Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir.

“Son las tres frases que más veces pronuncia un hombre infiel”, dijo una compañera del trabajo. “Son un básico de la excusa masculina. Pueden alterar el orden, decir primero una y luego otra, pero vamos que las dicen con la misma ligereza con la que se beben un vaso de agua: de tres sorbos”. Esta chica me contaba que su penúltimo novio, al que pilló en dos infidelidades, cuando se sentía acorralado por la evidencia, y tras intentar culpabilizarla primero de sus propios cuernos, acababa soltando estas tres frases mágicas como si fueran un mantra con el que expiar las culpas. Ella confiesa que si se pronuncian bien tienen un efecto casi hipnótico, como el que tiene Axel Kicillof, viceministro argentino de economía, sobre la presidenta Fernández de Kirchner. Conozco a muchos que ante una mirada de Kicillof serían capaces de dejarse expropiar el jamón ibérico, la siesta y a su madre, si me apuras.

Algo de eso habrá en las tres frases, en esas palabras, que, aunque las cambies de contexto, siguen manteniendo un cierto poder. El miércoles pasado, un buen porcentaje de ciudadanos reaccionó a las palabras del Rey de España como cuando veían Shrek y el gato con botas llenaba sus ojitos de lágrimas, a lo película manga, y se les ablandaba el corazón. Lo que se les olvidaba era que esa mirada no era más que una estrategia del gato con botas para acabar saliéndose con la suya.

Media España -prefiero quedarme corto- dejó escapar dos pucheros cuando escucharon a don Juan Carlos decir ‘lo siento mucho/me he equivocado/no volverá a ocurrir’ con la ceremonia del abuelito que se ha portado mal y al que la nuera le ordena que se disculpe ante toda la familia por haber perdido las llaves de casa que cogió sin permiso. Bajar la mirada para descubrir los ojos llorosos propios de la edad mientras se pronuncia un ‘lo siento mucho’, en una organizada puesta en escena que de tan austera resulta incómoda, ha hecho que la misma España escandalizada y avergonzada vuelva a cerrarse en falso tras las tres frases mágicas. “La pena como técnica básica de manipulación”, dijo mi compañera. “Muy masculino”, añadió.

Y aunque creo, como leí el pasado fin de semana, que la clave está en qué hubiera pasado si no se hubiese caído (¿de qué sirve decir que no volverá a ocurrir si posiblemente nunca sepamos si vuelve a ocurrir?), aplaudo el funcionamiento de la Casa Real. Ya me gustaría a mí que el PP o el PSOE o cualquier partido político, incluso la hostigadora Conferencia Episcopal, funcionasen como la Casa Real. Y me refiero a una institución que se hace eco de lo que opina y preocupa al pueblo y se enfrenta al malestar obligando al monarca a pedir perdón. Tres frases hechas,  interpretadas más desde el bochorno de tener que hacerlo que desde la convicción, que yo pagaría por escuchar alguna vez de la boca de un solo político en este país. Un político que se enfrentase a la opinión pública solo, sin media docena de señores y señoras cubriéndole las espaldas, que ahora parece que no hay manera de obtener una declaración de un político si no está arropado por media docena de rostros a cual más inquietante. Un político, un cura, un banquero, que pidiese perdón por sus errores y reconociese que se equivocó. Que se equivocó aprobando el Plan E, que se equivocó consintiendo un hotel en Es Trenc, que se equivocó engañando a los ahorradores de su banco con productos tóxicos, que se equivocó quitando la publicidad de TVE, que se equivocó en su homilía de Viernes Santo, que se equivocó con la reforma laboral,… Nunca lo harán. El Rey acabará pasando a la historia como un señor más sensato y ejemplar que la inmensa clase política española.

Si hubiera un psicoanalista de países, con España ya se podría retirar. Aquí nos indignamos con la misma facilidad con la que olvidamos. ¿Quién piensa ahora en Garzón? Casi nadie. Ahora nos tenemos que conformar con un patriotismo de alpargata frente al asunto YPF Repsol cuando a mí Repsol, la segunda empresa española con más presencia en paraísos fiscales, me da igual. No soy accionista de la empresa. Ni hijo de accionista de la empresa. Sería más ejemplar que el Gobierno, en lugar de tomarse ese tema como una cuestión de Estado, se preocupase más por el estado de sus ciudadanos. Y que conste que la Kirchner no me cae nada bien, pero me hace gracia que nuestro Gobierno considere inadmisible que un partido, amparándose en la mayoría obtenida en las urnas, haga y deshaga a su antojo, promulgue y derogue leyes, creando su propio reino de taifas, como casualmente ellos están haciendo en este país y sus comunidades autónomas. Y si no, ya me lo dirán cuando cambien también la ley de RTVE.

Mi compañera dice que lo de ella posiblemente sea un prejuicio basado en la experiencia. Yo le resto importancia, le digo que no todos los hombres son infieles por naturaleza. Y ella me mira con un recelo tal que, ante la presión del silencio, como guiado por un impulso incontrolable, acabo por decir: “Lo siento. Puede que me haya equivocado. No volverá a ocurrir”. Y noto que respira relajada.

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Un Comentario

  1. CITIZENJUANJO

    Los hombres sí somos infieles. Su amiga de usted debería asumirlo de una vez y dejar de odiarnos por ello. No es culpa nuestra, ha sido así siempre en todas las especies -salvo pocas excepciones-. Y es cierto, las tres frasecitas dan mucha risa.

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