El artículo de la ira

La habitación está enmoquetada de abandono. Sus paredes vacías, mal pintadas, desconchadas, provocan la misma sensación de desamparo que un perro mojado bajo la lluvia. Está tan mal iluminada como una pesadilla y los muebles que contiene parecen rescatados de una hoguera gitana. Y, sin embargo, entran en ella con la complacencia del que intuye que va a recibir el mejor masaje de su vida. Solo llevan un bate de béisbol en la mano y toda la ira que son capaces de contener. Los quince minutos empiezan ¡ya! Y recomiendan no dejar un títere con cabeza.

Así son las ‘habitaciones de la ira’, un invento estadounidense, con algunos añitos, que, a pesar de tener en contra a todos los psicoanalistas del planeta, sigue dándole beneficios a su creadora. Por 25 dólares, puedes liberar tu rabia, tensión o frustración a ‘hostia’ limpia. El cliente decide si quiere destrozar una oficina, un salón o una cocina. Si quiere cargarse un ordenador personal, un televisión o darle a la presencia silenciosa de un dummie, ya saben, el muñeco que se emplea en las pruebas de seguridad de los automóviles. Y cuentan que sales como nuevo. Mucho mejor hacerlo así que no acabar como el personaje de Michael Douglas en Un día de furia.

Sin pretender forrarme como la señora americana que se inventó eso de la habitación de la ira, he creado mi propio ‘artículo de la ira’. No rompo nada pero sí golpeo con furia el teclado de mi portátil. Descargo en él, y en las palabras, toda la rabia contenida durante la semana y así, el resto de días, podré seguir siendo el ciudadano ejemplar del que una madre se sentiría orgullosa. A falta de ordenadores y vajillas que destruir, tengo noticias, impresiones, reflexiones, opiniones y hasta una bomba de neutrones listas para estallar.

Ignorar el dolor que produce la injusticia.

El miércoles lo leí y tuve la sensación de que no se podía explicar mejor. Estaba escrito por Manuel Cruz, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, y publicado en El País, el periódico que ha anunciado un ERE “importante” a sus trabajadores. La frase exacta era: “Algo permite identificar el discurso conservador; siempre ignora el dolor que produce la injusticia”. Perfecta definición.

Una ministra de Sanidad nunca debería tener ese color de piel.

Y menos en invierno. Porque aún en verano podemos pensar que es de pigmentación tostada, que atrae los rayos de sol como un banquero llama a los beneficios, y que con un ratito en la cubierta del yate es suficiente para ponerse como un brownie. Pero en invierno…mantener ese color, rozando la tanorexia, en pleno mes de enero… Lo de Ana Mato me preocupa. Ese color de piel no puede ser saludable. Cualquier dermatólogo redactaría un completo informe con trescientas razones por las cuales una persona, con ese bronce tan peligrosamente artificial, no debería estar al frente de la cartera de Sanidad. Y lo digo yo, que adoro el artificio. Y los polvos de terracota.

El obispo de Alcalá de Henares quiere ser el padre Apeles.

Es una pesada. Debe creer que el puesto de polemista oficial del reino (de los cielos) está vacante y no cesa en su afán por demostrarnos que a maldiciente no hay quien le gane. El hábito no hace al monje, él lo sabe mejor que nadie, y algunas personas afrontan la vida como si fuera el plató de un debate sobre la muerte de Carmina Ordóñez o la relación de pareja de don Juan Carlos y doña Sofía. Uno de esos debates donde lo importante es el rédito económico que se obtenga del insulto, la descalificación y el ataque. Supongo que, en las financias espirituales de monseñor Reig, estas últimas semanas están procurándole grandes audiencias. Tras la famosa homilía de los “bares de hombres nocturnos” con la que nos obsequió en Semana Santa, ahora publica en la web de la diócesis de Alcalá de Henares, cartas de personas que han dejado la vida gay. Los argumentos, con prosa literaria, de las cartas han desencadenado en mí una ciclogénesis explosiva como la que viví, en su momento, cuando Carlos Jesús desveló lo de las trece millones de naves de una confederación intergaláctica que iban a llegar a la Tierra. Yo, si un tumor cerebral me llevase a pensar como monseñor Reig, creo que abandonaría esa obsesión por la homosexualidad, que Freud ya hubiera diagnosticado perfectamente, y concentraría todo mi esfuerzo en intentar mantener el negocio, que se está quedando sin seminaristas y a ver quien reparte las ‘hostias’ (sagradas) el día de mañana.

Cuando el Gobierno justifica sus abusos de poder en el apoyo que le brindó la mayoría de la sociedad en las elecciones generales quiere decir que solo gobierna para sus votantes, no para todos los españoles.

Nadie apoyaba en el Congreso de los Diputados los presupuestos del Estado redactados por el gobierno conservador. De repente, les apoya Foro y UPN, que es como si ganas OT con los votos de los primeros expulsados de la academia. Montoro, el primer ministro de Economía del mundo que nos dice qué debemos y qué no debemos ver en televisión, subió a la tribuna de (perf)oradores y, una vez más, repitió el mantra que rige los cerebros del Partido Popular desde las penúltimas elecciones. Montoro, el ministro con apellido de película de animación japonesa, dijo que ese “era el mandato del pueblo español”. Y añadió -¡oh, joya en el loto!- que ellos gobernaban “con los apoyos que le ha dado la sociedad”, que son “los mayores que tiene ningún gobierno en Europa en estos momentos”.

Eso quiere decir que los recortes en sanidad, el copago de los medicamentos, la masificación en las aulas, el desprestigio de los maestros, el encarecimiento de la universidad, la elección a dedo del presidente de RTVE, la reforma laboral que permite que nos despidan por estar enfermos, el empobrecimiento de nuestra cultura,…todo eso, es culpa de los ciudadanos y ciudadanas que votaron al PP. Culpa de ellos, que les eligieron. Eso da a entender su gobierno cada vez que se ampara en sus votos para hacer injusticia social. Digo ‘su gobierno’ y no ‘nuestro gobierno’ porque, con esas declaraciones, constatan que están gobernando para sus votantes, no para el resto de ciudadanos, que, si sumamos todos los votos del resto de fuerzas políticas, más los nulos, abstenciones y aquellas personas que no acudieron a votar, dan como resultado una mayoría inmensamente superior a la suya.

Y ahora, más tranquilo, voy a ver si compro unas flores para llenar de vida un jarrón que anda por casa más perdido que el tipo que dirige la carrera de Rosa de España.

 

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  1. Por más que intento no pensar y anestesiarme con cualquier cosa, al final me sale el miedo por todos los orificios de mi cuerpo… menudo panorama.

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