8 estaciones

Primera estación: Me he quedado sin aceite. Quedarse sin aceite en la cocina provoca la misma sensación de fracaso que salir de una sauna un domingo por la noche. Un desagradable despiste cotidiano. Hoy era uno de esos días en los que pretendía darme el gustazo de pasar veinticuatro horas en pijama y, lamentablemente, no va a ser así. Los vecinos de arriba han reiniciado las obras. Empiezo a pensar que soy un tipo afortunado. Debo rescatar de mi pasado la virtud de la paciencia. Quizá se hayan tomado como algo personal la crisis en la construcción y su conciencia les obligue a dar trabajo a albañiles, fontaneros y electricistas hasta que salgamos de la recesión. Tal vez su casa sea una especie de Orlan, la artista francesa que comenzó a modificar su cuerpo con operaciones como una manera de alterar el templo que contiene el alma. Una casa en permanente transformación. Mejor me voy a la calle a por aceite.

Segunda estación: Aprovecho y salgo a la calle cargado con la bolsa del vidrio, la bolsa de los envases, la bolsa del papel y un puñado de pilas en los bolsillos. Yo mismo soy una planta de reciclaje. Lo orgánico no se puede tirar hasta las 8 de la noche. Ordenanza municipal. Parezco un homeless. Para que luego digan que no nos comprometemos con el medio ambiente. Si la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y su consejera de Medio Ambiente, Isabel Mariño, hicieran la mitad por reducir los niveles de contaminación de esta ciudad, tal vez mis ojos no cumplirían seis meses de irritación.

Tercera estación: He entrado en una tienda de calzoncillos. Les puedo asegurar que existe un calzoncillo con bolsillo frontal. Sí, exactamente ahí donde usted se lo imagina. He intentado averiguar si la empresa textil era alemana y nos estaba enviando un mensaje tipo ‘ya que os tocáis las pelotas, por lo menos tocároslas con este calzoncillo puesto’. También he visto gran parte del muestrario de Andrew Christian, un diseñador californiano que ha llegado a la conclusión de que lo que más le importa a un hombre es el volumen de su paquete. El señor ha creado una línea de ropa interior y trajes de baño dotada, nunca mejor dicho, del sistema ‘show it’, que aumenta hasta 4 cm visuales el volumen de la zona genital, gracias a una ‘copa’ oculta. Claro, por eso España presume, de cara a Europa, de su ‘paquete de medidas’. No importa lo que haya detrás; lo que importa es el paquete. Y…¿cuál será su copa oculta?

Cuarta estación: Me encuentro con el modisto Lorenzo Caprile. Ha adelgazado muchísimo. Le pregunto si hace alguna dieta y me contesta: “La única dieta efectiva: no comer”. Ese hombre, que era capaz de rebañar con el dedo un cuenco con alioli, ahora se conforma con un tomate y un chorrito de aceite. El aceite, que no se me olvide. Caprile me regala un bolígrafo que compró en Nueva York con la forma de una Virgen María. Se llama MaryPen. “Join the religious write”. El embalaje explica que es el bolígrafo perfecto para escribir tus mejores deseos. Le cuento a Lorenzo que mi mayor deseo, en ese instante, es finalizar la pequeña pieza teatral que estoy escribiendo y que estaría escribiendo si no fuera porque tengo a la empresa que derribó el muro de Berlín encima de mi cabeza.

 

 

Quinta estación: Me asalta un pensamiento. Recuerdo que leí un artículo en el que se hablaba de los creadores que dejaban atrás el lamento y recurrían al entusiasmo. Por supuesto, hablaban de La Casa de la Portera, el proyecto cultural de José Martret y Alberto Puraenvidia. Y analicé si formaba parte del grupo de creadores del lamento o, más bien, de los del entusiasmo. Y me horrorizó comprobar que tengo días en los que me abandono en el primer grupo como esos personajes secundarios que deben morir devorados por zombies o sepultados bajo los escombros para que los protagonistas puedan avanzar la trama de la película. No me gustó la sensación. Ni en mí ni a mi alrededor. Ayer mismo, un oyente del programa de radio que dirijo y presento en RNE irrumpió, a través de una red social, y me soltó: “¿Cómo es que el gobierno del PP está tardando tanto en arrasaros?” Quiero pensar que hay buena intención detrás, puede que hasta una incómoda compasión, pero está claro que estamos suspendiendo en habilidades sociales.

Sexta estación: Paso frente a un contenedor de basura quemado. Detesto esa violencia primitiva, irracional, vandálica. Pero comprendo la irritación y la impotencia de aquellos que ven que el mismo gobierno que ha decidido premiar con una amnistía fiscal a los ricos que evaden impuestos –porque con una nómina mileurista poco se puede evadir-, equipara los disturbios con el terrorismo de baja intensidad. Hemos pasado de un comando terrorista a otro. Ambos quieren imponer su ley: unos lo hacían con tiros en la nuca; otros lo hacen con primas de riesgo y recortes. Unos mataban; otros no nos dejan vivir. Y esto no es un lamento. Esto es indignación.

Séptima estación: He comprado una barra de pan y unos macarons. No sé dónde estaban los macarons hace tres años pero ahora están en todas partes. Mientras pago me fijo en la botonadura de mi camisa. Se siente la tensión en la zona abdominal. Debería afrontar con madurez que en algunas prendas ya no tengo la talla S. Ya no soy S. Ahora soy aquel, como Raphael. Me planteo si hacerme ‘oso’. A veces las decisiones nacen de la obligatoriedad. Vaya, ya parezco una excusa del Gobierno.

Octava estación: Entro en casa. Los albañiles han decidido dejar de crucificar a golpe de maza. Vacío la bolsa sobre la encimera de la cocina. He olvidado comprar aceite. Antes de flagelarme, me planteo comer un bocadillo de sobrasada. Y macarons de postre. Todos tenemos un reallity. No solo Alaska y Mario. Y todos tenemos un vía crucis. Aunque los hay que no duran ni quince estaciones.

 

Anuncios

  1. Antonio

    Paco, tú aguantando las obras del piso de arriba, yo a los nuevos vecinos de abajo, que llevan un mes y medio instalándose, con ruidos de taladradoras y martillos, colgando sus 3000 cuadros y por si fuera poco despertándome de un sueño profundo cada vez que echan un polvo. Lo que daría por vivir en una casa independiente de una planta baja (que yo ya voy mirando por la vejez (escaleras) si es que llego) y no vivir en una comunidad de vecinos.

  2. Juandela

    jajaja te pasa como a mi paco, yo también soy muuuuuuy despistado!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: