Graffitis de conciencia histórica

Elliot aguarda en el coche a su amigo Oliver. Oliver, en la clandestinidad de la noche, pinta un graffiti en un muro de la ciudad. Pintar en las paredes siempre fue un acto de desobediencia civil. Oliver escribe: “1985. Bush encuentra a Jesús”. Elliot, que posiblemente esperaba que el muro sirviera de soporte a una mínima declaración de amor o simplemente fuera el gran recuadro en el que encajar la firma -¿alguien ha logrado introducir su firma en los espacios que hay en el reverso de las tarjetas de crédito?-, se sorprende al leer eso. “¿Eso qué es?”, le pregunta. Y Oliver contesta: “Es conciencia histórica. Algo importante”. Y se pasan la noche recordando en los muros de su ciudad que en 1983 aparecieron los McNuggets de pollo o que en 2003 Britney Spears fue el nombre más buscado en Google.

Posiblemente sea una de las mejores secuencias de Beginners, la película de Mike Mills que le valió el Oscar al inmenso Christopher Plummer por interpretar a un padre de familia que salía del armario a los 75 años. No solo me pareció una secuencia que tenía mucho de poesía urbana, sino que sentí que debía convertirse en inspiración, como la carrera hacia el mar del joven Antoine Doinel en Los 400 golpes de Truffaut. Un acto de amor al cine entendido como un ejercicio de amor a la vida. Un servicio público camuflado en un episodio de desobediencia civil.

Empiezo a pensar, con todo el dolor de un padrastro, que los ciudadanos tenemos los políticos que nos merecemos. O que, al menos, se merece la mayoría, que en eso se basa la democracia. Que votamos con la misma responsabilidad con la que elegimos quién debe abandonar la casa de Gran Hermano o salir de la isla de Supervivientes. Votamos por filias o fobias, con rencor o con devoción, pero no con responsabilidad. Y como todo se pega menos la hermosura, intuyo que, como los políticos, cada vez tenemos peor memoria. Aunque sea una mala memoria interesada. Nuestra mente se vuelve peligrosamente selectiva, sin necesidad de insertarnos cápsulas en la cabeza, como les sucedía a los protagonistas del tercer capítulo de Black Mirror (si todavía no ha visto la miniserie de Charlie Brooker, abandone este artículo y salte sobre Internet, a ver si la localiza porque les aseguro que es de lo mejor que he visto en televisión en los últimos años). Somos un país al que no le gusta rebobinar. Recuerdo el videoclub de mi barrio, lleno de carteles en los que se pedía, suplicaba, exigía a los clientes que devolviesen las cintas de VHS rebobinadas. Y ni por esas. No queremos gastar los cabezales así que, no rebobinamos. Los ciudadanos decidimos vivir con una sufrida intensidad el presente pero vaciamos papelera cada vez más pronto. Supongo que es una manera de sobrevivir. Pero sobrevivir sin memoria me parece la peor manera de sobrevivir.

Antes de que el ministro del Interior, el señor Fernández Díaz, disponga que escribir en las paredes es “delito de integración en organización criminal”, propongo crear un equipo nacional de graffiteros de la conciencia histórica. Ir escribiendo, en los muros de nuestros barrios, ciudades y pueblos, pequeñas fechas que nuestros contemporáneos no deberían olvidar. Por ejemplo, “2010. Zapatero hace una política neoliberal”. O “2004. Rajoy dice que van a hacer en España lo que Matas hizo en Baleares”. O “2009. El PSOE deja a TVE sin publicidad (y sin oxígeno)”. O “2011. Duran i Lleida, líder de CiU, defiende el uso de terapias para sanar la homosexualidad”. Y así por todos los muros de la ciudad. Graffitis de conciencia histórica.

He visto una pared de ladrillo rojo a varias manzanas de mi casa. Es un panel perfecto. Creo que incluso está cerca de la casa del ministro Gallardón; o sea que cuando salga a pasear al perro, como hace habitualmente, lo verá. Creo que voy a emplear un spray amarillo. No es patriotismo pero un buen amarillo sobre fondo rojo siempre llama la atención. Mi graffiti de conciencia histórica será: “2012. El PP nos quita el sueño y las posibilidades de soñar”.

Las declaraciones del ministro Montoro asegurando que recortan de TVE porque las series en España “son muy caras” y, total, “no dejan de ser ocio para pasar un buen rato delante del televisor”, me parecen crueles. No solo destilan un desprecio por la cultura y la famélica industria del espectáculo –total, son todos rojos-, sino que ignoran que las series de televisión generan muchos puestos de trabajo. Que ahora parece que el único empleo que hay que proteger en este país es el de los albañiles y el de los empleados de una inmobiliaria, y desde luego que sí. Pero si eres actor, maquillador, estilista o guionista, bueno…ese tipo de trabajos no cuentan. Total, son profesiones que viven en constante crisis.

Intentar desprestigiar el ocio me parece una ofensa. Creer que un país puede sobrevivir sin que nadie invente historias, nos cuente cuentos, haga ficción, es la más cruel de las realidades. Ahora que Esperanza Aguirre sube el precio del metro, el transporte más usado por los más desfavorecidos, llega Montoro y les dice que ese tiempo que pasan delante de la televisión, que esa válvula de escape para soportar esta injusta vida porque no tienen dinero para más, es algo superfluo y nada productivo. Como escribió Millás, estamos hechos de pan y de novelas. Si nos quitan el pan, ¿por qué quieren quitarnos también las novelas?

Nuestros políticos han preferido que los temamos a que los respetemos. Allá ellos. Yo espero que, muy pronto, las ciudades sean un grandioso volumen de graffitis de conciencia histórica. A ver si aprendemos a reflexionar de una vez.

 

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