El fin de una era

Los intelectuales me atemorizan. Pero, como en la socorrida excusa para las rupturas sentimentales, no son ellos; soy yo. Me sube la inferioridad en sangre y me asusta no entenderlos, no comprender lo que intentan transmitirme, no ser su audiencia. En la era digital, donde todo aparece relativo, el papel del intelectual se enturbia, como las inalcanzables estrellas del Hollywood dorado, encerradas en sus casas inaccesibles, negándole al mundo la oportunidad de ver su mutis final. Ese aislamiento siempre me pareció lógico. Si quieren circo, que vuelvan al Coliseo. Aunque los intelectuales me amedrenten, me preocupa que la luz de su faro se vaya atenuando como una lámpara halógena.

Todo es veloz y furioso, como una carrera ilegal de coches. Nuestra vida cotidiana contrasta con los tiempos que nos marca la información, la opinión, la opinión desinformada, la desinformación como género periodístico,… Y en muchos casos, una información no creada por profesionales sino por mercenarios (Intereconomía) o por consumidores ideológicos que, gracias a la era digital, presumen de no necesitar periodistas y ser ellos los que crean opinión, informan desde una verdad absoluta y cuentan aquello que nadie se atreve a contar. Y no veo ningún problema en eso excepto que estoy cansado de encontrarme en las redes sociales comentarios, noticias compartidas, que son rumores o, peor aún, novedades de hace años que un usuario decide actualizar para encender una nueva mecha. No hace mucho, vi en mi red social que había vuelto a ponerse de moda el insigne Aquilino Polaino. Y no con un suceso nuevo, no; con el mismo de hace siete años. Y uno ya no sabe si es que el nivel de desinformación es salvaje o que todo vale para sentir que vivimos una revolución.

Tal vez ese sea el auténtico mal de nuestro tiempo: la dictadura de la audiencia. En los perversos tiempos de la reinvención –¡le estoy cogiendo una manía a esa palabra!- todo aquello que no ostente poder, entendiendo el poder como demostración de fuerza, ya sea económica o ideológica, tiene la obligación de ingeniárselas de nuevo para volver a tener pieza en el tablero. Y la audiencia, desde el estatus de la masa, cumple con su objetivo.

El ‘poder’ le exige a la limpiadora de hotel que si no encuentra trabajo en lo suyo, tiene que reinventarse. Y ella, a sus cincuenta años, hace un curso para intentar ser pinche de cocina. Y aunque el componente humano de la historia me parezca vendible, deseo, como un niño en noche de reyes, ver a algún ministro, a algún político, a algún banquero, reinventándose en los cursos del INEM. ¿Qué tal si Rodrigo Rato se reinventa después de salir de FMI y de Bankia con la valía cuestionada? ¿Qué tal un Rodrigo Rato gasolinero? ¿O dependiente de una boutique de caballeros? ¿O programador informático? Pero ellos no. Ellos son una casta, ellos no necesitan reinventarse, eso es para nosotros, para los parias. Los mismos que tenemos que ajustarnos el cinturón mientras ellos se hacen un agujero más. Y esa casta puede que sea la que le arrebate el poder ético y cultural a los intelectuales. De hecho, ellos son los principales beneficiados con su desaparición.

Me pregunto cómo lograrán los intelectuales dar con la palabra exacta, la clave del análisis, la reflexión cerebral, en un mundo cada vez más hundido en lo relativo. Me pregunto si son conscientes de que hablan y escriben para una audiencia invisible. La dictadura de la audiencia acabará con todo. El individuo no vale nada por sí mismo. La masa, ese grupo ignorante y hambriento de carroña, impone su orden. Y no confundir masa con mayoría, que mientras el primero es vísceral, primitivo, no atiende a razón porque es epidermis, la mayoría puede ser razonable siempre que su capacidad de análisis no haya sido adulterada por el miedo, la ambición o la venganza.

Hace unas semanas leí un artículo del escritor mexicano Jorge Volpi. Escribía sobre el último libro del Nobel Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. En él, Volpi analizaba las claves por las que Vargas Llosa diagnosticaba el final de una era: la de los intelectuales. Según él, la cultura, la política, la religión, incluso el sexo, han sido pervertidas por “la gangrena de la frivolidad”. Eso significa “tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y la representación hace las veces de sentimiento e idea”. Por eso vivimos en una civilización del espectáculo. Una era en la que todos actuamos y nadie quiere reflexionar. Una era en la que los intelectuales, como los sabios místicos de Cristal Oscuro, van desapareciendo, abandonando a la sociedad a no tener un guía, quizá una élite erudita, que permita o ayude a separar lo bueno de lo malo, en sentido ético y estético.

En esta sociedad de fast food, los intelectuales parecen no tener cabida. Otra pérdida más que añadir a este enorme carro de supermercado que vamos empujando por los pasillos de un centro comercial lleno de estantes vacíos, como esos que aparecen en las películas que retratan la amenaza del fin del mundo.

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  1. Xosé Anxo

    Paco, acabo de colgar este artículo en el fabook, para tu curiosidad también en el facebook de Espacio en Blanco y en cuestión se segundos ya tengo varios “me gusta”, lo gracioso es que creo que no les dío tiempo a leerlo, eso me hace reflexionar. Un saludo, gran trabajo.

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