Corporativismo sexual

A veces creo que habitamos un planeta en el que todo es espectáculo. A veces es cine de amor y lujo, a veces es canción protesta, a veces es arte abstracto y a veces es teatro alternativo. En la variedad está el placer, si lo sabremos nosotros…

Últimamente, tengo la sensación de que, dentro del abanico de las artes escénicas, el mundo es un circo. De tres pistas. La peculiaridad de este circo reside en que las fieras acaban siendo domadores y los domadores, acaban de hombres bala, lanzados al vacío. En este circo, las escenas de la vida cotidiana parecen estar adaptadas por el payaso torpe, ese elemento desestabilizador que no para de hacer travesuras tan absurdas que acaban provocando la hilaridad.

Puede que la trastada del payaso no tenga ninguna gracia, incluso puede que acabe haciendo llorar a otro payaso, que lanzará las lágrimas a propulsión mientras las acompaña con un lamento ensordecedor. Y el público se reirá, se divertirá, sin ser muy consciente de que forma parte del mismo circo. Es la ubicación la que te hace creer que eres espectador pero, ¿quién nos dice que los de enfrente no se sienten también espectadores?

Al principio, me pareció un gag de payasete de circo. Y confieso que alguna mueca de sonrisa se dibujó en mi rostro cuando leí el titular: “Detienen a dos hombres por practicar sexo en un crucero gay”. El titular tenía el absurdo, el despropósito, el surrealismo propio de una travesura de espectáculo circense. Pero, como bien sabe el payaso triste, detrás de la risa siempre hay un drama. Solo nuestra ubicación marca la diferencia entre reír o llorar.

El crucero atracó en Dominica, la isla del Caribe, un lugar paradisíaco donde la homosexualidad es ilegal. Allí, un trabajador del muelle vio a dos pasajeros del buque mantener relaciones en la cubierta de la nave, denunció y fueron arrestados bajo sospecha de exposición indecente y sodomía.

Como un crucero no es un ejemplo de solidaridad, a su hora, el barco zarpó, la fiesta continuó, y allí dejaron a los dos hombres detenidos que, al final, tras pagar una multa de 900 dólares, declararse culpables y pedir perdón al pueblo de Dominica, fueron puestos en libertad.

Sé que lo lógico es que yo ahora ponga a caer de un burro a las autoridades de Dominica, a sus ciudadanos y a la homofobia reinante en este circo de planeta. Pero eso es tan evidente, es tal el atraso de ciertas mentalidades, que redundar sobre eso no me parece muy productivo. Lo que me pone de cierta mala leche es pensar que ese viaje fue organizado por una empresa especializada en viajes para gays y lesbianas. Si es así, ¿por qué viajar a un lugar en el que no nos aceptan? ¿No sería más lógico vetar ese tipo de destinos hasta que podamos gastarnos nuestro dinero allí sin que nuestros actos nos puedan costar la vida? De verdad creo que, tal y como están las cosas, deberíamos ejercer cierto corporativismo sexual, si me permiten el concepto. Deberíamos dejar de viajar a aquellos lugares en los que nuestra conducta es delito, dejar de comprar productos creados por empresarios homófobos, como una especie de bloqueo intelectual, y algo económico, a aquellos que, por ‘valores tradicionales’ como argumentaba Ellen Johnson Sirleaf, la premio Nobel de la Paz, defienden leyes que criminalizan la homosexualidad. Por cierto, yo le diría a la señora Sirleaf, presidenta de Liberia, que la esclavitud también era un valor tradicional que les hubiese gustado mucho conservar a los terratenientes de los estados del sur de Estados Unidos hace dos siglos. Menos mal que el sentido común lo impidió.

Otro tema es si, en un megacrucero como esos, el mejor lugar para echar un polvo es la cubierta del barco. Pero claro, eso es como si montas una casa del terror y prohíbes dar sustos. Vamos, que creo que todos sabemos a qué se va a un crucero gay, ¿no? Desde luego, a leer a Dorothy Parker tranquilamente en una tumbona, parece ser que no.

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