Jugar al rescate

Escuché la voz de la Comisión Europea con la misma inquietud con la que los concursantes del Un, Dos, Tres escuchaban la voz de los super tacañones. Y tuve la sensación de que ya nos habían rescatado. ¿O debería decir intervenido? La UE ampliaba un año el objetivo de déficit de España pero, a cambio, nos ‘recomendaba’ subir el IVA, retrasar la edad de jubilación a los 67 años y endurecer las prestaciones por desempleo. Y pensé en lo caprichosas que pueden llegar a ser las palabras. Siempre creí que cuando una persona estaba en peligro, el rescate era su salvación. Llegaba el final de la película y uno salía del cine con el espíritu satisfecho porque, aunque solo fuera en la ficción, se había hecho justicia.

El protagonista está secuestrado y le rescatan. La protagonista está agarrada a una tabla tras un naufragio y la rescatan. La familia está asustada, pidiendo auxilio, en un edificio en llamas y es rescatada por el cuerpo de bomberos. Conservé el matiz de la palabra que nos liberaba de un peligro, daño, molestia u opresión.

En el patio del colegio jugábamos al rescate. Y cuando un compañero nos liberaba, rompía la cadena humana, corríamos, cada uno en una dirección, ante el desconcierto de nuestros carceleros, con los pulmones repletos de libertad. Siempre pensé que era bueno ser rescatado.

La serie Perdidos debió influirme mucho porque acabo de volver a pensar en ella. He recordado cuando sus protagonistas veían llegar el rescate, con ilusión, en la cuarta temporada, a la vez que íbamos conociendo como sus vidas se habían roto tras el rescate. En nuestra película, el rescate parece marcar la frontera entre un thriller y la entrada directa en una película de terror. España es la isla de Perdidos. La clase política, los banqueros, los mercados, son el humo negro y los ciudadanos nos debatimos entre las personalidades de Shannon, encomendándonos a la frivolidad; Mr Eko, encomendándonos a la fe; Jack, encomendándonos a la rebelión, y Danielle Rousseau, encomendándonos a la locura.

Las Shannon de este país se mueven en un abanico de inquietudes muy amplio. Van desde la juventud que posa para un anuncio de Loewe con un bolsazo en la cabeza hasta la vehemente audiencia de Gran Hermano. Me sorprende que aún funcione una fórmula televisiva que, imagino, el día menos pensado entrará en autocombustión. Esta semana finalizó Gran Hermano 12+1. Asaltó el muro de mi Facebook. Empecé a leer entradas de personas indignadas porque había ganado un tal Pepe y tenía que haber ganado una tal María. Que a estas alturas aún le interese a alguien la estupidez de Gran Hermano creo que explica nuestra incoherente relación con el voto.

Así que, escribí en mi red social: “Veo gente hablando apasionadamente de la persona que ha ganado Gran Hermano y me cuestiono si debería hacer una limpieza en mi muro de Inicio”. Los que tengan Facebook sabrán de lo que hablo. Los que no, que se lo pregunten a sus nietos. Y recibí esta respuesta. Literal. “por ablar de GH? Prefiero esto que ablar de la crisis o políticos”. Lo escalofriante es que cuando esta persona debió estudiar, no existían los recortes en educación.

Odiaría que de este comentario se destilase una especie de molesta superioridad, de elitismo de alpargata, sobre todo porque soy el primero que adoro ‘lo peor’. Pero, salvo contadísimas excepciones, creo que el que aún ve Gran Hermano y, después de 13 ediciones, lo sigue viviendo con la misma entrega que la primera vez, no sé… creo que es un síntoma. Sí. Me temo que el comentario destila superioridad. Lo detesto. Pero lo de la H invisible no tiene nombre.

Tal vez la línea que separa la frivolidad de la rebelión sea mucho más fina. De Shannon a Jack. Puede que estemos ante un terrorismo ortográfico que pretenda denunciar la dictadura de los mercados. Eso…podría llegar a entenderlo. Con escozor en los ojos, pero podría. Como la gente que suele colarse en el Metro de Madrid. Me parece lógico. Si yo tuviera valor o, simplemente, tuviera la conciencia de un político, también lo haría. Pero como no la tengo, lo único que hago es ayudar a los que se cuelan. Porque en esa actitud hay indignación, reivindicación y hasta casi justicia social. Los noto cuando se pegan a mi espalda para cruzar juntos el torniquete y les dejo. O mantengo un rato abierta la puerta de salida, para que puedan acceder por ella. O entretengo al de seguridad con alguna pregunta imbécil para que ellos y ellas puedan colarse. Porque es una vergüenza que se aprueben subidas en el medio de transporte de la clase media, cada vez más baja, y nadie cuestione los coches oficiales con los que, no lo olviden, la alcaldesa de Madrid iba a la peluquería.

¡Atención Spoiler!: os recuerdo que Shannon y Jack, mueren. Shannon antes.

Algunos me reprochan mi disfrute ante el reality de Alaska y Mario en la MTV como una contradicción a todo mi discurso. Eso se merece un artículo aparte. A ver si la semana que viene, si la prima de riesgo quiere, me veo con ánimos para afrontar ese tema.

 

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