Capitalismo gore

Hace dos años, la ensayista mexicana y exhibicionista performática Sayak Valencia publicó un ensayo radical en el que resaltaba como la violencia vertebraba la sociedad actual porque seguía siendo, desde que el mundo es mundo, una herramienta de poder. También hablaba de capitalismo, que no es otra cosa que eso: poder. Y en un mundo sin más reglas que producir, vender, ganar dinero, consumir y crear plusvalía, lo natural es que el capitalismo se haya convertido en un desorden social basado en el desmembramiento, las vísceras y hasta el derramamiento de sangre injustificado. El título del ensayo era Capitalismo gore.

Unir dos conceptos tan feroces –recuerden que hay un género cinematográfico llamado gore que aglutina películas de terror con una violencia explícita y bien de casquería para mostrar sin pudor la fragilidad del cuerpo humano- solo puede abocarnos a la crítica social. En verdad, ya existía crítica social en Dawn of the dead de George A. Romero, donde cuestionaba la sociedad consumista de finales de los 70. Imagínense lo que podríamos hacer ahora con este hiperconsumismo neoliberal y un buen grupo de banqueros zombies.

No soy yo quien para dar lecciones cuando soy un consumidor empedernido. Estoy tan insertado en el mecanismo del sistema que a veces creo que soy una tuerca. Me gusta consumir. Me gusta comprarme películas en dvd cuando ya nadie compra películas. Me gusta adquirir discografías completas, libros, merchandising de mis series de televisión favoritas, camisetas serigrafiadas, material de papelería, muebles, cuadros, chucherías japonesas,… Trabajo no solo para dignificarme a mí mismo sino para que me paguen por ello y, así, poder consumir. No hablo de pagar el alquiler, la luz, el agua, los productos de primera necesidad. Eso no es consumir, eso es vivir. O sobrevivir si es que habitas en Tijuana o, a este paso, en España. Vamos, que no soy un anti capitalismo ni un comunista de pañuelo palestino, a modo Sánchez Gordillo, que convierte en performance una cuestión de justicia social sin darse cuenta de lo peligroso de esa acción en un país tan primitivo en valores como el nuestro. Pero sostengo que todo es factible de mejorar. Y si no puede mejorar, entonces hay que cambiarlo por algo nuevo. Pura ley de la oferta y la demanda. Y eso no solo afecta a las lavadoras o a la televisión por cable. También atañe a los gobiernos, a los políticos y, si me apuran, a los sistemas.

Me gusta el capitalismo. Gracias a él dispongo de cosas que deseo. Incluso me gusta la propiedad privada para abrirla al mundo cuando a mí me dé la gana. No soy yo de comuna. Woodstock me pilló demasiado joven y mientras el flower power ibicenco aumentaba, yo veía a Penélope Glamour conducir su auto loco a la vez que se espolvoreaba las mejillas. Pero ante las graves desigualdades de nuestra sociedad uno tiene la obligación de reconocer que algo falla. Sobre todo sabiendo que no están provocadas por un desastre natural impredecible si no fomentadas por otros seres humanos que especulan con dinero sin pensar que detrás de las cifras hay otros seres humanos. El capitalismo puede mejorar. Estoy seguro.

Pero vivimos una época en la que si se te ocurre cuestionar el sistema –cualquiera que vea las colas de los comedores sociales, las noticias económicas o los dramas familiares que nos rodean no tiene más opción que cuestionar- siempre se alzará contra ti una voz, tipo Carmen Tomás –juro que no es de mi familia- o la abogada pija que grita en El gran debate de Telecinco como si fuera una Lidia Lozano de la información política, que te echará en cara la camisa que te has comprado, tus últimas vacaciones en París o si te gastaste cien euros en una botella de vino. Ojalá fueran tan inquisidores con los que meten la mano en el arca pública para comprarse camisas, viajar a París o comprarse vinos caros. Llevo años escuchando el famélico argumento de que si tienes dinero y crees en la justicia social, repartas tu dinero entre los más necesitados. En los 80 lo escuché contra Ana Belén, Víctor Manuel y Serrat y ahora lo escucho contra Javier Bardem o Willy Toledo. Ser de izquierdas y querer vivir bien parece una contradicción para la mente de los verdaderos poderosos, los mandatarios del capitalismo gore.

Quiero vivir bien, quiero darme caprichos y quiero disfrutar de la vida, pero no a costa de la vida de mis semejantes. No sé cual es el mecanismo ni la fórmula. Si lo supiera, me hubiese presentado a la elecciones. Debemos exigir a la clase política que busque la manera de mejorar el sistema. Esa es su obligación como representantes del pueblo. Dejarse de partidismos y miserias y coger el toro por los cuernos o, de lo contrario, habrá sinvergüenzas antidemócratas, delincuentes de la ideología, que aprovecharán el desencanto para ocupar el Congreso y reclamar un cambio de sistema que, con seguridad, acabará imponiendo uno similar al que propugna Amanecer Dorado. Esa es la gran tarea de nuestros políticos. Solo espero que no nos decepcionen otra vez. Y si es así…a Rick e Ilsa siempre les quedaría París; a nosotros, siempre nos quedará Tijuana.

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