Por sentir

Tenemos que creer. Para mí es fundamental. Pienso que necesitamos creer, confiar en algo o alguien es nuestro combustible. Hay quien prefiere creer en un dios todopoderoso, o lo que es lo mismo, en el negocio de la iglesia. Y los hay que preferimos creer en algo más inmediato, más próximo, como es el ser humano. Un arma de doble filo, lo sé, porque creer en el ser humano implica asumir la enorme capacidad que tenemos de hacer cosas buenas pero también la tremenda disposición a caminar por el lado oscuro para descansar un poco en la cuneta de lo atroz. Somos así. Eso ya va en el combustible que cada uno utilice en su trayecto.

Por eso, lo que a mí me ayuda a avanzar, a salpicar con ilusión -en la Comunidad de Madrid, la palabra ‘esperanza’ ha desnaturalizado su significado- cada mañana, es la confianza en mis contemporáneos, en las personas con las que me cruzo por la calle, en su capacidad de hacer cosas buenas, como ya las hicieron los individuos de generaciones anteriores. También es una confianza ciega, como la de aquellos que tienen fe, pero al menos la mía tiene una recompensa más lógica. Creo en el científico que trabaja para encontrar la vacuna del vih, creo en el profesor que imparte conocimientos y educa en el respeto y la diversidad, creo en el médico que me escucha en su consulta y, sobre todo, me cura. Y tengo que creer en la Justicia, para confiar en que aquellos que decidan ir por la vida con el combustible equivocado, sean castigados por ello.

Por eso tengo verdaderas crisis de fe cuando leo noticias como esta: “El Tribunal Supremo deniega el asilo a un joven homosexual iraní porque no pudo demostrar que fuera perseguido por su orientación sexual”. Me sorprende que haya que demostrarlo. En Irán, a los gays se les puede matar. O sea, que ser gay y nacer en Irán ya es, en sí mismo, un fundamento. Como ser mujer y vivir en Ciudad Juárez.

No conozco a Mostafa, que así se llama el chico que reclamó asilo. No soy tan ingenuo como para no entender que es verdad que Mostafa podría ser uno de esos cuyo combustible para ir por la vida es hacer daño a los demás y lo de ser gay fuera solo una excusa para obtener el asilo. Puede, claro. También el Rey puede decir que no volverá a suceder y puede volver a suceder. Claro. Podemos desconfiar de todo el mundo y hacer del planeta una especie de secuencia de Mad Max. Pero, en principio, pienso en la vida de un gay en Irán y se me encoje el corazón.

No voy a entrar en si la versión de Mostafa es creíble o no, o en si incurrió en numerosas contradicciones, como se argumenta desde la sala de locontencioso-administrativo. Lo que me llama la atención son los argumentos que los magistrados han reflejado en la sentencia para denegar la solicitud de asilo. Para ellos, no se aprecia la existencia de temores fundados de persecución ya que Mostafa no aportó indicios del hostigamiento que decía padecer y, además, a los magistrados les llama la atención que hiciera el servicio militar en Irán y lo superase sin dificultades, teniendo en cuenta lo duramente que se castiga la homosexualidad en ese país.

Repito que no conozco a Mostafa y seguramente los magistrados tienen más datos que yo para valorar el tema. Pero hay algo en lo que sí tengo más datos que los magistrados. Sospecho que los magistrados tienen un concepto de la homosexualidad un poco Mariano Ozores, o sea, al homosexual se le ve a la legua, se pondría el uniforme con un pañuelo de lunares al cuello, haría la mili y pegaría un gritito cada vez que disparase el arma,… vamos, la parodia. Claro, así es difícil comprender como no fue identificado de inmediato. Lógicamente, para que existan temores fundados de persecución, el gay debería haber sido identificado y, acto seguido, apaleado, humillado, castigado, mutilado, violado, y, si después de todo eso, aún está vivo, nos parecería razonable pedir asilo político fuera de Irán.

Me preocupa que los jueces, que interpretan la ley con una minuciosidad de neurocirujano, no sean capaces de comprender una ley tan elemental como la de la supervivencia. Supongo que cuando eres gay en Irán lo primero que se aprende es a pasar desapercibido. Si se hace en un pueblo de Palencia, como no va a pasar en Irán. Y parece increíble que eso se les pase por alto a los jueces.

A los jueces les diría que en este país, al menos hasta mi generación, y posiblemente aún suceda, lo primero que aprende un gay o una lesbiana es a ser invisible, a fingir como ninguno de ustedes sería capaz de fingir en su vida; incluso hemos amado a quien no nos excitaba, imagínense si somos capaces de fingir. Y todo eso, para sobrevivir. Así que, la próxima vez que se enfrenten a una petición de asilo por parte de un homosexual, lesbiana, bisexual o transexual que llega de un país en el que su vida está en juego por amar, no se queden en que si se le nota o no, en si le violaron o no, e intenten conocer mejor lo que nos pasa por dentro. Porque las marcas en la piel solo son las consecuencias externas que provocan aquellos que no aceptan lo que nos pasa por dentro. Porque por dentro es por donde circulan nuestros sentimientos y cuando se nos persigue, se nos persigue por eso, por sentir. Sé que es difícil pero yo confío en que ustedes lo lograrán. Permítanme un deseo. Que no tengamos que dar nunca la noticia de un joven iraní llamado Mostafa asesinado en su país por mantener relaciones sexuales con otro hombre.

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