Las series de mi vida. Toma VI

34.- VERANO AZUL

Con el tiempo pasó de azul a sepia. Posiblemente sea la serie más repuesta de la historia de la televisión y eso siempre altera la textura de la imagen. Tal vez algún día aparezca un Verano Azul remasterizado digitalmente y le vuelva a dar el brillo que tuvo. En cualquier caso, aunque muchas generaciones hayan visto morirse a Chanquete me atrevería a decir que solo la mía vivió el impacto emocional de ese momento histórico. Y eso que yo, con ese capítulo, no solté ni una lágrima. Incluso le cogí manía a esa sevillana de “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. No soy nada aficionado a las sevillanas. Sus letras me parecen espantosas. Solo soy fan del disco de sevillanas de Martirio. “Con mi chándal y mis tacones, arreglá pero informal”. Pero vamos por partes, que ya me estoy liando.

La serie es de 1981, el mismo año que Grecia entró en la Unión Europea. Estaba dirigida por un grande de la televisión nacional: Antonio Mercero. Y lo digo porque hitos televisivos como Crónicas de un pueblo, Este señor de negro o Farmacia de guardia  llevaban su firma.  La cabina, premio Emmy, también fue fruto de su imaginación y a mí no solo me parece una magistral interpretación de José Luis López Vázquez si no que, aún hoy, me resulta una historia escalofriante. Y eso que ya no existen cabinas. Supongo que eso hará que envejezca un poco mal. A veces el progreso es una putada.

A quien parece que el paso del tiempo no ha perjudicado, más bien todo lo contrario, es a la localidad malagueña de Nerja ya que, desde que se rodó allí Verano azul, la serie se convirtió en su mejor baza turística. Que una televisión decida rodar una serie en tu municipio es mucho más rentable que un político y un constructor especulador. De hecho, aún hoy, creo que hay tours por Nerja para ver las localizaciones de la serie y si quieres que los tours estén guiados por Miguel Joven (Tito), puedes conseguirlo. Pagando, claro.

La serie contaba las aventuras de un grupo de amigos –Bea, Javi, Pancho, Desi, Quique, Tito y Piraña– durante un verano. De entrada, era sencillo identificarse con esa premisa aunque resultase chocante que un adolescente de 17 años saliese a tomar algo a una terraza acompañado de un niño de 8. Pero esa cuestión solo me asaltó en la tercera reposición. Lo que sí pensaba, desde el comienzo de la serie, era que Chanquete y su barco olían mal pero bueno, eso ya era una manía idiota de mi imaginación. Lo de que Julia era lesbiana es algo que, en aquella época, ni se me pasó por la cabeza. Pero si alguien tiene pruebas, aquí está este blog para sacarla del armario.

Lo cierto es que la serie fue un verdadero acontecimiento a nivel nacional y, a pesar de los años que han pasado sobre sus tramas, creo que sigue conservando una frescura sorprendente. Al menos eso dicen aquellos que han vuelto a ella. Preocupante frescura, en cualquier caso, porque vendría a evidenciar que no hemos cambiado tanto como creemos.

Para los seguidores del apartado ‘caliente’ de estas entradas contaré que el capítulo en el que Javi se quedaba en pelotas delante de cuatro pijas absurdas, de esas que ahora hubieran protagonizado el anuncio de Loewe, me excitó mucho. Y eso que no se veía nada. Todo estaba en mi imaginación de adolescente. Otro tema es el paquete de Bruno, aquel cantante, interpretado por Gonzalo, que aparecía en Nerja para grabar un programa de televisión y revolucionaba a las chicas de la pandilla. Eso era más evidente. Finales de los 70 y principio de los 80 es una época muy buena para la evidencia.

