La reclamación

Si algo ha demostrado nuestra casta política es que no hace falta tener mucha titulación académica para despilfarrar impunemente el dinero público. Usted, ciudadano corriente, usted que vivió por encima de sus posibilidades al comprarse un piso de 60 metros cuadrados a precio de chalet en Caños de Meca, usted debería entrar en política. Todo son ventajas. Porque mientras que a usted, si no puede pagar el piso, se lo quitará el banco, con el consiguiente drama económico y familiar, a un político que hiciera eso mismo con el dinero de los demás, gastándoselo en infraestructuras inútiles, no solo no tendrá que pagar por ello sino que será recompensado con un dinerito en comisiones que a los constructores, durante años, les encantaba entregar en sobres que nunca iban bien cerrados.

Todos deberíamos entrar en política. Sin ninguna intención de servir a los ciudadanos. Simplemente para seguir la tradición de lucrarnos y favorecer a nuestros familiares y amigos. Al menos así, nadie podría acusarnos nunca de mentir. Y repito, no crean que hay que prepararse mucho, culturalmente, para ser político. Basta con entrar en un partido y medrar. Tenemos unos políticos tan mediocres que cualquier conversación nuestra de sobremesa tiene mejores ideas, mejores propuestas y mejores intenciones que un debate sobre el estado de la nación.

Este verano, desde la playa, en pelotas y bajo una sombrilla, he hablado más de política y economía que veces ha comparecido Rajoy en ruedas de prensa para explicar qué coño está haciendo con España. Y entremedias, me iba leyendo Diez pequeños indios, de Sherman Alexie, y actualizaba fotos en el Instagram. Y sin pedir pensión vitalicia por ello.

La vacación solo tiene ventajas. Cero inconvenientes. Una de ellas es que permite alejarte con prudencia del desorden diario y observar la vida desde el mirador del sentido común. Rodeado de arena impertinente, pensé que quizá había llegado la hora de decirles a los grandes empresarios lo que pensamos de ellos.

Esta semana estuve comiendo en el restaurante de El Corte Inglés de las Avenidas, en Palma de Mallorca. Es un plan de señora, ya lo sé, pero a veces sienta fenomenal. El presidente del gran almacén, Isidoro Álvarez, es uno de esos empresarios con los que los presidentes del Gobierno se suelen reunir (aún no sé para qué). Si ya empieza a ser habitual ver a clientes, compra en mano, moviéndose por la planta buscando alguien que les cobre, lo del restaurante es directamente una prueba de fuego a tu paciencia. Podría narrar la comida pero no es esa mi intención. A la cuarta o quinta vez que solicité una botella de agua me percaté de que el comedor estaba concurrido y la terraza, prácticamente igual. Sin embargo, solo había cinco camareros en sala. Cinco trabajadores desbordados. Una clienta que salió de los aseos llamó la atención de una de las camareras avisándole que entrar en el baño había sido una experiencia desagradable ya que la limpieza y la higiene se debían haber escapado por el desagüe. Y la camarera se disculpó amablemente. Y pensé en pedir la hoja de reclamaciones. No para reclamar contra el trabajador, que estaba haciendo todo lo que podía y, posiblemente por mucho menos sueldo que hace tres años, si no para reclamar contra el gran empresario. Algo así:

“Estimado sr. Isidoro Álvarez (el nombre se podría sustituir por el gran empresario que convenga en cada caso):

Gracias a la reforma laboral aprobada por el Gobierno y a su complicidad empresarial, este país está viviendo uno de los momentos laborales más humillantes de su historia. No sé si será su falta de capacidad para incentivar a sus trabajadores, pero noto a sus empleados desmotivados y, sin embargo, hacen lo posible por satisfacer las expectativas de sus clientes. Pero no lo logran. No porque no estén capacitados sino porque usted, como gran empresario, parece más interesado en aumentar sus ingresos que en darme un exquisito servicio que, por cierto, sigue siendo igual de caro que antes, cuando las economías domésticas iban bien. Así que reclamo que su falta de atención con sus trabajadores repercute directamente en mí, como cliente. Le agradecería que tuviera a sus trabajadores ilusionados y motivados porque yo, que soy un pobre desgraciado pero que, de vez en cuando, me dejo el dinero en su establecimiento, sé que un trabajador contento es bueno para el negocio. Atentamente,…”

Y una firma.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: