Soy Dorothy

Las vacaciones han sido como habitar en la mente de un onironauta. Como si un día cualquiera, en blanco y negro, un tornado levantase los cimientos de mi casa y la trasladase a un reino mágico donde las ilusiones eran tecnicolor. Como salir de una tempestad y encontrar, de verdad, la calma.

Mis historias fantásticas preferidas suelen contar ese viaje. Es lo más optimista. Viajar del gris a la explosión de color. Medicina para la imaginación. Pero muy pocas cuentan el trayecto al revés, cuando pasamos del reino de la fantasía a la brusca realidad. ¿Quién quiere saber como fue la vida de Dorothy al regresar a Kansas? ¿Y Alicia? ¿Dejó el país de las maravillas para seguir viviendo en el reino de la mediocridad? ¿Y Wendy y Peter Pan? Puede que, como en el grandioso final de El planeta de los simios, el país de Nunca Jamás sea donde estamos viviendo en la actualidad y, gracias a nosotros, no se parezca en nada a lo que un día fue.

No me gustan las despedidas. A mi madre tampoco. No seríamos nunca buenos empresarios. El final de las vacaciones siempre supone una pequeña –cada vez menos pequeña- despedida. Un hasta pronto que nunca cumple su promesa. Cuando se acerca el momento de partir, llueve sobre el dibujo. Como en Mary Poppins, que se meten dentro de las pinturas de la acera y la diversión se acaba en el instante en el que empieza a llover sobre Londres. Me entra un nosequé que me devuelve a la eterna sospecha de que me estoy haciendo mayor.

Soy Dorothy. En 48 horas estaré en Kansas. Me traslada otro tornado con mucha menos delicadeza que el de la película. Totó murió atropellado por un gilipollas que decidió sentirse más hombre, delante de su novia poligonera, acelerando a destiempo mientras retumbaba Daddy Yankee en su interior. Desde el cielo, el país parece bello. Basta tomar tierra para darse cuenta que es uno de los lugares más mediocres, incultos y catetos que hayas conocido jamás. La casta política, intocable, sigue tratándonos con la condescendencia que merecemos. Los grandes empresarios, enfermos de codicia, se frotan las manos. Total, la lucha por nuestros derechos es simplemente un pulso. Nosotros nos esforzamos y ellos solo tienen que esperar a que nos quedemos sin fuerzas.

La mayoría de este país les votó. Y otra gran parte de esa mayoría pensó que no votar servía para algo. Y ahora todos somos liebres asustadas por los focos de un automóvil en la oscuridad. Liebres que acaban atropelladas en la cuneta de alguna carretera comarcal.

Este país ha sido, durante muchos años, un decorado. Una ficción. Ahora, la productora ha decidido no renovar la serie. Y estamos empezando a desmontar decorados, a despedir equipos y guardar vestuario. El problema radica en que nadie nos había dicho que nosotros éramos los protagonistas de esa ficción. El show de Truman. No somos muy distintos a los españoles asustados, asilvestrados, empobrecidos, envilecidos, de 1975. De hecho, creo que somos los mismos. Este país no ha madurado. Creció en libertad pero no creció en valores. Jaume Matas se pasea en un descapotable rojo en la Colonia de Sant Jordi. Alguien asfaltó el camino de baldosas amarillas.

Choco los talones de mis zapatos rojos. Creo que no hay nada como el hogar. Pero ya no tengo hogar. El banco se lo ha quedado.

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