Podría cerrar la entrada haciendo leña del árbol caído y empezar a hablar del absurdo personaje de Quique o de la aventura musical de Javi y Pancho pero entonces tendía que dedicar una entrada entera a Verano azul y no es plan. Solo apuntar que el capítulo que me hizo llorar como en un primer día de colegio no fue el de la muerte de Chanquete. Fue El final del verano. Aquel en el que el mar se embravecía, las playas se vaciaban, las hamacas se amontonaban, la luz se atenuaba y Pancho rompía a correr tras el taxi en el que Julia ponía rumbo al aeropuerto mientras sonaba la canción del Dúo Dinámico. En ese, lloré lo más grande.

 

33.- ENREDO

Fue una de mis favoritas. Tanto que cuando me la encontré a la venta, un impulso me hizo agarrarla y no soltarla hasta llegar a mi casa. Por supuesto que no hice un Sánchez Gordillo. Yo pagué.

“Esta es la historia de dos hermanas: Jessica Tate y Mary Campbell”. Así empezaba, con una voz de narrador y una música que seguramente forma parte del top ten de sintonías de televisión. Aún soy capaz de tararearla y, de hecho, aún hoy, se pueden escuchar programas de radio que la emplean para dar paso a secciones más o menos divertidas. La partitura era de George Aliceson Tipton, creo que el mismo que compuso la de Las chicas de oro.

Enredo (Soap para los americanos) era de 1977 pero no llegó a España hasta el 81. Tendrían que pasar varios años para que entrase en la lista de las mejores series norteamericanas de todos los tiempos y superar los cientos de cartas que llegaron a la cadena estadounidense que la emitía con el fin de manifestar las quejas ante unas tramas bastante revolucionarias para aquellos años. En una sociedad tan puritana e hipócrita como la norteamericana, ver en la televisión a un cura enamorado de una jovencita y un jovencito dispuesto a convertirse en jovencita les electrocutaba el cerebro. Lo sorprendente es que cuando esa serie llegó a España, esas tramas pasaron desapercibidas para la moral de la época. No sé si porque al tratarse de una comedia nadie se atrevió a levantar la voz por miedo a ser acusado de no tener sentido del humor o bien porque, teniendo en cuenta que se emitía bien pasada la medianoche, los carcas ya estaban acostados.

Fueron 85 episodios, cortitos (vamos, que descubrí la sitcom sin saber que la había descubierto), que me hacían disfrutar tanto que creo que fue de las primeras veces en mi vida que pensé que me gustaría dedicarme a escribir historias. Historias que pudiesen arrancar carcajadas. Por cierto, la serie las tenía. Risas enlatadas.

Era, como su nombre indicaba, un auténtico enredo. Un vodevil de relaciones cruzadas, secretos e infidelidades llevados a la parodia en sí misma. Como una burla profética del culebrón que triunfaría años después. Estaba protagonizada por dos familias, los Campbell y los Tate. Unos eran ricos y otros, humildes. Las dos familias estaban emparentadas por las hermanas, Jessica y Mary, aunque la serie era muy coral.

El auténtico pelotazo fue el personaje de Benson, el mayordomo, interpretado por el actor Robert Guillaume. Tenía casi siempre las mejores frases de guión y solía cerrar los gags. Era un personaje tan irónico que inmediatamente contó con el apoyo del público, algo que le llevó a abandonar la serie, creo que en la segunda temporada, para protagonizar su propio spin off. Y, por supuesto, había chulazos. Bellezas playgirl de los 70 que a mi edad eran una razón más para disfrutar de una serie. Me refiero a Ted Wass y Robert Urich porque Billy Cristal a mi nunca me ha provocado otra cosa que no fuera pereza. Y luego había otro que siempre iba con un muñeco en la mano, porque era ventrílocuo, y ese me daba una grima…

Pero mi descubrimiento personal de Enredo fue Katherine Helmond. Me fascinaba tanto la cara de esa mujer, sus expresiones, su mirada de flipada, que creo que me prometí a mí mismo que la seguiría en todo lo que hiciese. No debí cumplir mi promesa porque, ahora mismo, solo recuerdo su paso por Brazil.

