un lugar a otro con una facilidad prodigiosa sin que tan siquiera nos demos cuenta. Como el desgaste del papel pintado. Son ellos los que hacen que las cosas funcionen o se estropeen definitivamente. Las estrategias están llenas de detalles. La política, la economía, la cultura,…todas las noticias de un periódico, este artículo. Los detalles es lo primero que muere en una relación, incluso antes que el deseo sexual.

Ha sido una semana difícil. Lleva su protocolo anímico aceptar que hay personas que, de modo voluntario y orgullosas de sí mismas, deciden hacer de la vida un mal detalle. Individuos, en un masculino genérico, que ante la posibilidad de quedar bien o quedar mal eligen, conscientemente, quedar mal. Cuando el detalle no es ornamento, no decora, sino que es rasgo, cualidad, atributo. Cuando el mal detalle reafirma la autoridad, la tapiza de poder y afianza la identidad, alimentando el rencor y el revanchismo que son, a su vez, combustible.

Desde hace dos semanas que he roto con la exclusiva connotación positiva de la palabra “detallista”. Hasta ese momento, una persona detallista era alguien que tenía muestras de delicadeza o cariño con los demás. Ahora sé que esa expresión también es convertible. Que un ser detallista es alguien que cuida mucho los detalles pero que esos detalles no tienen por qué ser buenos.

Y de repente, como los humanos que se convierten en vampiros –sí, he empezado la quinta temporada de True Blood– he acentuado mis sentidos. Intuyo el detalle y la realidad adquiere otra dimensión, entre la ensoñación y el viaje lisérgico, que no sé si me hace más sabio o más infeliz.

Esta semana, Elvira Lindo exponía en las redes sociales un artículo que había publicado el New York Times sobre la crisis en España. En él, un alto ejecutivo explicaba que se veía obligado a abandonar nuestro país ante las graves perspectivas de futuro que nos aguardan. Elvira comentó en el foro abierto de la noticia y les pidió más seriedad a la hora de tratar una información tan delicada como esa, plagada de tremendismo por sus cuatro (no, que eran cinco) uves dobles. Dio la casualidad que una chica española leyó el comentario de Elvira y se puso en contacto con ella para apuntar que el protagonista del artículo había sido, hasta ese momento, director general de una multinacional americana con oficina en España, para la que ella trabajaba. Contó que la gestión de este alto ejecutivo fue tan nefasta que estuvo a punto de hundir la empresa en España. Pero no le despidieron. Él presentó la baja voluntaria porque le había surgido una estupenda oportunidad en el extranjero. Pero antes de irse, animó a todos los empleados a seguir trabajando en esa dirección, en un proyecto esperanzador y de gran futuro. Y unos días después, aparece en el New York Times contando que todo está fatal y por eso hay que huir. El detalle. Otra vez el puto detalle. Lo frustrante es que, en la mayoría de las ocasiones, el detalle es un perfume, un aroma, algo imperceptible a primera vista. Algo oculto. Algo directamente invisible.

Mientras olfateaba los detalles de la última visita de Angela Merkel a Rajoy me interrumpió el hashtag (perdón por el argot tuitero) #yotambienmemasturbo. A estas alturas ya sabrán toda la historia sobre el caso Olvido Hormigos, la concejala socialista de un pueblo de Toledo que se masturbó en la red –el que esté libre de pecado que tire la primera piedra-, algún indeseable difundió el video y ahora este país ha cambiado el Ecce Homo de Cecilia por la paja en el ojo ajeno. Y comprendo a Olvido. Aunque yo también me masturbe eso no significa que esté encantado con que todo el mundo vea mi petite mort como si fuera un colaborador de Sálvame y la exposición de mi vida estuviera en el contrato. Entiendo que quisiera dimitir por pudor, por presentir a sus semejantes y no tener ganas de bromas y risitas en los plenos. Porque el detalle es que Olvido trabaja en política. Si fuera cajera de supermercado no hubiésemos hablado de ella. Y en una profesión tan curtida en el descrédito, en la prepotencia, donde nadie dimite ni aunque le pillen gritando “que se jodan” en el Congreso de los Diputados o despilfarrando el dinero público para nutrir su cuenta corriente, descubrimos que la vergüenza habita en el bajo vientre. Que si el político roba o es acusado de corrupción, saldrá a la calle con la cabeza bien alta (léase Jaume Matas veraneando en la Colonia de Sant Jordi) pero si le vemos masturbándose, entonces, es mejor desaparecer. Como los detalles sutiles. Por cierto, Olvido no dimitió. Los políticos españoles son como el corcho, siempre flotan. Qué detalle.

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  1. mrscapino

    Qué elegancia, se me ocurren otras cosas que flotan.

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