Jennifer Aniston perjudica seriamente la salud

Como vivir en un constante bombardeo. Como si la sirena antiaérea no interrumpiese su sonido jamás. Como acostumbrarse a un acúfeno infernal. Puede que no seamos conscientes de ello, pero así vivimos. Desde que nos levantamos hasta que regresamos a la cama, la sirena de alarma nos avisa de que lo peor aún está por llegar. Y los ciudadanos, que saben tanto de macroeconomía como de agujeros negros de Kerr-Newman, miran al cielo, intentan descubrir en el horizonte la silueta del avión que va a bombardearles para, calcular entonces, si les dará tiempo a buscar refugio.

Todos los informativos abren con la misma noticia, pero seguimos sin saber nada de macroeconomía. Nos suena. Nos suena mal. Nos hemos acostumbrado a escuchar conceptos como ‘activos tóxicos’ o ‘rating’, pero muy pocos son capaces de explicar de qué nos están hablando realmente. Por eso somos vulnerables a su poder. Es un vínculo muy primitivo: temer lo que desconoces.

La prima de riesgo, como es lógico, se ha convertido en algo muy familiar. Nunca habíamos oído hablar de ella antes, como sucedía con esos viejos familiares que se fueron a hacer las Américas y que al morir testaban a tu favor y te forraban de millones. Pues como esos, pero con deudas. Aceptamos prima como parte de la familia. Somos siete y la prima de riesgo, por ejemplo. Algo que no encaja, pero está. Como le sucedía a Marilyn Munster. Una especie de familiar patoso que, cuando menos te lo esperas, se cae por las escaleras y te jode las vacaciones. Una incertidumbre más. De esa manera estamos, conscientemente, al servicio del miedo. Y lo peor de estos bombardeos indiscriminados es que ni siquiera sabemos donde están los refugios.

El cine, las películas, durante décadas han sido el refugio de una sociedad en busca y captura de la felicidad. Las historias que veíamos en la gran pantalla incentivaban esa búsqueda. Pero ahora, parece que alguien ha descubierto un ‘activo tóxico’ en la cartelera. Una joven americana, Chloe Angyal, ha publicado una tesis doctoral en la que manifiesta que la comedia romántica perjudica seriamente la salud de la sociedad.

Ese perverso argumento ha desconcertado especialmente a las mujeres. Los hombres no; ellos ven comedias románticas por ellas. Una conocida dice que desde que comenzó la crisis, y con más intensidad desde que empezamos a cotizar en el mercado de las desgracias, se había aficionado a la comedia romántica como terapia de choque. Llegaba a casa, tras una jornada de temores, recortes y exigencias, y se enchufaba a una de Jennifer Aniston o de Katherine Heigl. Y decía que el cerebro se le licuaba un poquito, como si se metiera un pico de cursilería, se anulaba su capacidad de temer y olvidaba el bombardeo. Sabía que no era bueno, pero tampoco tan malo. Como entregarse, de vez en cuando, al deleite irracional de un menú del Kentucky Fried Chicken.

El estudio de Angyal parte de la teoría de que las comedias románticas siempre han reflejado los valores de su tiempo. Pero en esa escala de valores, el rol hombre-mujer no ha cambiado en lo esencial. Puede que ella ya no sea una mujer de la alta sociedad dispuesta a contraer matrimonio por segunda vez, como Katharine Hepburn en Historias de Filadelfia, y ahora sea una poderosa editora a punto de ser deportada a Canadá, como Sandra Bullock en La proposición. Pero en el fondo, el argumento viene a burlarse del feminismo, de la mujer con poder, independiente, para acabar destilando que lo importante es el amor –representado en un hombre guapo, con una sonrisa encantadora, dispuesto a redimirte- y la familia. Moraleja: el triunfo profesional y el feminismo te convertirán en una solterona amargada que oposita a vivir rodeada de gatos que, un mal día, se comerán tus ojos.

No soy muy partidario de buscar mensajes subliminales en el entretenimiento. Deberíamos disfrutarlo y ya está. Sin embargo, es lógico que pensemos que la cultura popular es muy efectiva a la hora de trasladar valores a una sociedad. Y es efectiva porque es entretenida. Mientras que la comedia romántica, desde 1930 hasta los años cincuenta, fue muy rentable para Hollywood y ayudó a los americanos a salir de la crisis que derivó en la Gran Depresión, el género actual no marca un objetivo, un sueño, una meta. Es, simplemente, opio. Películas como La fiera de mi niña, Sucedió una noche o Sabrina encumbraban a esos personajes como símbolos cotidianos, como los habitantes de un futuro mejor. Los de ahora, cuando nadie se atreve a hablar de futuro, cuando las promesas no se han cumplido, sobreviven como caricaturas ridículas, ñoñas, vacías, frívolas, perdidas buscando autor.

Mi conocida dice que, en ese caso, deberían aparecer mensajes disuasorios, advertencias, como las de las cajetillas de tabaco, en las carátulas de las películas. Y en los carteles cinematográficos. O mejor aún, una foto del antes y después de Meg Ryan, musa de la comedia romántica en los 90, para que la gente pueda comprobar las secuelas físicas que provoca el género.

La sirena antiaérea no ha dejado de sonar. Puede que la comedia romántica ya no sea el mejor refugio. Puede que ahora lo que esta sociedad necesite sea compromiso. Para eso, siempre nos quedará Ken Loach.

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  1. Ayer precisamente me tragué yo un bodrio colosal buscando algo de “buen rollismo”. NEW YEAR’S EVE. Decir fatal es quedarme corto. ¡Saludos!

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