 

32.- DINASTÍA

¿Se puede crear todo un imperio televisivo y acaparar premios y prestigio con solo un éxito? Sí. Ese es el caso de la pareja de guionistas y productores Richard y Esther Shapiro, los creadores de Dinastía, otra de las series emblemáticas de mi vida y me atrevería a decir que de la vida de todos los gays de mi generación. No es el caso del productor, Aaron Spelling, que sabía lo que se siente al sumar un éxito tras otro.

Me temo que entre un malo como JR y una mala como Alexis Colby (o Carrington), no tenemos dudas. Dinastía me cautivó más que Dallas, aunque ésta triunfase más en las audiencias e incluso en años en antena. No sé si todo tiene que ver con la edad, con mi edad, y mi manera de enfrentarme entonces a esa ficción televisiva pero recuerdo que empezar a ver Dinastía era lo más parecido a quedar deslumbrado ante el destello de un millar de piedras preciosas falsas. ¿Qué otra cosa más que un resplandor podía suceder a la aparición de Krystle (Linda Evans) en pantalla? Dinastía fue la serie más ostentosa y eso nos fascinó.

Con el tiempo, la memoria selecciona aquello digno de sobrevivir en nuestro ya repleto disco duro. Y de Dinastía la lista es precisa: las peleas entre Krystle y Alexis, los modelos de Alexis y las mangas de Krystle y la homosexualidad de Steven, el hijo de Blake y Alexis.

La serie contaba la historia de un magnate del petróleo, Blake Carrington (John Forsythe), de su familia y de su empresa. Pero, a decir verdad, Blake Carrington era lo menos importante de esa serie. Ellas eran las que llamaban nuestra atención y si Blake hubiera fallecido en la primera temporada nos hubiera importado un pimiento de padrón. De hecho, Blake era el malo en la primera temporada hasta que apareció Alexis (Joan Collins) en la segunda y asumió ese rol, lo que demuestra que el personaje de Blake era solo una coartada sobre la que levantar a los monstruos femeninos de la serie.

Las peleas entre Krystle y Alexis son ya historia de la televisión. Sus insultos y sus desplantes nos entretenían pero la audiencia, insaciable, siempre quiere más y deseábamos que alguna vez llegaran a las manos. Y llegaron. Y varias veces. Y nosotros fuimos absolutamente felices. Recuerdo una pelea de gatas, de posiblemente cinco minutos de duración –me temo que la fascinación me está haciendo exagerar-, que comenzaba en una de las estancias de la casa, continuaba escaleras abajo y acababa en el exterior, sumergidas en el estanque de la entrada. Memorable. Casi tanto como volverlas a visionar ahora y ser consciente de que esas escenas se rodaban con dos fornidos especialistas, travestidos como un señor de Soria en carnaval, que no aportaban ni un miligramo de femineidad a sus movimientos. No sé como se me pudo pasar por alto algo así. ¿No había mujeres especialistas en aquellos años? Un dato importante: no importa todo lo que sufriera Krystle, las peleas, todo lo que le sucediera, accidentes de tráfico incluidos, que jamás se despeinaba.

A medida que avanzaban las temporadas de Dinastía –nueve-, las tramas iban entrando en una dimensión desconocida pero no por ello menos entretenida a la par que esperpéntica. El absurdo llegaba a cotas de obra maestra y tanto los giros de guión como la evolución de los personajes era para rebosar treinta cajas de Tena Lady. Por ejemplo, Steven (Al Corley), el hijo homosexual, después de que su padre se cargase a su amante decidió tener solo relaciones con mujeres. Una incongruencia que me sentaba fatal. La hija mimada, Fallon, sirvió para que los guionistas hicieran un monumento al sinsentido cuando, en el spin off de la serie, Los Colby, fue abducida por un ovni. Y Adam, el hijo mayor de Blake, aparecía de repente, en la tercera temporada, porque había sido secuestrado cuando era niño. Eso que ahora no toleraríamos en una serie, en aquel momento nos parecía un absurdo espectacular. Ellos crearon el ‘salto de tiburón’, la aparición y desaparición de personajes sin trabajar demasiado la coherencia. Incluso cambiando de actores, como sucedió con los personajes de Steven y Fallon, que fueron interpretados por varios actores sin que nadie en la familia pareciese reaccionar al hecho de que no tenían la misma cara. Aunque claro, una familia que no se preocupa durante 30 años del niño que les habían secuestrado tampoco es una familia al uso. ¿Qué los actores pedían más dinero? Tiburón al canto. Eso lo aprendió muy bien Jose Luis Moreno en España.

 

31.- LOS NUEVOS VENGADORES

A veces, nos atraen los productos menores. Eso sucedió con Los nuevos vengadores, una serie que me gustaba cuando ni siquiera conocía la existencia de Los vengadores, la de los 60. Los nuevos vengadores narraba, en capítulos autoconclusivos, casos de espionaje que estos tres detectives solucionaban sin despeinarse demasiado. El veterano Patrick Macnee interpretaba a John Steed, repitiendo el personaje que ya le dio fama en la precuela. Vamos, que el señor estaba bien encasillado pero lo debía llevar con mucha distinción, que es algo que siempre ha caracterizado mucho al británico y no precisamente al que veranea en Lloret de Mar. Steed era un auténtico lord inglés, con su bombín y su paraguas, y estaba acompañado por Purdey (Joanna Lumley) y Gambit (Gareth Hunt). Digamos que, por la edad, John hacía más trabajo de oficina y a Purdey y Gambit les tocaba sudar la ropa para liberar a su país de los malos malísimos que, por ejemplo, les quisieran meter en el euro. No se rían, que alguna trama más parecida a Expediente X que a una serie de espías se coló en esa temporada.

Pero mi memoria se centra, fundamentalmente, en Purdey. Me encantaba ella y su corte de pelo tazón. Y adoraba que cuando corría, le añadiesen una cámara rápida en postproducción para que pareciese Usain Bolt.

La serie, a pesar de ser un thriller, con intriga, acción y un ligero sentido del humor, fue un fracaso. Tenía presupuesto pero no sobrevivió a su primera temporada. Eso sí, me descubrió a Joanna Lumley, la actriz que décadas después me arrancaría carcajadas de placer con su magistral Patsy de Absolutamente fabulosas.

 

30.- ANILLOS DE ORO

Cuando uno piensa en los 80 inmediatamente recuerda música. Las más modernas –que ahora son legión- contarán que veían La edad de oro pero tú y ellas sabéis que la España que reflejaba el mítico programa no era concluyente. De hecho, ese programa marcaría más el futuro cultural de este país que su presente. Para entender, más allá de la música, como era la España de los primeros ochenta creo que hay que ver Anillos de oro. Esa estética, esas contradicciones sociales, esas tramas, nos dan un retrato de nuestro país bastante parecido a la realidad.

Los 13 episodios de la serie estaban dirigidos por Pedro Masó, un señor con un carácter espantoso (una vez, hice figuración para él y me dio miedo), y escrita por Ana Diosdado, una señora que siempre me ha parecido la tía progre de la familia, la vecina sosa que de sosa era divertida, la intelectual de andar por casa que, en el fondo, es la intelectual que un país necesita, ya que sus reflexiones calan mucho mejor en una sociedad poco dada a leer y menos entre líneas.

Se estrenó en octubre de 1983, al poco tiempo de que en España se aprobara el divorcio. Aunque ahora nos parezca imposible empatizar con aquella sociedad solo tenemos que pensar que las condenas lanzadas por grupos religiosos y políticos conservadores contra el divorcio son las mismas que hoy, treinta años después, escuchamos contra la ley del aborto o el matrimonio igualitario. Son los mismos perros con distinto collar.

La serie estaba protagonizada por Lola (Ana Diosdado) y Ramón (Imanol Arias cuando estaba bueno) que era una pareja de abogados matrimoniales que se encargaban de atender casos en los que se planteaban los típicos conflictos de la época: el adulterio, el aborto, la homosexualidad,… ¡Vaya! No hemos cambiado tanto como creíamos.

