Guárdame el secreto

Asumo que un secreto siempre es fuente de controversia. Nos enfrentamos a él con el recelo propio de la información clasificada y la incertidumbre que destilan aquellos que, si bien no pueden mentir, es probable que no cuenten toda la verdad. Como Mayra Gómez Kemp en las subastas del Un, Dos, Tres, cuando leía el comienzo de la tarjetita. La omisión no es mentir; la omisión es secreto. No sé si el Gobierno de España está jugando al Un, Dos, Tres con nosotros, especialmente desde el fin de semana pasado, cuando llegamos al bloque de la subasta, pero de lo que me he dado cuenta últimamente es de la importancia del secreto en nuestras vidas. En la suya, lector, también.

1.- Si sabes que no puedes guardar secretos, sé honesto y dile a la persona que mejor que no te diga nada.

Conozco gente a la que las palabras le queman en la boca y las tiene que escupir antes de que le provoquen una ampolla en la lengua. Pero la mayoría de ellos nunca se reconocerían en esa frase. Es como el ludópata que nunca reconocerá que tiene un problema con el juego. Cuando nos enfrentamos al secreto, a esa noticia que en plena negociación nos obligan a callar, por ejemplo, el protagonista adquiere un conocimiento diáfano de su entorno más íntimo que muy pocas veces en la vida volverá a tener. La vida es barullo, confusión, intereses, habilidades sociales en ocasiones bien torpes, pero la llegada del secreto coloca a cada uno en su sitio y nunca, pocas veces, tendrás tan claro con quien compartir esa información porque, de lo contrario, te volverás loco. O loca. Hablo por supuesto de un tipo de secretos, esos que son noticias que tarde o temprano saldrán a la luz y que solo afectan a su protagonista. Pueden ser buenos, y el silencio solo responde a la prudencia de la negociación, o malos, y el silencio se convierta en una alternativa para ganar tiempo a la extinción.

Hay cargos públicos que se comportan como empresas, con ánimo de lucro, y convierten la información reservada en secretos corporativos, o sea, aquellos que les permiten mantener su ventaja competitiva. Ventaja que algunos creen enorme dado el último resultado en las urnas. Ustedes ya me entienden.

2.- Si estás a punto de contar el secreto de otra persona, sal del cuarto, cambia de tema o busca otra manera de distraer tu atención.

Estamos rodeados de secretos. Y no estoy hablando de ese doblez de nuestra personalidad que nos exige mantener alejados, incluso del conocimiento próximo, determinados aspectos particulares, ya sean vínculos, deseos u opiniones, porque entendemos que forman parte de nuestra más estricta intimidad. Me refiero al secreto que alguien te confía y que, posiblemente, acabe conviviendo en tu conciencia con el secreto de una tercera persona que ha llegado a ti gracias a los sujetos del primer punto de este artículo. Y al final valoramos la confidencialidad de la información y la vamos dotando de un código, según veamos que su revelación podría suponer un mayor o menor conflicto.

Esta semana he tenido la sensación de que vivía rodeado de personas que guardaban secretos. Algunos eran magníficas noticias, otros sigo sin saber cómo van a afectar a mi economía de andar por casa. Cuando vi a Rajoy en la sesión de control al Gobierno aprecié que todos los diputados que le rodeaban tenían cara de estar apretando el esfínter. Como si no confiasen en la persona que estaba hablando, como si creyesen que, de un momento a otro, iba a desvelar el secreto. Tal vez por eso los políticos sean expertos en cambiar de tema, en salir por los cerros de Úbeda, en distraer la atención para no acabar contando lo que no deben contar. Cortinas de humo. No hemos descubierto nada. Eso fue lo que hizo Esperanza Aguirre cuando habló de reducir el número de diputados de la Asamblea de Madrid o el lío montado con el viaje a Polonia del presidente del Gobierno para ver a La Roja –tiene coña, no me digan que no; ir a Polonia a ver a La Roja-. Dos cambios de conversación para que la verdad no sea desvelada.

3.- Mírate en el espejo y di: “Soy una persona de confianza. Hoy y siempre”.

Lo incómodo del secreto es que cuando se materializa provoca un tsunami de reacciones y opiniones que suelen noquear al protagonista. Por eso este país ha vuelto a dividirse en dos (pura Historia de España): los que pronuncian la palabra ‘rescate’ y los que no. ¿Se imaginan lo que puede pasar cuando se desvele el secreto y veamos que, además de adjuntar la palabra ‘rescate’, lleva una letra pequeña de la que nadie nos había hablado? Yo me lo imagino y lo veo todo como un capítulo de Juego de Tronos. Aunque… ya habíamos quedado que no decir toda la verdad no era mentir. Mola ser poderoso. Todo son ventajas.

Pero con las buenas noticias pasa lo mismo. El secreto se dispara, la noticia sale a la luz y aquello salta con tal presión que, a veces, el noqueado es el protagonista y el que recibe el impacto. Eso suele suceder cuando entra en juego otro factor. No es tanto el de asumir que no formas parte del círculo privilegiado que ayudó a sobrellevar el secreto sino la manera en la que tienes conocimiento del mismo. Como diría un famoso, “me enteré por la prensa”. Que en estos tiempos es como enterarse por el Facebook. Y ni siquiera por el muro de tu Facebook. Ahí es cuando debes asumir que entre las diez o doce personas importantes con las que deseas compartir la buena noticia –la misma que ayer era secreto-, tú ocupas el puesto catorce, dieciocho o, tal vez, veintitrés. Es como si yo no le contase a determinadas personas que en septiembre…¡ups! Casi olvido que eso es un secreto.

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