Anillos de oro conectó perfectamente con aquella sociedad. Conectó con mi madre y conmigo, dos generaciones bien diferentes. La única diferencia es que cuando salió en VHS, mi madre se la compró. Yo no.

Se llevó todos los premios patrios,  desde el Fotogramas de Plata hasta los TP de Oro, que si ahora nos parecen una chorrada en aquel momento tenían hasta su prestigio. Pero uno de los grandes atractivos de la serie fue que nos permitió, a los más jóvenes, ver interpretaciones de actores y actrices que, por su edad, ya estaban en el ocaso de sus carreras y que, de otra manera, no hubiésemos podido disfrutar. Me refiero a José María Rodero, Luisa Sala, Margot Cottens, Amelia de la Torre, Aurora Redondo,… Grandes secundarios a los que habría que añadir descubrimientos como Héctor Alterio, Ana Torrent, Ana Marzoa, Pep Munne (que estaba de muy buen ver en aquella época. Me dijeron que apareció desnudo en la revista Party pero no he encontrado ese número o sea, que si alguien lo tiene, aquí estoy yo dispuesto a pujar por él). Incluso en un capítulo apareció Ana Obregón. En plan dramático. Espeluznante.

Por si acaso alguien tiene la tentación de volver a ver Anillos de oro para comprobar qué tal ha envejecido la serie, en la web de TVE la tiene enterita. Yo lo he intentado varias veces pero no paso de la cabecera, con esas imágenes de archivo, esa lluvia (dorada) de anillos y esa música de Antón García Abril que provoca pucheros.

Confieso que me enganché tanto a Ana Diosdado que cuando estrenaron Segunda enseñanza también la vi. Tengo la impresión de que no captó mi atención de la misma manera. Y eso que iba de adolescentes. No sé. Tal vez haya llegado a mezclarlas en mi memoria y haya creado mi propia serie con fragmentos de las dos, que todo puede ser. “Anillos de segunda”, “Enseñanza de oro”, por que…lo de Jorge Sanz, que le regalaban una moto sus padres y la utilizaba para suicidarse, ¿era en Segunda enseñanza, verdad?

Lo que sí recuerdo perfectamente es haber ido al teatro a ver Los ochenta son nuestros, con Toni Cantó, Lidia Bosch, Amparo Larrañaga, Luis Merlo, Iñaki Miramón, Flavia Zarzo, Juan Carlos Naya y Víctor Manuel García, y tenerla como una de mis obras favoritas durante algunos ¿meses? ¿años? La verdad, debería tomar más rabillos de pasa para la memoria. O rabillos en general. O rabos, ya puestos.

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  1. Julia

    Estupendo rivaival!! Mmmm, tengo que mirar si Soap está en los online de las Internetes, me han dado ganas locas de verla…
    ¿Algún día nos hablará de los primeros culebrones latinos que se vieron en España (si no me equivoco), Cristal, la Dama de Rosa…?

    • Pues no creo Julia porque no hablo de todas las series. Solo de aquellas que, de alguna manera, marcaron mi vida. Hay grandes series de las que no hablo porque en esa época estaba muy poco delante de la tele. Yo, por ejemplo, no soy nada de “Sensación de vivir”, ni de “Alf”, ni de “Aquellos maravillosos años”,… Las conozco pero no las seguí. Y con los culebrones me pasaba lo mismo.

  2. Enseñado de segunda

    A Jorge Sanz en Segunda Enseñanza le regalaban una moto, pero antes su papá en la ficción le hacía beberse toda la leche. Yo hacia 8º de EGB por entonces y recuerdo que al día siguiente aquello fue un momento muy LOL con los compañeros de clase. De un barrio obrero de la periferia de Barcelona, qué se podía esperar…

    PS: se suicida colgándose del techo de su cuarto, no con la moto. http://www.youtube.com/watch?v=Kq-Cxw0CZcY

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